Un objeto del veredicto tan único que puede ser la antesala incluso de un nuevo juicio. El hecho de que el cuestionario tenga 700 preguntas y 143 folios ya es excepcional en sí mismo, pero además aventuraba lo que ayer se vio en la sala: la confusión de los jurados a la hora de responder, dado el nivel de detalle al que ha intentado bajar la magistrada presidenta del tribunal introduciendo tantas posibilidades, con una media de 70 cuestiones por víctima.

La situación se puso de relieve durante una comparecencia convocada por la propia jueza, invocando el artículo 57.2 de la Ley del Jurado, que contempla esa posibilidad como opcional, hasta tal punto que no se pone prácticamente nunca en marcha en un juicio con jurado. Habitualmente, se les deja deliberar el tiempo que precisen, deliberación que solo se suele ver interrumpida cuando los propios jurados son quienes plantean dudas.

En este caso, la magistrada explicó durante esa comparecencia que había decidido convocarla, con la presencia de todos los letrados y del acusado y en audiencia pública, porque temía que necesitasen resolver alguna cuestión precisamente por lo extenso y complejo del cuestionario.

Los jurados –siete mujeres y dos hombres– aprovecharon para plantear una petición y dos dudas, de lo que la jueza se congratuló, ya que, dijo entre bromas, esperaba muchas más, por lo que les felicitó. Y leyó esas dudas.

La primera, «qué es la dominación machista». La jueza ha introducido ese término en el cuestionario dado que las acusaciones, tanto la pública como las particulares, solicitan que se contemple la agravante de género. En pocas palabras, que el acusado eligió a esas víctimas y no a otras porque son mujeres y considera su supremacía sobre ellas en su condición de hombre.

Así se lo explicó la presidenta. Trató de hacerles ver que al ser una circunstancia agravante, no es un delito en sí mismo, sino «un plus» transversal que puede darse en cualquier hecho penal y que se produce desde «la superioridad en la que uno cree que es más que el otro». Yles puso un ejemplo de agravante discriminatoria, en este caso, de racismo. «Decirle negro a alguien puede ser racista o no. Si yo me caso con una persona de color, lo cojo, le doy dos besos y le digo ‘ay, mi negro’, no estoy siendo racista.Pero si voy por la calle y me cruzo con una persona de color y le digo ‘quita, negro, que las calles españolas son para los españoles’, eso, ese desprecio, esa humillación, esa creencia de que soy superior al otro, es discriminación racista. Da igual que le pegue una puñalada porque es negro o que le insulte. No es el delito en sí, es ese plus de superioridad intrínseca que le hace pensar a alguien que puede hacer con el otro lo que quiera porque ‘yo soy blanco y tú eres negro’».

El desprecio hacia el resultado

La segunda duda planteada denota más confusión y adelanta lo que, al menos en este estadio de la deliberación, está pensando en jurado. «Creemos que el encausado sabe los efectos que puede causar una intoxicación por cocaína, que puede llevar incluso a la muerte, pero que la intención final no era la muerte sino que le gustaba llevar sus prácticas al límite. Diferencias entre ‘que podría llegar incluso a causar la muerte’ y ‘buscar con su conducta provocarla’».

La afirmación primera indica que están vacilando seriamente sobre la intención de matar de Jorge Ignacio P. J. en los encuentros sexuales con sus víctimas. Sin embargo, cuando demandan que les aclaren las diferencias, lo que plantean en realidad son dos circunstancias aplicables solo al homicidio intencionado, es decir, cuando sí se tiene intención de matar. El primero sería lo que en Derecho se conoce como el dolo eventual –se acepta el hecho de que el otro muera al poner en marcha un mecanismo que puede acarrear la muerte– y el segundo, el dolo directo, es decir, matar con la intención fundamental de producir ese efecto, el fallecimiento del otro.

La magistrada se apoyó en un ejemplo que ya había expuesto en la sala uno de los forenses: el del conductor que decide acelerar o frenar en un semáforo en ámbar cuando está cruzando una persona en patinete por el paso de peatones. «Parece una decisión automática, que se toma en una fracción de segundo, pero es racional. Es una decisión sabida y querida», matizó.

Así, les distinguió entre el conductor que acelera con la intención de matar «porque le da la gana» y tomando la decisión «de ir a por él» (dolo directo) y el que acelera aceptando que el resultado puede ser la muerte del otro aunque confía en que al del patinete le dé tiempo a llegar a la acera, despreciando el posible resultado fatal –«tú sabes que, como haya un poquito de mala suerte, te lo vas a cargar, pero tienes prisa y te da igual», les explicó para hacerse entender (dolo eventual). «La responsabilidad penal en ambos casos es la misma, porque se ha planteado que puede pasar y le da exactamente igual, no lo evita porque no quiere», advirtió. Le faltó, teniendo en cuenta la reiteración en el caso de Jorge Ignacio P. J., un detalle: no es lo mismo tomar esa decisión una vez que diez, una detrás de otra.

Pero, a continuación, introdujo un tercer ejemplo que llevó a la controversia de la jornada: el homicidio por imprudencia, que nadie, ni siquiera la defensa, ha planteado a lo largo del juicio, pero que sí aparece de algún modo en el objeto redactado por la jueza, según se deduce de la aseveración de los jurados.

«El tercer caso», expuso la magistrada, «es que ves el patinete y dices ‘va despacio, seguro que no lo pillo, pero acabas pillándolo’. Es el que toma la decisión creyendo que no va a pasar. Ahí ya no es doloso. Si desecha la posibilidad de que pueda ocurrir, si no se lo plantea, es otra cosa», dejó en el aire. La defensa trató de aferrarse a esa posibilidad en cuanto escuchó a la jueza y tras haber oteado por dónde parece ir el jurado, pero la fiscal la frenó en seco: «Eso, aquí, no se ha planteado».

La magistrada coincidió con ella y matizó que «si no tienes un problema mental, si tienes una inteligencia media, las personas se lo plantean». Por último, volvió a aconsejar a los jurados que «si se atascan en una de las preguntas o en uno de los casos, no se preocupen, sigan leyendo hasta el final, porque a lo mejor así caen en la cuenta de algo que ya habían visto» y que «lean de vez en cuando las instrucciones, porque hay están las pistas. Aunque no se den cuenta, sus mentes siguen trabajando y de repente, cuando se pongan con los casos, lo verán claro y pensarán: ‘Mira, esta era la pista’». Y que «se tomen su tiempo» y, si tienen dudas, vuelvan a preguntar.