08 de febrero de 2016
08.02.2016

Dios

08.02.2016 | 04:15

La noche insomne es la noche de duermevela: quieres dormir y el sueño no viene. Sin embargo, tampoco estás espabilado del todo, porque los ojos cerrados franquean la vía a los pensamientos vagos, totalmente o casi del todo independientes de tu voluntad. Entonces, la realidad se mezcla con los recuerdos y los recuerdos acaso los percibes más reales que el contenido verdadero de estas horas insomnes.

Los recuerdos, que vienen incontrolados, sorprenden a uno y se apoderan de la imaginación. El pasado revive. Es tan real como la vida consciente o más aún, y uno queda abrumado por aquello que ya no es y, sin embargo, tiene una fuerza que se impone sobre el momento presente. Entonces viene la exclamación: "¡Oh, Dios!" y uno, que no es creyente, la acepta, porque no hay otra al caso. "Dios mío" se anida en la mente sin ninguna posibilidad de ser sustituida por otra. "Naturaleza", "casualidad", cualquier otra palabra tiene varias acepciones, varios sentidos; solo la palabra "Dios" es unívoca, algo que el lenguaje nos ofrece para marcar unas vivencias únicas e irrepetibles. No importa que "Dios" carezca de significado; basta el significante, que es poderoso, porque resulta necesario.

¿Cómo ensamblar los recuerdos con la realidad sin pensar en Dios si los recuerdos se repelen, siendo de uno mismo, pero irreconciliables entre sí? Uno fue de todo: un joven sano y fuerte, un guiñapo humano, reducido a la nada por el hambre, o perdido en los caminos de la Siberia inmensa y hostil, pidiendo la gracia de pasar una noche bajo techo y tener, luego, que decir a la mujer bondadosa de la granja agrícola que le dio cobijo que no, que no se quedará uno con ella en lugar de su compañero movilizado por el ejército y, por tanto, llevado a la guerra de la que presumiblemente no volvería, porque uno tiene la obligación de reunirse de nuevo con sus padres y su hermana pequeña, porque sólo fue andando dos días desde las barracas que le alojaban a él y a los demás condenados a trabajos forzados hasta la ciudad donde se podían vender en un rastro, presente en casi todas las localidades soviéticas, algunas sábanas y otros trapos, porque, aún deportados, parecían ricos en objetos y enseres de los que los rusos carecían desde hacía lustros y sin remedio.

He de aclarar que los soviéticos, que nos deportaban en masa al interior de su imperio, luego se veían obligados a alojarnos. Nos metían en trenes que descargaban donde resultaba necesaria la mano de obra masiva. Así, por ejemplo, durante cierto tiempo cosechábamos algodón y en otra ocasión trabajábamos en otras faenas de agricultura. En la duermevela del insomnio nocturno aquellas imágenes anidadas en la memoria no tienen nada de agradable, pero son inevitables y desembocan en un "Dios mío", palabra comodín que vuelve coherente lo que es disperso y contradictorio.

Parece que no hay palabras inocentes. Sin embargo, algunas son más expresivas que otras, porque tienen significados abiertos e indefinidos y, por lo tanto, sirven para casi todo. "Dios" es una de ellas, posiblemente una palabra única y, a causa de ello, insustituible. Cierto es que somos hijos de la palabra, porque ella nos diferenció hace unos siete millones de años de los demás simios. Porque fue la palabra la que sacó fuera de nosotros el pensamiento, lo hizo sonoro, objetivo y, por lo tanto, moldeable. "En el principio era el Verbo", pero no porque fuera Dios, sino porque, a partir de Él, pudimos idear a un Dios y darle un nombre, porque lo necesitábamos para soportar la ignorancia de lo que, paso a paso, descubríamos como inmanente, construyendo las ciencias: la Filosofía, la Física, la Psicología y, al final, la Neuroética de estos días.

Así fue menguando nuestro Dios, sin desaparecer, no obstante, del todo, porque es insondable el pozo de imaginaciones humanas, que indefectiblemente desbordan los cada vez más anchos marcos de las ciencias. Es el defecto de lo positivo, que es limitado de necesidad; Dios está ilimitado y abierto: una palabra ciertamente necesaria.

Así, una cierta noche, pasaban las imágenes; por ejemplo, la de mí mismo, con la fiebre alta, durmiendo atado con mi cinturón a un banco en la plaza delante de la estación de trenes en Taskent, o cavando un foso, en compañía del hijo del que murió aquella noche de noviembre. Pasábamos aquella noche a la intemperie, descargados de un tren y en espera de otro, varias familias, en torno a una hoguera, de pie, sentados en el suelo o acurrucados. Un hombre mayor dijo a los suyos: "Me voy a acostar" y su hijo asintió: "Acuéstese, padre". Y aquel hombre ya no se levantó más. Cavamos en la tierra helada, con picos y palas prestados por el bar de la estación. En aquel bar sólo servían vodka, que no faltaba en ninguna parte en aquella Rusia soviética, y té. Nada de comer.

Me acuerdo como si fuera hoy de que, aquel mismo noviembre pero muchos kilómetros más al Sur, recogíamos tomates que se habían caído de sus cajas en una granja colectiva. Y, más tarde, de mi papá y de mí sentados al borde de un canal de riego, quitadas las camisas aprovechando el sol de otoño, cuando nos sacábamos los piojos de entre las costuras y los matábamos con la uña encima de unos pedruscos. Otra imagen inolvidable fue de cuando nos descargaron del tren en una granja colectiva de los uzbecos y, por la noche, unos viejos asiáticos –viejos, porque sólo los viejos no temían a denuncias y represarías– rodearon a mi padre y, sabiendo que no éramos rusos, le preguntaron en un ruso defectuoso, si, como polaco, creía en Dios. Al recibir la respuesta afirmativa volvieron a inquirir con vehemencia: "¿Y dónde está Dios?" ya que la propaganda soviética divulgaba el ateísmo. Entonces mi padre se señaló el pecho y luego el cielo, y ellos le abrazaron.

Esas imágenes se describen lentamente, pero se viven como destellos, en instantes más que fugaces en unas noches insomnes. Luego, uno se duerme y sueña. Los sueños siempre son positivos, serenos y bellos, pero, al despertar, uno se acuerda más de l as pesadillas memorizadas que de los sueños fugaces. Uno arrastra su pasado, del que es imposible desprenderse, hasta que el sueño definitivo borre todo aquello. Y aquí regresa el poder de la palabra, que escrita queda y vencerá el silencio de la muerte.

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