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A propósito de Humboldt

A propósito de Humboldt

El azar es probablemente la respuesta a mucho de lo que nos sucede. Una conversación al azar, un libro que cae entre nuestras manos por casualidad, un cultivo de bacterias contaminado durante la noche, un absurdo empeño por llegar a oriente por otra ruta, o alguien que conoce a alguien que te pone en contacto y que organizas una estupenda e interesantísima exposición. Sin embargo, también hay que contar con ese tanto por ciento de estudio, observación, prueba y ensayo, de reflexión y determinación. La lógica nos llevaría a pensar que la mentalidad científica, el sistemático análisis del entorno, el reducir la naturaleza entera dentro de una probeta o entender el mundo con el trazo de unas coordenadas está muy lejos del trabajo artístico y pasional que es pintar. Nuria Rodríguez demuestra lo contrario.

El azar es probablemente la respuesta a mucho de lo que nos sucede. Una conversación al azar, un libro que cae entre nuestras manos por casualidad, un cultivo de bacterias contaminado durante la noche, un absurdo empeño por llegar a oriente por otra ruta, o alguien que conoce a alguien que te pone en contacto y que organizas una estupenda e interesantísima exposición. Sin embargo, también hay que contar con ese tanto por ciento de estudio, observación, prueba y ensayo, de reflexión y determinación. La lógica nos llevaría a pensar que la mentalidad científica, el sistemático análisis del entorno, el reducir la naturaleza entera dentro de una probeta o entender el mundo con el trazo de unas coordenadas está muy lejos del trabajo artístico y pasional que es pintar. Nuria Rodríguez demuestra lo contrario.

Para empezar, siguiendo su ya amplia trayectoria, se aferra a esa máxima de Pintar/Pensar. No es la suya una actividad fruto de un impulso, o al menos, no es esa la impresión que detecta el espectador. En cada lienzo, en esa acumulación de animales, objetos, veladuras, números, letras, signos, islas, se adivina una intensa reflexión, un desnudarse frente al lienzo, un desorden sentimental que proyecta, con la metodología propia de un científico, una buena parte de su psique. ¿Por qué siempre surge un acróbata? ¿Cuál es ese peso interior que, todos, acarreamos y que a la artista le lleva un lienzo tras otro a arrastrar, arrastrar una piedra, un perro? ¿Por qué buscar pequeñas islas en medio de la nada y no grandes continentes? Frente a cada obra de Nuria Rodríguez, el espectador puede permanecer horas, sentirse identificado, interpelado, puede indagar, suponer, especular y, como dijo Alexander von Humboldt, no hallar respuestas porque «en todas las ramas de la física no existe nada estable y cierto. Las teorías son tan cambiantes como las opiniones que les han dado nacimiento».

Mencionamos a Humboldt no por azar. La muestra se titula «Sistema Humboldt. Pintar/Pensar». Un tipo curioso el alemán, cuya pronta afición a la botánica le llevó a viajar por casi medio mundo explorando tierras y océanos, medusas o murciélagos, fósiles y volcanes, pero también la observación meteorológica o el firmamento estrellado que veía desde la cubierta de los barcos en los que navegó incansablemente. La relación con nuestro país, con cuyos fondos la Universitat de València nos ha sin duda abrumado, empieza precisamente con su primer viaje transoceánico partiendo del puerto de La Coruña hacia América del Sur tras haber pasado por nuestra ciudad y entrevistarse con el rector de entonces, Vicente Blasco. Fue, además, el primer científico en observar y trazar el perfil de una España cuyo interior era una meseta. Con todo, lo que Humboldt realmente buscaba era ir más allá de la simple exploración; sus viajes perseguían descubrir cómo la naturaleza era un todo, una interacción de fuerzas, el Cosmos, en definitiva.

En este sentido, Sistema Humboldt viene a ser un poco lo mismo: un despliegue impresionante de documentación, tanto por la cantidad como por su relevancia, instrumentos de viaje, una colección de minerales, mapas, enciclopedias, mobiliario y objetos de todo tipo retroalimentándose entre ellos. A diferencia de esa idea, con toda seguridad errónea, de lo que puede llegar a ser un departamento de arqueología o fósiles, donde imaginamos pedruscos en cantidades de cientos acumulados en armarios polvorientos a la espera de su turno para ser estudiados, aquí todo tiene su sistemática, su número, su orden. Lo cierto es que si rebuscamos entre los legajos del científico, quedaremos impresionados de la precisión de sus dibujos, del detalle, el orden, las referencias numéricas, las notas descriptivas de sus diarios. En esta exposición ya no es solo que cada área cuenta con su letra y título identificativos, la L de latitudes/cuerpos -muy poético-, A de atlas/azar, B de botánica, y así hasta completar el abecedario, sino que todo el material está perfectamente ordenado, como gusta a la autora, con sus grados, longitudes y latitudes, sus referencias, su organización. Como si ese desorden mental del que hacíamos referencia antes, donde se aúnan en un mismo lienzo objetos tan curiosos y dispares como una pelota, un palo de golf, el agua -elemento reiterativo-, o una bañera, necesitara a su vez de una metódica y pensada reconstrucción. En definitiva, una búsqueda por explicar que formamos parte de algo mucho más grande, inabarcable y, la mayoría de las veces, ininteligible.

De todas las letras que nos van guiando en esta travesía por la Sala Acadèmia, hay una que destaca por su intimismo, su sinceridad, su desnudez, un «volcar sin restricciones y con absoluta libertad» a decir de la pintora. La Y de Yo/sur/surrealismo. Emociona.

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