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Las nuevas plazas de València... que realmente no son plazas

Moisés Domínguez

Moisés Domínguez

València

La inauguración esta semana de la plaza de Toni Lastra supone la puesta en valor de uno de los impulsores no ya del maratón, que también, sino del atletismo popular de la ciudad de València. Un honor para una persona después de haber pasado el informe por la correspondiente Comisión de Cultura. Rotular un espacio público supone, para el galardonado, sobre todo si no se produce al socaire de contextos sociales o políticos altamente condicionados -que pueden collevar su posterior retirada- un particular pase a la posteridad. Una persona neutra, no significada, tiene muchas posibilidades de permanecer durante décadas, o más, honrada en ese espacio.

Esta plaza responde a una de las dos formaciones de nuevo cuño que se dan en la ciudad de València. Una ciudad aún en expansión, pero que desde hace tiempo ha ralentizado claramente el proceso de urbanización y, por consiguiente, de creación de nuevos barrios y, por ello, vías -avenidas, calles y plazas- necesitadas de un nomenclator-.

Y hay una tendencia que se está apreciando en los tiempos más recientes: la «invención», no de calles, sino de plazas, para satisfacer estos honores. Un proceso que lleva evidenciándose en las últimas legislaturas.

Una plaza es el espacio urbano por excelencia. Es el origen de todo y el centro neurálgico de una villa. En València sigue habiéndolas en muchos barrios donde son «la plaza del pueblo», alrededor de las cuales se crece. Normalmente, además, presidida por la iglesia de turno o de algún elemento arquitectónico histórico. Y plazas son también espacios generados en origen por el derribo de viejas fincas, abriendo lugares diáfanos.

Las plazas tienen mucho más de punto de reunión que las calles. Pero la configuración urbana ha ido cambiando y sobre todo la tendencia a las cuadrículas ha ido reduciendo el número de plazas, salvo casos contados.

No hay más que ver la poca cantidad de plazas que hay en todo lo que es el Ensanche de la ciudad (Botànic, Petxina, Roqueta, Arrancapins, Russafa, Pla del Remei y Gran Vía). A veces generado por demoliciones (Horticultor Corset) o por polígonos no cuadrados al irrumpir sobre calles más antiguas y preexistentes (Obispo Amigó, Pintor Segrelles...). O algunas creadas precisamente para romper esa tendencia al ángulo recto, como la de Cánovas del Castillo, una rareza que se alza a los dos extremos de la Gran Vía, creado todo ello de origen.

Los barrios más modernos han mantenido esa tendencia y es harto difícil encontrar una plaza natural en barrios como el entorno de la Avenida de Francia, Nou Campanar y otras zonas de nueva expansión. Sin ir más lejos, Turianova o Moreras tampoco tienen plazas ‘puras’.

Las plazas de ahora, la que sirven para ser bautizadas como tales, han mutado y ahora hay, sobre todo, de dos tipos, que son las que están utilizando los grupos municipales para honrar a sus ilustres.

«Espacios públicos»

Se las conoce como ‘espacios públicos’. La de Toni Lastra responde a una de esas tendencias: la del patio interior que, en el momento de construirse una manzana, se ha diseñado para no cerrarse completamente. Esto permite que se pueda crear un espacio urbano más allá de los patios de luces. Cerca se bautizaron, años atrás, las de Maestro Vicente Ballester, Bandas de Música o Miguel Asins Carbó, primas hermanas de ésta.

Pioneros en los ochenta

Este tipo de plazas tienen antecedentes muy conocidos en la historia del urbanismo valenciano. Y que acaban bautizándose. Por ejemplo, los eriales generados en las fincas de Doctor Álvaro López: Músico Moreno Gans o Francisco Eiximeno, que ya tenían nombre y apellido en los años ochenta. Tanto es así, que se convirtieron en referencia y no para bien. Eran sinónimo de abandono de las autoridades porque fueron muchos los años que sus vecinos soportaron descampados sin urbanizar que se convertíen en «piscinas de la vergüenza». Ahora ya están adecentadas.

Pero un paseo por las mismas dejan claro que ahí no hay ninguna vivienda. Son todo traseras de bajos o puertas traseras de las fincas. Algunas direcciones aparecen como «sin número».

Rotondas desde la "de Aragón"

Dar nombre a rotondas tiene antecedentes históricos. Por ejemplo, la actual plaza de Zaragoza, que no deja de ser eso: una zona circular ya existía como Plaza de Aragón en los años sesenta.

El concejal de cultura, José Luis Moreno, reconoce que «es verdad: la tendencia es esa y responde a una necesidad, porque hay una lista bastante larga de peticiones para rotular. Tanto las que se nos sugieren desde fuera como las que son a criterio del propio Ayuntamiento»

Para las rotondas «se procura que sean nombres muy emblemáticos o simbólicos». Europa, Emilio Attard, Falleras Mayores de València, Maratón, Crida... han respondido a esta realidad. «La del alcalde Martínez Castellano se hizo porque la propia familia lo pidió, al ser un lugar muy cercano a donde vivía. Al final, es más importante la carga simbólica que el hecho de que estos espacios tengan o no residentes. Es más imortante el reconocimiento».

No faltan incluso las situaciones pintorescas. «Por ejemplo, habíamos contemplado la rotonda que hay junto al Palau de les Arts y frente a la iglesia de Monteolivete. Pero nos sonaba que sí que tenía nombre ya concedido. Y resulta que sí: está dedicada al Pirotécnico Valenciano, pero ni siquiera estaba rotulada».

Recuerda el edil que «cuando se trazan calles en zonas por urbanizar se utilizan para rotular» -acaba de hacerse con la de Tablas de Daimiel- «El aspecto es, sobre el papel, muy desangelado, pero es a futuro: esas calles que están en descampados tendrán, en el futuro, edificios y serán calles en toda la extensión de la palabra. Es lo que pasó con las calles de Turianova». Mientras, se buscarán más plazas. O rotondas.

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