El señorito Guerra

 05:30  

Matías Vallés

Nunca he utilizado ni utilizaré la expresión «señorita Trini», por considerar que el diminutivo Trini suscita simpatías irreversibles pero no se compadece con la dignidad inherente a una ministra del Gobierno español, que representa a cuarenta millones de personas en una tarea con abundantes exigencias protocolarias. Participo por tanto de la polémica en contra de esa denominación ofensiva, que la titular de Sanidad esgrimió en la página oficial de su candidatura frustrada a la Comunidad de Madrid, www.trini2011.es. El señorito Alfonso Guerra también ha recurrido al binomio ultrajante, en su impecable radiografía de las primarias madrileñas. A continuación, ha sido asaeteado por sus correligionarios, con mención especial a quienes apostaron por la perdedora de ese lance. Nunca dejará de asombrar que haya personas que se compren un cocodrilo —o lo coloquen en un lugar preeminente de las listas electorales— para quejarse después de que el saurio les ha mordido.
Si el señorito Guerra se hubiera referido a la ministra de Sanidad como «excelentísima Trini», también hubiera sido alanceado por las brigadas de guardia, cuando la sobresaliente excelencia viene garantizada por el cargo, y la frivolidad del apelativo Trini ya ha sido analizada. Que se sepa, ninguna jerarquía estatal ha renunciado al excelentísimo, ilustrísimo, señoría y demás titulaciones de opereta, cuyas reminiscencias cuando menos clasistas deberían ser extirpadas en democracia. La perpetua alusión a la Ilustración exige en primer lugar el nivelado de las identidades. El nombre y en su caso los dos apellidos son suficientemente explícitos y poco melodiosos —Rouco Varela, Zapatero, Juan Carlos de Borbón—, para ahorrar cualquier tratamiento suplementario. El primer paso hacia la meritocracia es que cada persona se labre su dignidad en pie de igualdad con sus semejantes.
Uno de los altos cargos de Obama le suplicó al presidente que le llamara Richard en lugar de Dick, porque su esposa prefería la primera denominación. El tratamiento define la identidad, pero el súbito interés de los ministros de Zapatero por denigrar al autor de la expresión «señorita Trini» —por fin se sabe de la existencia de Beatriz Corredor, tras tres años en el ministerio— obliga a establecer una salvedad. No está claro si actúan en defensa de unos principios de igualdad, o si pugnan por garantizarse una semanas más de «excelentísimos» como miembros del Gobierno, solidarizándose con una apuesta de su presidente que ha sido más desastrosa para la ministra de Sanidad que cualquier apelativo a cargo de un señorito deslenguado. De momento, nadie ha culpado a Tomás Gómez de las palabras de Guerra, pero todo se andará.
Si los ministros afean la nomenclatura del señorito Guerra atendiendo a nobles principios de solidaridad, sorprende que todos enmudecieran —empezando por Zapatero— cuando Sarkozy expulsó a los gitanos de Francia, una ofensa bastante más grave que una alusión verbal. En un terreno más próximo al género, asombra asimismo que visitaran sin parpadear las instalaciones sexuales de Berlusconi en Villa Certosa. Tampoco allí hubo declaraciones. En contra de lo previsible, el poder a todos iguala. La presunción de que una vez montados en el «excelentísimo» se conservan los rasgos del género, la adscripción sexual, la raza o la pertenencia a alguna minoría ocultan la evidencia de que el coche oficial, los guardaespaldas y demás privilegios de Leviatán conllevan la higiénica contrapartida del escrutinio descarnado. Ningún ministro o ministra es una víctima o padece persecución. Al contrario, son los individuos mejor protegidos del país, a costa de los ciudadanos. Caricaturizarlos es una obligación, y sobre los presuntos excesos en esa tarea pueden preguntar a los autores de la célebre portada de El Jueves. El impacto negativo de «señorita Trini» se anula cuando la destinataria es una ministra. A cambio, sigue definiendo la educación del autor de la expresión.
Al tratarse de una gresca interna, cabe preguntarse si el PSOE rechazará los votos que acarrea Alfonso Guerra, cuya astucia consiste en esquivar su propia condición de «excelentísimo», que lo sitúa en el ámbito privilegiado de la ministra de Sanidad. Y cuando cese el escándalo, alguien deberá preguntarse por qué Alfonso Guerra supera en audiencia a la suma de sus críticos, desde hace 35 años.

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