Jorge Ignacio P. J. es un presunto asesino en serie por los hechos: ha sido juzgado y está pendiente de veredicto y sentencia por la comisión de tres asesinatos consumados, los de Arliene Ramos, Lady Marcela Vargas y Marta Calvo, y siete más intentados sobre otras tantas mujeres. El arma homicida, cocaína en roca de alta pureza –superior al 80 %, como la que llega en pastillas desde Colombia, su país de origen– que el acusado, con dos sentencias anteriores por narcotráfico a media escala, les introducía en la vagina y el ano sin su consentimiento –de ahí que le pidan abuso sexual: porque todas le dijeron que no y porque les introdujo esos objetos–.

Pero, ¿es también un psicópata? La psicopatía, un trastorno de personalidad no reconocido por las clasificaciones diagnósticas principales –no es un trastorno ni una enfermedad mental– y, desde luego, ausente de las que eximen penalmente de responsabilidad, está detrás de la inmensa mayoría de los asesinos seriales que han analizado y estudiado los principales expertos en conducta criminal. Uno de los más reconocidos, precisamente por ser quien elaboró la PCL y la PCL-R, las listas de clasificación de las psicopatías que siguen en vigor, es el canadiense Robert Hare, doctor en Psicología y profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica, donde impartió clases e investigó la conducta psicopática durante más de tes décadas.

Aunque la clasificación de Hare, la más utilizada por los investigadores de la Psicología criminal, llega hasta 20 características, se resumen realmente en 12. Y Jorge Ignacio las cumple todas.

De hecho, el profesor de Criminología y doctor en Psicología valenciano Vicente Garrido, la máxima autoridad española en psicología criminal, elaboró un perfil criminológico de Jorge Ignacio P. J. que concluía que es un ‘serial killer’ de claros rasgos psicopáticos, informe que no ha sido aceptado por la magistrada que preside este juicio en jurado por la falta de costumbre del uso de este tipo de estudios ante los tribunales españoles, más encaminados a trabajar solo con forenses que dictaminen si el reo sufre o no una enfermedad mental que le impida distinguir entre el bien y el mal  como la esquizofrenia, la bipolaridad o la paranoia en estado activo), sin entrar en cuestiones conductuales.

Estos son los hechos vistos y escuchados en el juicio que encajan en esa clasificación.

Falta de empatía.

Es la capacidad de comprender a los demás y de ponerse en su lugar. El psicópata suele tener empatía cognitiva (entiende a los demás), pero no emocional. Y que la activan a voluntad, de ahí la frialdad –los forenses Santiago Rincón y Juan Carlos Cauto, del IML de València recogen ese rasgo en su informe psiquiátrico sobre Jorge Ignacio; la terapeuta buscada por él, también; y las víctimas describen su frialdad una vez puesto en marcha su ritual con la cocaína–; las habilidades sociales, que pone en marcha cuando busca un fin –las víctimas lo describen como «simpático» en la fase de acercamiento, cuando pacta la ‘fiesta blanca’, está llevándolas al lugar del ataque o les ofrece una bebida; su comportamiento en la cárcel, calificado como «excelente» porque no genera conflictos; o su actitud respetuosa con la jueza o los jurados, pero no con las acusaciones–.

Egocentrismo y narcisismo de empatía.

Tienden a pensar que son superiores a los demás y se sienten el centro del mundo. Cauto y Rincón incluyen el rasgo de narcisismo en su informe. También mostró ese aire de superioridad, dando lecciones sobre todo y hablando siempre en primera persona, cuando declaró en el juicio o a través de las decenas de notas y apuntes que le iba pasando a su abogada. O cuando dijo que «si yo pago por relaciones sexuales, el consentimiento está implícito» al preguntarle si había abusado de las mujeres. Esa puede ser también la razón por la que tardó hasta seis días en irse de Manuel tras la muerte de Marta, porque se creía a salvo pese a saberse buscado ya que se había deshecho del cuerpo de manera tan eficaz que aún no ha sido encontrado.

Encanto superficial.

De nuevo, esa actitud afable y hasta cariñosa en el cruce de wasaps con las mujeres, y en los momentos anteriores a la introducción de la cocaína a traición en los genitales de las mujeres.

Pobreza emocional; afectividad frívola.

Jorge Ignacio P. J. trató de llorar en el juicio, en los momentos que se suponían emocionales para las personas no psicopáticas, pero fue un intento vano. Fueron gimoteos huecos y ausentes de emoción real. Tampoco se emocionó con la desgarradora declaración de la madre de Marta y confesó haberse ido a dormir nada más terminar de descuartizar a la joven.

Conducta antisocial y delictiva.

Jorge Ignacio P. J. no solo tiene dos condenas por narcotráfico, tras ser detenido con 9 kilos y con 300 gramos de cocaína en 2008 y en 2017. Además, tiene una detención por lo mismo en Badajoz, otra por un delito contra el tráfico en Almussafes (según él) y un juicio pendiente por ese mismo delito y por atentado, tras agredir a dos guardias civiles.

Dificultad para aprender de la experiencia.

El acusado ha repetido el mismo patrón de conducta con sus once víctimas conocidas, pese a que dos de ellas murieron y varias estuvieron a punto de fallecer. No solo eso. Con Marta recién muerta a su lado, llamó hasta a tres mujeres distintas para organizar otra cita con ‘fiesta blanca’. También de ahí el hecho de que haya sido detenido hasta en tres ocasiones por tráfico de drogas.

Impulsividad.

Rincón y Cauto determinaron su carácter «tempestuoso», rasgo relacionado con la actitud impulsiva. En el juicio, su abogada ha tenido que frenar constantemente su falta de control con aspavientos y gestos visibles cuando algo no le gustaba.

Tendencia a mentir de forma patológica.

No es exclusivo del psicópata, pero en este, siempre aparece. Jorge Ignacio P. J. mintió en su declaración en cuestiones incluso burdas, como cuando dijo que había regresado al piso de citas donde supuestamente atacó a su primera víctima mortal, o cuando no reconoce haber estado en la casa de citas donde presuntamente mató a Lady Marcela pese a que dejó siete muestras de ADN, seis de ellas bajo las uñas de la víctima.

Comportamiento malicioso y manipulador.

Ha intentado manipular no solo a la Guardia Civil desde el momento mismo en que se entregó, sino también a los forenses. Estos también lo recogen en su informe y lo detallaron durante su comparecencia en el juicio.

Predisposición al aburrimiento.

Durante el juicio, salvo en momentos que le generaban interés y tomaba notas, ha estado impasible y ajeno a lo que sucedía en la sala. Ese rasgo les lleva a buscar constantes y nuevas emociones, que aquí se traduciría en buscar nuevas víctimas. Hay una clara aceleración en los ataques en los dos meses anteriores a Marta.

Estilo de vida parasitario.

Jorge Ignacio P. J. no tiene trabajo conocido, salvo la presunta actividad del narcotráfico. Era su madre quien le financiaba parte de sus gastos, como el alquiler de Manuel.

Crueldad y ausencia de remordimientos.

Va ligado a la falta de empatía. No ha mostrado arrepentimiento con ninguna de las mujeres, ni siquiera con Marta. Cuando alguna de ellas bordeó la muerte, jamás buscó ayuda médica, e, incluso, trató de continuar cuando se repusieron por puro azar. Algunas describen «miradas frías» e incluso «amenazantes».

Promiscuidad sexual. Falta de pareja estable.

El acusado ha reconocido su dificultad para relacionarse con mujeres «sin pagar» y se confiesa putero habitual. de las tres parejas que refirió a los forenses, todas le dejaron. Una de ellas, «una aventura», describió, quedó embarazada pero ella tardó años en compartir ese hecho con él.