Testimonio
Una Malva-rosa vacía de valencianos: "Hace más calor que en África"
La playa de la Malva-rosa sufre una notable afluencia de turistas y foráneos a pesar de los 44 grados y el fuerte viento de poniente que azota la costa valenciana, sin embargo no hay rastro de locales en la costa

Francisco Calabuig
En una jornada en la que los termómetros están rozando los 44 grados, no muchos han sido lo suficientemente valientes como para atreverse a bajar hasta la zona del Cabanyal y la playa de la Malva-rosa, convertida en un horno. El viento de poniente que ha soplado durante el que se considera ya el día más caluroso del verano de este año, que ha sido capaz de llevarse sombrillas, pareos y toallas no ha quitado las ganas de disfrutar de un día de playa a unos cuantos intrépidos que armados con su protector solar, gafas de sol, sombrillas y neverita bien llena de hielo y otras “provisiones”, han decidido bajar a nuestra orilla del Mediterráneo.
Solamente con otear desde lo alto del paseo la playa, se observa que el volumen de gente que se encuentra en la playa y sus inmediaciones dista mucho de la imagen típica de un día de agosto, en el que de normal, la playa estaría abarrotada de personas. Espacios amplios entre gente, pocos niños correteando por la orilla o una gran brisa marina serían en condiciones normales un incentivo para acudir a la playa, sin embargo, en este caso se trata de un indicio del ambiente que se respira en la Malvarrosa.
A pie de playa
En primera fila, tres niños juegan en la orilla, casi los únicos de toda la playa, bajo la atenta mirada de sus padres. Ella es valenciana, mientras que su pareja, de Senegal. Al preguntarles por el calor y la situación climática de la playa, el padre riendo exclama que “hace más calor aquí que en África”, dice. Su mujer prepara a sus hijos para darse el último baño antes de marcharse: “hemos venido por ellos, pero ya no podemos más”, dice asfixiada por el calor. Llegaron hace solo una hora con pretensiones de quedarse hasta más tarde, pero como dice, "cuando se acaben los niños la sandía, nos iremos. No podemos más".
Otro de los valientes de la playa, viene desde Huelva, preparado para todo con su sombrilla enorme y una actitud positiva: “La verdad que hace muchísimo calor, y el viento no ayuda, pero dentro del calor sofocante estamos bien”. Según comenta, su mujer y él llevan tres días seguidos viniendo a la playa, y "les encanta". El hecho de que los termómetros han llegado a marcar 46 grados en distintos puntos de València no les agobia. "Venimos expresamente para estar aquí", dice tranquilamente desde su asiento preferente
Pese a las altísimas temperaturas, los vendedores ambulantes de pareos, cerveza y refrigerios no han faltado a su empleo en este día, y andan de arriba a abajo de la playa dando voces de “cerveza fría”, a la que no responde nadie, y hasta que no vociferan un “beer, beer” no venden una sola y triste lata. Al reclamo de esta prometida lata de beer, turistas mayoritariamente de habla inglesa buscan monedas y billetes de entre sus cosas, tiradas en toallas y pareos “no sé cómo pueden estar ahí al sol como si nada”, comenta una señora “madrileña de nacimiento”, al pasar por su lado.
En la misma orilla, tres chicas latinas vienen de Madrid, y comentan que pese a hacer mucho calor, se vive mejor con una neverita “llena de cosas ricas y fresquitas”. Ellas han venido a València específicamente para ir a la playa, y el calor extremo no les ha dado miedo, ni las ha frenado. Entre sus utensilios de primera necesidad están las gafas gordas de sol y una sombrilla, que comentan que han “tenido que reforzar”, debido al aire que hace.
Tan pronto dice esto último, como si lo hubiera invocado, una ráfaga de viento caliente levanta una sombrilla de la familia que tienen detrás, que da tumbos por la arena hasta acabar violentamente en el agua, con su dueño corriendo tras ella, pidiendo perdón a sus vecinos.
El calor, pese a dejar sin fuerzas a cualquiera, no amedrenta a Polo y su familia, que vienen desde el centro de Perú, y al hablar con ellos, con caras confusas preguntan qué es una alerta roja. Ellos, según dicen, están “más que acostumbrados” a los climas húmedos y calurosos, y recomiendan “probar en el Amazonas”, mientras están a remojo en la zona menos profunda de la playa. Flotando en el agua, reflexionan y explican que la difrencia que ellos ven es que en su casa, gracias a los árboles que el río más grande del mundo les ofrece, “quizá” pasan menos calor.
El agua, y la promesa de refrescarse parece que es todo lo que necesitan estos valientes climáticos para atreverse a ir hasta la Malvarrosa, que debido al aire y las corrientes, hoy amaneció con bandera amarilla, y con muy pocos osados locales.
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