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Especial Comercio Local

De la mercería El Didal al café de Latterreta: jóvenes que revitalizan el comercio local en València

El espíritu por hacer barrio impulsa a jóvenes a mantener vivo el comercio local en València

De la mercería El Didal al café Latterreta: jóvenes que revitalizan el comercio local en Benimaclet

Fernando Bustamante / Celeste Martínez

Sara García

Sara García

València

El comercio local representa mucho más que un punto de venta, es el motor que mantiene viva la identidad y la esencia de los barrios, ofreciendo servicios esenciales que marcan el día a día del vecindario.

Sin embargo, este modelo de negocio se enfrenta actualmente al gran reto del relevo generacional. En muchas ocasiones, la jubilación de los propietarios veteranos supone el cierre definitivo de establecimientos, perdiéndose con ellos oficios fundamentales que las nuevas generaciones, a menudo centradas en otros ideales profesionales, no eligen o no pueden asumir por dificultades económicas.

Aún así, hay jóvenes arraigados a negocios tradicionales y que les mueve el espíritu por hacer comunidad. En este contexto surge la historia de Julia Manresa, una joven valenciana de 24 años que ha asumido el traspaso de una mercería de Benimaclet y que desde enero de 2026 ha iniciado una nueva etapa bajo el nombre "El Didal".

Julia Manresa, propietaria de "El Didal".

Julia Manresa, propietaria de "El Didal". / Miguel Angel Montesinos

Julia, modista de formación, creció rodeada de telas: “toda mi familia, especialmente las mujeres, se han dedicado siempre a la confección de una forma u otra. Mi familia tuvo un taller en casa durante años y yo he trabajado en varias academias y en algún atelier, por lo que siempre he estado en contacto con el oficio”.

De clienta a propietaria por vocación

Tras años de estudio y de experiencia en el sector, la oportunidad de coger el traspaso le llegó prácticamente de casualidad. “Fui a comprar un par de cosas a la mercería de mi barrio y, charlando con la dueña de aquel entonces, me comentó que se jubilaban y que iban a traspasar el negocio. Me pareció una lástima que se perdiera, porque este tipo de cosas hay que mantenerlas. Ese fue el impulso para decidir que tenía que quedármelo”, explica.

De este modo, Julia inició un proceso de reflexión antes de hacerse con el negocio. La joven expone que, lo que más suele tirar hacia atrás es el aspecto económico, ya que “siendo jóvenes necesitas avalistas o disponer del dinero de la entrada, es un riesgo que piensas mucho”. A pesar de las dificultades, ella defiende que es un esfuerzo que, a la larga, "te es devuelto".

Al asumir un negocio que ya llevaba una década en funcionamiento, Julia no empezó de cero. Se encontró con una clientela consolidada que le brindó trabajo desde el primer día. “Este aspecto facilitó mucho que el negocio siguiera funcionando, no es el mismo riesgo que montar algo completamente de cero”, afirma Manresa.

Asimismo, la valenciana afirma que la acogida del barrio ha sido “calurosa”: “los vecinos celebran que las nuevas generaciones se involucren en el comercio local para preservar los servicios de proximidad”. Tanto es así que a las pocas semanas de abrir, Julia necesitó la ayuda de su pareja para poder abarcar con todo el trabajo existente. Así es como Andreu Vicedo, diseñador gráfico, decidió dejar su antiguo trabajo en una empresa para dedicarse a la mercería a tiempo completo.

“Tener un comercio de barrio llena mucho”

“Durante los primeros meses estamos teniendo mucho trabajo. Benimaclet tiene esa esencia de pueblo, y durante este breve tiempo ya tenemos clientes recurrentes y conocemos sus historias. Así que ha sido mucha faena, pero muy gratificante”, expresa Vicedo. Según reconoce, la mayoría de clientes son del barrio: “en parte hemos hecho este proyecto para hacer barrio, porque este tipo de comercio va desapareciendo”.

Además, el joven revela que en el barrio conviven con otra mercería con la que se llevan bien y que “se mandan clientes” respectivamente según lo que buscan. “Desde que tenemos la tienda te cambia la perspectiva sobre el comercio y empatizas más con quien está detrás del mostrador, personas con las que puedes coincidir por el barrio y en la que te puedes apoyar”. “Tener un comercio de barrio llena mucho”, asegura.

Actualmente, su día a día se centra sobre todo en composturas y sastrería, algo que ya casi nadie hace en la zona. No obstante, en un futuro quieren abrir más el abanico de productos, tener más variedad de lanas y telas para que el barrio esté nutrido y la gente no tenga que ir obligatoriamente al centro. Además, aunque el “boca a boca” y el estar abiertos al público les funciona, también tienen pensado adaptarse al modelo actual de negocio y abrirse paso en las redes sociales.

Para Julia, mantener abierta la persiana es vital: "si perdemos el comercio local, perdemos la identidad del barrio". La historia de El Didal es una invitación a "lanzarse a la piscina" y apostar por esos negocios que, más allá de vender productos, terminan haciendo comunidad.

Latterreta, un sueño en el barrio

A solo una manzana, también en Benimaclet, se encuentra otro comercio de barrio impulsado por jóvenes. Se trata de “Latterreta”, un local de café de especialidad que abrió sus puertas en septiembre de 2025 gracias al sueño de Dani (31 años), un vecino de toda la vida del barrio que quería trasladar su pasión por el café al lugar que le ha visto crecer y donde residen familiares y amigos.

Psicólogo de formación, siempre ha sido un “friki” del café y ha tenido en mente abrir una cafetería. Durante una estancia en Islandia, trabajó en una cafetería de especialidad donde conoció “el café bueno, el de verdad”. Al regresar a València, trabajó en una cafetería del Carmen, donde “se empapó” de todo lo necesario para cuando llegara el momento de tener su propio local. También viajó a Sudamérica con su pareja, Geo, quien también trabajaba en aquel bar, para visitar fincas de café y conocer el proceso de plantación.

“Cuando volvimos del viaje yo ya estaba buscando locales, pero o no había o eran muy caros. En el último momento, encontramos el que nos quedamos, que está cerca del metro y pensamos que tenía que ser aquí”, expresa Dani. Así fue como en el mes de julio se quedó con el traspaso del anterior negocio de Bubble Tea, y abrieron al público el 14 de septiembre.

“El primer día fue una locura, pensaba que el crecimiento sería más lento, pero nos ha sorprendido a todos, todavía estamos haciendo equilibrios para poder abarcar la acogida que ha tenido”, afirma. Así, a Dani, Geo y Luis, su mejor amigo, se ha incorporado recientemente otra trabajadora, Adaya.

“Siempre había tenido claro que quería hacer algo en Benimaclet porque es mi barrio, y también hacer comunidad con otros negocios o personas”, comenta Dani. Siguiendo esta filosofía, intenta que todos los productos de su cafetería sean de proximidad. Por ejemplo, las tazas son de una chica que tiene un taller de cerámica y la fruta la compran en el barrio. Esta visión está también en el nombre: “latte” (café) y “terreta” (referencia a València).

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