Ciclismo
Enric Mas se convierte en la superestrella de Aitana
El ciclista mallorquín triunfa con el jersey rojo para reivindicarse tras el abandono de Pogacar y dar un golpe de autoridad en la mesa de la Vuelta

Más allá de la Vuelta a España, la propia vida que el sábado le dio un varapalo tremendo a Tadej Pogacar, se convirtió en un obsequio, en un acto de justicia para Enric Mas que se transformó en la superestrella de Aitana, la última montaña de España que vio Rafael Alberti desde el aeroplano que lo llevaba al exilio y por eso le puso a su hija el nombre del monte.
Bromeaba un Mas eufórico con que entendía a Pogacar, porque el jersey rojo le daba alas, una fuerza descomunal para demostrar que si es triste que el fenómeno esloveno se haya ido de la carrera, la Vuelta revive con el ciclista mallorquín, el más fuerte y sobre todo el más inteligente entre corredores igualados, donde ahora cuentan más los segundos, arañar tiempo granito a granito, que la minutada que siempre impone el esloveno.
A fuerza de coraje
La Vuelta se ganará a fuerza de coraje, de saber controlar los nervios, de no atacar antes de tiempo y desde lejos como hizo Felix Gall cuando el único que se permite estos lujos ya no está en carrera. Hay que subir confiando en los compañeros, que te dejen lo más cerca posible de la cima y allí actuar como hizo el mallorquín en el mejor día de toda su carrera deportiva para sacar ese corredor grande que tantas veces ha tenido escondido en el cuerpo.
“¡Vamos Nicolau!”, le dicen en broma los compañeros del Movistar, en alusión a su segundo apellido. Nadie hablará mal del mallorquín en el conjunto que más cariño levanta entre la afición española porque el que luce esos colores se siente como el heredero de los grandes, primero de Perico y luego de Induráin pasando por Valverde.
“Él me dice que quiere divertirse y yo le digo que los rumores vuelan”, canta la famosa artista catalana. Y rompiendo los rumores, los que siempre decían de forma injusta que Mas corre con la sangre fría, quiso divertirse, en plan Pogacar, en una Vuelta que ahora lo tiene como favorito.
Gall y Roglic
Dejó que Gall, tercero de la general, quemase primero a sus naves y luego a sí mismo. Dos veces atacó el austríaco y en ambas lo neutralizó el mallorquín, de forma soberbia, como hace el líder que nunca dejó de ser. Ahí estaba él para tomar el control de la carrera y para ser el más listo de la clase. “Supongo que no lo he pensado bien, pero mañana seremos noticia en la televisión”, repite la canción ‘Superestrella’. Mas cambió el mañana por el hoy cuando se puso a atacar, a descolgar a Gall y, sobre todo, a jugar con Roglic, el más peligroso, el que ahora sí que se sabe que puede ganar una quinta Vuelta y el que ha parado la huida de los periodistas eslovenos, que se han quedado por si otro astro de su país llega a Granada vestido de rojo… con permiso de Mas.
A Mas le faltaba una victoria. Se le escapó en el Giro, en Castelló con Pogacar, pero a Oscar Onley, cuarto y el mejor de los jóvenes, lo controló mientras dejaba que Roglic se le acercase para rematarlo justo cuando se recuperaba. De diez. Y no falló en el esprint, la asignatura pendiente, porque siempre había alguien más rápido que él que le arrebataba una victoria.
"Había que pasar página"
En Aitana fue la superestrella, el que se abrazó con todos los integrantes de un Movistar que administra demasiado las victorias, pero la de la Vuelta vale un potosí, en el mejor día del año. “La caída de Pogacar fue una desgracia porque es el mejor corredor de la historia, pero había que pasar página”, reconoció el mallorquín, que se puso un jersey, entregado por accidente, pero que ha hecho suyo, en propiedad, con valentía y con una victoria en la Vuelta que no conseguía desde 2018 cuando tenía 23 años.
La vida ha cambiado en la Vuelta, el rojo brilla en la espalda de un mallorquín que este domingo se convirtió no sólo en la superestrella de Aitana sino de toda la carrera. Este lunes, descanso al sol levantino.
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Fuente: El Periódico
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