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El Jardín Botánico de València rompe su techo de visitantes y baraja una ampliación

Más de 200.000 personas visitaron en 2025 uno de los espacios de moda en València, considerado un museo vivo con 4.000 especies distintas, árboles de 30 metros, un refugio de la guerra civil y piezas efímeras como la flor de loto que reposa en la balsa de riego

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Claudio Moreno

Claudio Moreno

València

En el pasillo se respira una paz monacal, interrumpida un momento por un grupo de niños, todos uniformados. Avanzan bajo la bóveda verde en dirección al rondo de árboles monumentales, al invernadero o al umbráculo. Dejan atrás una estela de silencio y al director del Jardín Botánico de la Universitat de València, Jaime Güemes, sentado en un banco como un profesor, desgranando calmadamente la historia de este parque con forma de trapecio ubicado en el número 80 de la calle Quart. Más de dos siglos le contemplan.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

Aunque nació como huerto de plantas medicinales en 1567, el jardín se trasladó de forma definitiva al huerto de tramoyeres en 1802. Es el lugar que habita hoy, cuando vive quizás el mejor momento de su historia. El Jardín Botánico de la Universitat de València está de moda: el año pasado superó por primera vez la barrera de los 200.000 visitantes, tras una subida progresiva durante los últimos diez años, únicamente interrumpida por la pandemia del covid-19. En 2016 registró 123.882 visitas y en 2025 alcanzó 201.418, casi el doble. Por ponerlo en contexto, el IVAM cerró el año solo con mil visitantes más.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

La comparación con el Instituto Valenciano de Arte Moderno es procedente porque el jardín es un museo vivo, con sus propias colecciones, que se intercambian con otros espacios semejantes. De hecho, el Consejo Internacional de Museos contempla los jardines botánicos como una sección dentro de la diversidad de museos de Ciencias Naturales. El equipo de Güemes selecciona y conserva sus piezas, hace crecer una colección que cuenta con 4.000 especies distintas, muchas veces desapercibidas.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

De todas las personas que acuden al parque, en torno a un 20 % observa el detalle y se fija en las etiquetas de las obras, que son los árboles y las flores. El resto pasea, lee, hace ejercicio, medita o simplemente respira aire limpio. “Hay vecinos del barrio de Botánico que vienen con dos o tres meses porque los traen sus padres y luego, cuando tienen 30 años, ellos mismos traen a sus hijos e hijas. Aquí han crecido generaciones enteras”, dice Güemes. El jardín se nutre de vecinos, pero también de colegiales y universitarios que van a formarse, de gente de otros puntos de la ciudad o la provincia que lo descubrieron tras la pandemia -con la movilidad más restringida-, y últimamente del turista extranjero, cuyo incremento en la ciudad va permeando en enclaves como este.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

La Universitat de València acompaña su éxito con renovaciones del jardín, no solo de la colección expuesta. En el centro de sus 4,5 hectáreas destaca la torre de un edificio de ladrillo caravista, actualmente convertido en almacén, para el que hay un proyecto de cafetería y tienda del museo -su transformación está pendiente de un permiso municipal-. Además, la universidad adquirió hace tiempo un solar pegado a la calle Quart donde ha aparecido un pequeño refugio de la guerra civil y un ramal de la Acequia de Rovella para los que muy posiblemente se plantee su puesta en valor con un ajardinamiento, que constituiría una ampliación del parque actual.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

Dicho parque da nombre al barrio del Botánico y ha configurado su trama urbana, impidiendo que la expansión de la ciudad desarbole el antiguo huerto de tramoyeres, como aún lo conocen los mayores del lugar. En la parte superior del vecindario, lindando con el viejo cauce, este trapecio verde interrumpe la progresión natural de calles como Pere Bonfill, Padre Manjón, Doctor Peset Cervera o la misma calle Botánico.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

Además, su influencia unido a la lucha vecinal -Salvem el Botànic impidió la construcción de un macrohotel- ha salvaguardado y alentado proyectos como el jardín de las Hespérides o el futuro jardín de Trini Simó. Finalmente, su protección como BIC y la de la iglesia de San Sebastián alumbró un plan especial que limita las altura de los bloques de la zona y convierte lo que fue una especie de polígono industrial de la época, condenado a las demoliciones y el desarrollismo feroz, en uno de los barrios más amables de València y, últimamente, de los más turistificados.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

No obstante, pese a su influencia, el jardín vive relativamente de espaldas al barrio, rodeado por un muro que proporciona paz interior pero limita la vista desde el exterior. Güemes aporta tres razones para defender este cercado: “En primer lugar está el argumento histórico. Esto era un huerto tapiado, típicamente valenciano, y así se ha mantenido. Ese motivo histórico ahora está asociado además a la declaración de Bien de Interés Cultural: la tapia también está protegida y del mismo modo que no podemos derribar un edificio histórico, tampoco podemos tumbar la tapia. Y luego está el motivo ambiental: para nosotros, igual que para Monforte -hace referencia a Monforte porque también ahí hubo una presión alta sobre la alcaldesa Rita Barberá para derribar el muro y poner una reja- la tapia nos cierra, nos aísla y permite estar en un espacio sin coches a la vista que te saca de la gran ciudad. Es un oasis”, defiende el director del jardín, y añade: “La reja la interpretamos mal porque no es una comunicación con el barrio, es una barrera. Yo estoy dentro del jardín y tú estás fuera. Históricamente ha sido un signo de ostentación de la Corona ante el pueblo”.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

También tendrá una tapia, en este caso de adobe, el nuevo jardín que se está haciendo en el antiguo solar de los Jesuítas, el jardín de Trini Simó, uno de los pocos proyectos verdes actualmente en desarrollo en València. Preguntado si se está abusando del urbanismo duro, Güemes explica que ciudades como Londres y París se han embarcado en un proceso de transformación y renaturalización importante que el resto de capitales deberían seguir, caso del Cap i Casal, donde los últimos proyectos importantes como la plaza de Brujas, del Mercat o de la Reina son una celebración del pavimento. “Las ciudades deben estar a la sombra y eso se consigue con árboles plantados y regados en condiciones. No necesitamos ejemplares de 30 metros, basta con que se proyecten por encima de nosotros”, reclama el doctor en Biología.

Resistencia

La historia del Jardín Botánico es de resistencia. Sus puertas abrieron en 1802, cinco años más tarde se leyó el discurso de apertura y en 1808 llegó la primera oleada de franceses, que arrasaron el antiguo huerto y montaron el campamento para bombardear la ciudad desde ahí. Cuando se fueron franceses, València quedó en crisis, también la UV, y el jardín entró en latencia sin apenas actividad, hasta que en la década de 1830 la UV nombró director a José Pizcueta para reactivarlo, quien as su vez fichó al perfumista fracés Félix Rebollard a fin de rehacer las colecciones y empezar la escuela botánica.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

Más tarde, a mediados del XIX, se construyeron infraestructuras claves como el invernadero tropical o el umbráculo. Pero a principios del siglo XX volvió a entrar en un declive continuado, pasando por la guerra civil y la riada del 57, hasta que en los 60 se nombró director a Ignacio Docabo, gerente del Zoo de València. Este instaló un acuario y jaulas de monos.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

El experimento no resultó del exitoso, y en 1987 Manuel Costa asumió la dirección del jardín impulsando la rehabilitación de todos los edificios históricos, después de la cual se incrementaron las colecciones de plantas, el jardín amplió su oferta cultural y didáctica, los colegios empezaron a llegar más frecuentemente, creció el número de visitantes y, por primera vez, se han superado los 200.000 usuarios anuales.

Joyas

Antes de cerrar la conversación de hora y media con el actual director del museo vivo de València, Güemes recopila las que serían sus cinco joyas de la colección. En primer lugar destaca los robles de más de 200 años repartidos por todo el parque. En segundo lugar cita el almez que escala por el parque circular que da acceso al jardín, un árbol encontrado en el corral de una casa derribada y que se conservó expresamente construyendo el edificio a su alrededor.

El Jardín Botánico de la Universitat de València

El Jardín Botánico de la Universitat de València / Francisco Calabuig

Su tercera recomendación es la colección de palmeras: el jardín tiene alrededor de 120 palmeras distintas cuando en la ciudad hay apenas cinco especies. Algunos ejemplares de washingtonias del jardín alcanzan los 30 metros de altura. La cuarta maravilla sería una palmera apodada “carcasa” de 27 brazos, situada al fondo del parque. Y la quinta joya imprescindible sería la flor de loto que hay en la balsa de riego, la flor ya está brotando y abrirá en apenas una semana, enseñando una de las piezas más preciosas y efímeras del museo.

El refugio hallado en un solar aledaño adquirido por la UV

El refugio hallado en un solar aledaño adquirido por la UV / Francisco Calabuig

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