Lora es su mujer y en 2019 Primoz Roglic renunció al Tour porque en las fechas de la ronda francesa tenía que nacer su hijo Lev y él no quería perderse el parto. Pero Lora quería estar lo más cerca de su pareja durante la Vuelta, que Primoz disputó y ganó. Acompañada por su madre recorrió toda la geografía española con una autocaravana, fácil de identificar por la matrícula eslovena. Situaba el vehículo cerca de la meta y lo más próximo al hotel de su marido.

Mientras Tadej Pogacar atacaba a Roglic en la sierra de Gredos, con el Movistar salvando el pellejo al mayor de los eslovenos porque tirando de él Alejandro Valverde conservaba la segunda plaza de la general y solo quedaba un día para llegar a Madrid, Lora tuvo que dar de mamar a Lev. Y lo hizo en la sala de prensa, una carpa que estaba instalada a apenas 50 metros de la línea de llegada. En ningún otro deporte se habría visto una imagen tan corriente.

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Fue el año del gran salto de Roglic, el corredor que el domingo aspira a ganar la tercera Vuelta consecutiva, siempre que siga demostrando que nadie le tose en carrera y que se las puede apañar para contrarrestar los ataques que anuncia Enric Mas, sobre todo en las dos citas de esta semana con los montes de Asturias (el miércoles en los Lagos y el jueves en el sorprendente Gamoniteiru, el día grande, la jornada reina de esta edición de la carrera).

En 2019, Roglic era un corredor esquivo, más por timidez e ignorancia de las relaciones públicas, que por arrogancia. Solo admitía tres preguntas en la obligada comparecencia ante la prensa que el ganador de cada etapa y líder de la general debe efectuar cada día. A la tercera cuestión se levantaba y se iba sin esperar a la traducción. No hacía caso ni de las sugerencias que la organización de la Vuelta le hacía llegar. Llegó, guardó silencio y ganó la Vuelta.

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Reflexión en el Tour

Y a punto estuvo de hacer lo mismo en el Tour al año siguiente. Fue el que más días vistió de amarillo. Pero algo cambió. ¿Por el Tour? ¿O por qué había hecho una reflexión? Ya contestaba a todo lo que se le preguntaba y en el hotel, al acabar la cena, hacía lo que siempre han hecho todos los corredores de un mismo equipo, sean líderes o gregarios. Todos juntos se iban al autocar de la escuadra a charlar un rato y tomar una infusión antes de darse las buenas noches y todos a descansar.

Porque en los primeros años como ciclista era un corredor distante. Acaba de cenar y adiós muy buenas, a encerrarse en la habitación. Vivía en su mundo interior. Y nadie lo entendía, mucho menos los compañeros que a la etapa siguiente debían dejarse cuerpo y alma en la carretera para trabajar por un corredor al que apenas veían en los instantes de ocio.

Saltador de esquí

Explicaba Roglic que todo se debía a sus inicios en el deporte. Y no a base de dar pedales a una bici sino jugándose el tipo con los saltos de esquí. Se justificaba diciendo que en ese mundo cada cual iba a lo suyo y que se trabajaba de forma individual, no como en el ciclismo que, aunque solo gana uno, detrás hay la fidelidad de todo un grupo de corredores.

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Lo bueno del caso es que no era ni mucho menos malo saltando. Iba para estrella, para figura eslovena con las tablas. Dos veces fue campeón del mundo juvenil, curiosamente por equipos, hasta que en 2007 sufrió una caída espeluznante con varios huesos rotos. "Móntese en una bici y se recuperará antes", le recomendaron los médicos. Y así le cambió la vida hasta el punto de que poco a poco dejó de dar cera a los esquíes para engrasar la cadena de la bici, fichar después por un equipo modesto, hasta que en 2016 el Jumbo quiso apostar por un buen contrarrelojista del que se sabía que había empezado tarde con el ciclismo porque antes era saltador de esquí.

En el primer Giro (2016) ya ganó una contrarreloj y al año siguiente se descubrió en el Tour triunfando en solitario en la etapa alpina que acababa en Serre Chevalier. 2018 fue su primera gran temporada en la que se confirmó como un corredor para carreras de una semana. Pero en 2019 pudo ganar el Giro antes de adjudicarse la Vuelta y en 2020 perdió el Tour el último día ante la magistral contrarreloj que Pogacar hizo en la Planche des Belles Filles. De aquella derrota vino su respuesta. "Si te caes, te levantas", el lema que empleó Roglic para ganar luego la segunda Vuelta, otra vez salvándole la papeleta el Movistar, el penúltimo día, cuando el conjunto telefónico tiró de él, incomprensiblemente, después de que Richard Carapaz lo atacase en La Covatilla.

Esa vez tuvo suerte y salió airoso de la desdicha que lo persigue en los últimos días de carrera. El año pasado, siendo líder, se cayó en la penúltima etapa del Dauphiné. Adiós al triunfo. Y esta primavera, con la París-Niza amarrada, le ocurrió de todo el último día (caída y averías) para perder la carrera. Solo faltó que se le cruzase un gato negro.