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Un medievo muy actual

De banqueros decapitados y guerras de fe

El ensayo «Fer Harca (2). Més històries medievals valencianes» rescata de los castigos al fraude bancario a los choques de lengua

De banqueros decapitados y guerras de fe

De banqueros decapitados y guerras de fe

Cuentan que la Edad Media queda muy lejos y admite pocos paralelismos con el presente por el giro de cosmovisión. Eso cuentan. Luego llegan los medievalistas valencianos Frederic Aparisi, Vicent Baydal i Ferran Esquilache —miembros del comando de divulgación histórica Grup Harca— y relatan nuevas historias medievales como la de los banqueros fraudulentos de la Valencia de los siglos XIII y XIV. Que del medio centenar de banqueros valencianos en activo entre 1290 y 1325 quebraron hasta un total de siete por inversiones demasiado arriesgadas. Que en 1316 el banquero Francesc de Pals quebró y afectó a 73 clientes enfurecidos que lo persiguieron hasta que pudo recluirse en el monasterio de Sant Vicent de la Roquetra. O que al banquero Francesc de Castelló, declarado en bancarrota en 1360 y que había intentado ocultar sus bienes, la Justicia lo decapitó. Otros triunfaron en el negocio de dar y prestar dinero, como Arnau de Valleriola en la Valencia del XIV, y sus riquezas quedan todavía en forma de palacios que salpican el cap i casal.

Dicen que del mundo medieval pocas lecciones pueden extraerse por el cambio de mentalidad. Pero luego, en este libro titulado Fer Harca (2). Més històries medievals valencianes (Llibres de la Drassana), Aparisi, Baydal y Esquilache narran historias con ecos muy familiares. Como los procesos de conflicto y persecución de lenguas en territorio valenciano. A los moriscos les reprochaban en vísperas de su expulsión en 1609 que mantuvieran la lengua árabe. Los propios valencianos tienen una anécdota reveladora: en las Corts Generals de 1382-83 (conjuntas entre Aragón, Valencia y Cataluña) se discutió quién sería la primera persona que contestaría el discurso inicial del rey Pere el Cerimoniós y «in qua lingua» lo haría. Los valencianos y aragoneses decidieron que al rey le replicaría un valenciano —el infante Martí, conde de Jérica y de Luna— y que lo haría «en lengua aragonesa». «No en balde —escribe Baydal— la nobleza de origen aragonés fue la preeminente en el Regne de València durante su primer siglo y medio de existencia». Quien manda, su lengua impera.

En cambio, la misma discusión se repitió en las Corts de 1435-36, los valencianos ya no respaldaron la propuesta de que la primera réplica se hiciese en castellano. «Una muestra, seguramente, del avance que había experimentado el valencià/català como lengua de las élites del reino», subraya el historiador.

Frente al menosprecio histórico al que es sometido el milenio que abarca el Medioevo, la publicación del segundo volumen de Fer Harca retrata cuestiones que parecen sacadas del telediario. Como las guerras con sustrato religioso. Así ocurrió con la quema de Cocentaina en 1304, «la segunda gran rebelión de los musulmanes desde la conquista del territorio valenciano a mediado siglo XIII» y que devastó la zona del Comtat. Cuenta la píldora histórica relativa a este episodio que miles de musulmanes aprovecharon aquel ataque para abandonar el Regne de València y mudarse a territorio islámico como el de Granada. Familias. Así, alquerías enteras de la huerta de Gandia, Xàtiva, la Vall d'Albaida, el Comtat, Orxeta, Elx, Alicante y Orihuela se marcharon. Pero muchos otros volvieron por la dureza de aquella emigración. Dos años después, ya habían sido detenidos 450 musulmanes exiliados y luego arrepentidos de vuelta a una terreta que tanto los maltrataba y a la que tanto contribuyeron durante siglos.

El azúcar que vino de Sicilia

En otro capítulo —de las 16 que conforman el libro— se rescata del olvido la producción de canyamel i sucre en el campo valenciano. El primer azúcar producido en Valencia llega en 1407 de la mano de un mestre sucrer de Sicilia. Luego, esa producción se concentra en la Safor. El canyamel llega a ocupar el 25 % de la superficie irrigada de la huerta de Gandia y Oliva. Pero pronto desaparece. «Durante los siglos XVII y XVIII —escribe Esquilache— la producción de azúcar valenciano dejó de ser rentable y competitiva, por la acción combinada de la desaparición de los moriscos y la competencia atlántica, y acabó desapareciendo por completo».

Seguro que a la industria tradicional valenciana le suena la historia si cambia la competencia atlántica por la asiática, y la palabra «moriscos» por mano de obra baratísima. La Edad Media, cuando te la cuenta el Grup Harca, queda más cerca.

Una ruta que sigue a Jaume I

El libro propone una interesante ruta tras las huellas de Jaume I que abarca (cada una por su razón histórica) las siguientes paradas: Montpeller, Montsó, Alcanyís, Poblet, Morella, Borriana, Castelló de la Plana y Vila-real, El Puig, Russafa, el Palau del Real de Valencia, el Museu Històric de la Ciutat de València, las murallas y torres musulmanas de Valencia, Buñol, las murallas musulmanas de Alzira, los castillos de Cullera i Bairén, la ermita de Santa Anna de Xàtiva, los castillos de Rugat i Llutxent, las montañas entre la Marina, el Comtat y l’Alcoià, Alcoi i Penella (Cocentaina), Camp de Mirra, Biar y Castalla, La Torre de la Calaforra de Elx y la Creu coberta d’Alzira.

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