Turismo/Patrimonio
El hotel Sidi Saler busca una segunda oportunidad
El emblemático hotel de cinco estrellas, cerrado desde 2011, sufre un grave deterioro ante la falta de licencias para su reflotamiento

Fernando Bustamante

Inaugurado en el año 1976, el hotel Sidi Saler ha sido históricamente una referencia del turismo en València y en la Comunitat Valenciana. Sus cinco estrellas y su emplazamiento en la Devesa y a orillas del mar han atraído al turismo de élite de medio mundo y a celebridades como Sting, Tina Turner o Luis García Berlanga. La última crisis, sin embargo, lo cambió todo. En el año 2011 bajó la persiana y lleva quince años cerrado y en progresivo deterioro, tanto, que de no encontrar una solución lo antes posible, su futuro podría quedar seriamente comprometido. Eso supondría perder el referente turístico que siempre fue, una actividad generadora de empleo y riqueza y una oportunidad de regenerar el entorno desde el punto de vista social y medioambiental. Existe la coincidencia general de que un derribo será siempre peor, en todos los sentidos, que el mantenimiento de una actividad integrada y comprometida con el medio.
El problema es que los propietarios del edificio no tienen los permisos necesarios para reflotar este buque insignia del turismo valenciano. Por parte de la Demarcación de Costas todo indica que el camino se ha allanado bastante. Bastaría con mantener intacta la estructura (ni quitar ni aumentar plantas o edificaciones) para mantener la concesión. Pero queda la licencia de obras del Ayuntamiento de València, que el anterior gobierno municipal dio por caducada con dos sentencias judiciales que avalaron su decisión. Faltaría un pronunciamiento favorable del gobierno actual del Partido Popular.
Recorrido por las instalaciones
Entre tanto, el edificio se deteriora a pasos agigantados. Levante-EMV ha hecho un recorrido por las instalaciones y el aspecto es desolador. Los múltiples robos que ha sufrido, las okupaciones ilegales y hasta un incendio han destruido unas instalaciones que otrora fueron la envidia de València.
Por fuera el aspecto no es del todo preocupante. El jardín, compuesto mayoritariamente de bosque autóctono, soporta bien el paso del tiempo. Pero basta atravesar la puerta de entrada para encontrar la viva imagen de la desolación. Es un amasijo de escombros que apenas deja entrever el mostrador de recepción y los sofás del vestíbulo. Los falsos techos han caído al suelo por efecto de los ladrones de cables, maquinarias y tuberías, un problema común en todo el edificio, que podría decirse que ha sido saqueado por los buscadores de cobre y chatarra. También la mayoría de las cristaleras están partidas, con el mobiliario vandalizado y todos los elementos ornamentales abatidos o rotos.

El "Salón Mediterráneo" completanente destrozado y vandalizado. / F. Bustamante
A un lado de la recepción, en el primer piso, un viejo piano de cola permite adivinar que aquello fue un lujoso bar musical; y en el otro extremo, un cartel en el que puede leerse «Salón Mediterráneo» nos recuerda que un día esta estancia fue un espacio para convenciones.
Habitaciones quemadas
Quedan por recorrer las habitaciones, el resto del edificio hasta completar las seis plantas. Y lo cierto es que ahora nadie las reconocería. Los largos pasillos están plagados de rozas realizadas por los ladrones para extraer las tuberías; el mobiliario del interior está destruido o con claros síntomas de haber tenido okupas en algún momento; las máquinas de aire acondicionado han sido literalmente arrancadas; y en el sexto piso el humo cubre todo el pasillo y ennegrece por completo la habitación en la que se produjo el incendio. Ni las paredes han quedado en esta estancia.

La habitación de la sexta planta en la que se originó un incendio. / F. Bustamante
Finalmente, en la parte exterior conviven la piscina cubierta y la piscina de verano. De la primera no queda prácticamente ninguna cristalera completa. Tampoco la maquinaria. El pasillo que conecta este espacio con las habitaciones apenas si es transitable por los escombros y una de las estancias de servicio está inundada por la subida del nivel freático.
En el exterior, la piscina solo alberga un sucio charco de agua, probablemente de las últimas lluvias. No hay sombrillas ni hamacas. Solo dos grandes pérgolas que destacan, para bien, entre tanta desolación.
Conexión con el vecindario
El periplo termina en el aparcamiento interior y en los jardines que perimetran la parcela, situada entre la zona de dunas de la playa y la carretera, al otro lado de la cual está el bosque de la Devesa y varias torres de apartamentos de doce plantas cada una.
Y ese es precisamente otro elemento en el que el Sidi Saler juega un papel importante. Su situación actual tiene en vilo a los vecinos. Las okupaciones ilegales, los incendios y el incivismo son un problema general que se va agravando cada día.
Se está perdiendo también una actividad positiva para El Saler, en particular, y para la ciudad en general, pues este hotel tenía 80 empleados en el momento del cierre, que ya no era precisamente el mejor posible.
Y tanto su abandono como su derribo son una amenaza para el medio ambiente, como quedó claro con el derribo del polideportivo de El Saler, cuya parcela aún no se ha recuperado dos décadas después.

La piscina cubierta con las cristaleras rotas. / F. Bustamante
Se trata, en general, de un deterioro galopante que de no ser atajado de manera urgente puede tornarse irreversible. Por contra, una rehabilitación y su vuelta a la actividad aportaría seguridad al entorno, tanto a los vecinos como al medio ambiente, pues evitaría que se siga vandalizando y okupando y hay proyectos que lo hacen compatible con el sistema dunar y el bosque de la Devesa. Por último, daría valor añadido a la zona y generaría empleo, todo lo contrario de lo que ocurre en la actualidad.
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