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Santiago Grisolía: "No tengo grandes esperanzas puestas en el futuro"

Santiago Grisolía: "No tengo grandes esperanzas puestas en el futuro"

Las piernas no siempre colaboran a los 97 años y el bastón es un amigo leal. Aunque siempre hay alguien para ayudarle a desplazarse por esta casa que es algo suya, porque peleó con Zaplana para que la cediera al Consell Valencià de Cultura poco después de empezar a presidirlo. Hace mucho de aquello. Hace mucho de casi todo, pero Grisolía, el viejo investigador, el discípulo de Severo Ochoa, el hombre que rozó el Nobel (no habla mucho de ese no-premio) mantiene la cabeza en su sitio. Lee la prensa en su despacho sin gafas, solemne, rodeado de cuadros de Michavila y Francisco Lozano, herencia del paso de los artistas por la institución, por donde ha visto a muchas cabezas pensantes valencianas (y otras, no tanto). Si hay que destacar a alguien, cita sin dudarlo un segundo al cardenal Tarancón. «Muy listo». Y Berlanga, el cineasta, siempre especial, con sus eternos mondadientes en el bolsillo, porque toda ocasión es buena para tocar madera, que el infortunio nunca se sabe por dónde acecha. Grisolía, hombre de silencios colgados de una sonrisa irónica, habla de casi todo. Como excepción, pide algunas preguntas por adelantado para prepararlas con ayuda de Jesús Huguet, secretario del CVC, porque la concentración se escapa a veces.

¿Pensaba que el futuro sería como es?

No. Sólo la imaginación, en algún momento, me hacía entrever a veces algunos cambios de gran calado. Pero suelen ser imprevisibles.

¿Cómo vive el presente? ¿Piensa en el futuro?

Practico el día a día, y eso me sienta bien. ¿Sobre el futuro? Me gustaría que fuese mejor, pero no tengo grandes esperanzas puestas en eso.

¿Uno se habitúa a la muerte con el paso de los años?

Nunca te habitúas. La muerte nunca es una buena compañera.

¿Entiende eso que llaman la revolución digital?

Claro que sí. Además, es inevitable. Basamos nuestros proyectos de sociedad, en buena parte, en los avances de la tecnología. La ciencia es así, se hace para ser aplicada.

¿Pero usa móvil, ordenador, correo electrónico...?

Sí, claro. El móvil incluso demasiado. Pero los tres habitualmente.

¿Qué hubiera cambiado de su vida de haber podido?

No cambiaría nada. Pero es una pregunta que siempre me ha parecido que no tiene una buena respuesta.

Al menos, dedicarse hoy a la ciencia es más sencillo que cuando empezó usted, ¿no?

No lo tengo muy claro. Entonces todo era más lento. Tenías que buscar a alguien que tuviera un proyecto empezado, y que le interesara tu aportación, y eso tardaba. Quizá, en el fondo, hoy pasa lo mismo.

Lo que hay son muchos más investigadores. Hay una multitud de españoles repartidos por el mundo. ¿Tiene solución?

Sí. Que se den cuenta las autoridades de que el desarrollo de un país depende fundamentalmente de la ciencia y para eso es necesario invertir. Invertir para que vuelvan, financiarles los proyectos y tener paciencia.

¿En algún momento se ha arrepentido de volver a España?

No. En eso es importante la edad, el tiempo. Ahora estoy muy bien aquí, donde son más posibles las relaciones con los amigos, la familia. En Estados Unidos es más difícil eso. Es un país muy grande, y además la gente está mucho más dispersa.

Cambió la ciencia por un cargo de representación institucional. ¿Por qué?

Para hacer ciencia debes tener suficientes medios a tu disposición y ser relativamente joven. Te tienes que dar cuenta de que llega un momento en que puedes seguir hablando de ella, tener interés en ella, pero ya no puedes hacer gran cosa. ¡Mucho me gustaría, pero…!

Ha estado cerca de políticos que están o han estado en la cárcel. ¿Qué reflexión hace? ¿Se lo veía venir?

No, no podía creerlo. Ni siquiera lo pensaba. ¿Cómo iba a pensarlo?

En general, ¿los políticos le han decepcionado? ¿Tiene una opinión sobre los que ha tratado?

Suelen ser gente corriente, que de repente se ven con una oportunidad. Pero políticos los hay de toda clase, como en botica. No me suelen decepcionar, esa es la verdad.

¿Cree que el episodio de corrupción política en la Comunitat Valenciana ya es pasado?

Eso pasa siempre. Ha pasado, pasa y pasará. Se trata de reducir la impunidad hasta donde se pueda.

Trató bastante a Rita Barberá. ¿Ha llegado a entender lo que le pasó?

No, no la traté mucho. Más bien poco.

Coincidieron casi 20 años en cargos importantes. ¿Es el final más triste que ha conocido de un personaje público?

Sí, el final más triste que he visto.

¿Qué personaje de los que ha conocido le ha marcado más? ¿Severo Ochoa?

Sí. Y García-Blanco, con el que empecé a trabajar.

La conversación vira hacia el pasado. El viejo profesor recuerda que fumaba en pipa, de joven, pero de vez en cuando le cogía cigarrillos al «doctor Ochoa», así lo dice, y este saltaba: «Si quieres un cigarrillo, pídemelo, pero no me los quites». José María García-Blanco era «muy serio. La persona más seria que he conocido».

El catedrático de Bioquímica fue el que impulsó a Grisolía a dar el salto hacia EE UU. No quería «huir,» pero García-Blanco le insistió sobre la necesidad de que onociese otros mundos. «Iba por unos cuantos días o semanas y me quedé 40 años».

La memoria vuela más al pasado. A su infancia, en los años veinte del siglo pasado. «Primero viví en Madrid hasta los siete años -cuenta-, a mi padre lo enviaron después como director de banco a Dénia y esa etapa me gustó mucho. Allí vi a Alfonso XIII, un recuerdo de niño en un lugar muy agradable». Luego Xàtiva, más tarde Lorca, Cuenca, donde le cogió la Guerra Civil. Hace tanto... Pero no olvida.

«Recuerdo bastante, pero no de una forma hilvanada, sino a trozos. Fue impactante para todos, pero cuando eres niño no te impresiona tanto la muerte como la emoción de la guerra», afirma con una voz debilitada por el tiempo.

Volvamos al presente convulso. No puede faltar la pandemia del coronavirus, si bien, cuando tiene lugar la conversación, no se había decretado el estado de alarma ni había decenas de muertos en España. Hay demasiado alarmismo sobre este asunto, en su opinión. «Es excesivo. La gripe también tiene mortalidad, por ejemplo. O los ataques al corazón. No tienen tanta repercusión mediática. El alarmismo es un mal de nuestro tiempo especialmente». Continuemos con los asuntos de este 2021.

¿Qué piensa cuando oye hablar de emergencia climática? ¿Quizá que esa es misión para jóvenes, no para los viejos?

Pues que es para todos. La emergencia climática es literalmente así, es algo que está pasando, y es función de todos.

Pero hasta hace poco, la sociedad no le daba demasiada importancia. ¿La sociedad se conciencia solo cuando ve las orejas al lobo?

Hay que ir con cuidado en no mezclar las cosas. A la sociedad no hay que meterle miedo. Primero, debemos encontrar un acuerdo para crecer de otra manera, sin recurrir a las energías fósiles, para empezar, pero tampoco a la energía nuclear. Hay que encontrar mejores tecnologías y aplicarlas. Eso hay que explicarlo. Y a la gente, además, hay que hacerle entender que la austeridad es una virtud social, y que el crecimiento destructivo nos empobrece. Sin atemorizar. Que entienda que destruir el territorio nos empobrece a todos.

¿Cree que hay exceso de catastrofismo con el asunto del calentamiento global?

No creo. En todo caso, el calentamiento existe. Cuando hay una posibilidad de futuro distinto, nos preocupa, porque no nos gusta cambiar a pesar de que digamos lo contrario.

¿Qué opina de la figura de Greta Thunberg?

Es muy joven, y no tengo datos para saber si su mensaje está más o menos controlado. Pero su forma de actuar ha calado en la gente más joven e incita a la rebelión. Los jóvenes deben rebelarse, no nos deben nada.

¿Rechaza la palabra viejo?

Da igual que la rechace o no. A quien tiene prejuicios no lo vas a convencer. Ser viejo tiene incluso ventajas. No puedes correr o saltar, pero puedes pensar, intelectualmente no pierdes gran cosa. O no debes. Y las relaciones con amigos y más gente son muy ricas.

¿Es más pesimista sobre la humanidad que cuando era joven?

No, soy optimista. Siempre lo he sido. Es una elección serlo.

¿Le gusta la América de Trump?

No me gusta. Aunque no me extrañaría que saliera reelegido. El interior americano es muy distinto a las periferias. Como aquí.

¿Tiene alguna idea de por qué el populismo triunfa en EE UU y en algunos lugares de Europa hoy?

Porque la gente piensa poco. Hay más medios de comunicación que nunca, dicen y no paran de decir, y por eso la gente no tiene tiempo de pensar mucho. Está continuamente abocada a impresiones, solo impresiones, de muchos medios, especialmente la televisión. No me explico el triunfo de Trump en las redes, pero puede que sea porque no me cae bien el individuo.

El destino de estos tiempos parece que es la polarización. ¿Le recuerda a tiempos pasados o nos equivocamos al intentar establecer paralelismos entre el presente y otras épocas?

Ahora mismo hay en ciertos países tácticas, intentos políticos, que no son nada aconsejables. Muy peligrosos. Pero, como vemos en la Historia, todo tiende al cambio, pero también vuelven cosas. El peso de España, por ejemplo, que fue muy grande. Ahora es China, que vuelve como hace siglos, pero no sé qué clase de liderazgo quiere ejercer hoy.

¿Cómo observa el movimiento feminista? ¿Cree que se deben revisar acciones del pasado con los criterios de igualdad de hoy?

Lo veo muy bien. Hay que ayudar en todo lo que vaya contra la desigualdad, que ya es hora. Eso se acabó. Pero tampoco debemos ver el pasado con los ojos culturales de hoy. Ese es un error colosal.

¿Cómo es su relación con los errores del pasado? ¿Le martirizan a menudo?

No. No pienso en ello. Estoy tranquilo. Creo que iré al cielo.

¿Alguno en especial que le sea especialmente doloroso?

No, de veras que no.

¿Un científico puede creer en Dios?

Claro que sí. Pero es verdad que no es lo habitual. Desde un punto de vista científico, la idea de Dios no existe. Pero la mayoría de mis contemporáneos estaban entrenados desde niños en lo católico, y eso es normal que no se olvide.

Para usted, ¿qué significa la religión?

Las religiones son necesarias. Porque al menos quieren inculcar comportamientos éticos, y por lo tanto pueden ayudar en eso. La educación en la religión marca, y aunque de mayor lo veas distinto, esas cosas encuentran en mucha gente una manera de permanecer.

Conoció la dictadura y la transición. ¿Somos injustos al tener tan mala opinión del mundo de hoy si lo comparamos con el pasado del que venimos?

El mundo de hoy me parece mucho mejor, preferible. Pero es habitual en la mayoría de gente la adaptación al medio. No debo juzgar eso.

¿Es de aquellos que añora el espíritu de la transición o cree que es un periodo hipervalorado?

Me es indiferente. No me ha preocupado mucho la política. Fuimos de visita con Severo Ochoa al Pardo, creo. Nos dijeron: «Don Francisco les está esperando». Y don Severo dijo: «Ya es hora de marcharnos». Y así hicimos. Yo ahora lo siento, porque me hubiera gustado conocerlo, como tipo.

¿Se diría nacionalista?

Sí, posiblemente.

¿Nacionalista estadounidense o español?

Más bien norteamericano. Aunque me siento también español. Tengo la doble nacionalidad y pago impuestos en los dos sitios. La verdad es que me gustaría que España fuera más líder mundial, como lo fue cuando su imperio.

¿La educación cree que es muy localista?

Eso no lo conozco bien. Pero el poder suele controlar la forma de enseñar la Historia, siempre pasa.

Aquello de que la Historia la escriben los vencedores. ¿Es así?

Siempre. Pero no todo se pierde. Con el tiempo, la Historia se revisa, y lo que parecía muerto y enterrado resurge. No es tan fácil para los vencedores como parece. Hay causas que parecían perdidas que sobreviven y vencen a los vencedores.

Es marqués. ¿Qué hace un científico con un título aristocrático?

¡Si ha habido muy buenos aristócratas en la ciencia! Lo mío es muy marginal. Le estoy muy agradecido a don Juan Carlos, que me cae muy bien. El título no me hace sentir nada diferente, sólo me lo recuerda el escudito que a veces llevo en la solapa [el día de la entrevista también].

Algún ejemplo.

Mire el caso de John Haldane, un bioquímico como yo, que inventó la cámara hiperbárica y la máscara antigás, dos inventos que salvaron miles de vidas. ¿Y Eva Ekeblad? Una condesa sueca que además de tener siete hijos descubrió que se podía hacer alcohol y harina de la patata. Salvó miles de vidas con eso...

¿Le duele el premio Nóbel?

Siempre esperas, aunque no sea muchas veces muy lógico. Te queda eso.

Lleva 24 años al frente del Consell de Cultura (CVC). ¿Se plantea dejar paso?

El CVC creo que es muy necesario. Todo lo que se haga para que la cultura y la ciencia estén hermanadas será importante. Por eso creo que vale la pena que haya científicos. Creo que es más fácil que un científico entienda la cultura, porque al que no lo es, le cuesta más entender la ciencia.

lleva desde 1996 de presidente del Consell de Cultura. Sonríe levemente cuando se le menciona el dictamen para la creación de la Acadèmia Valenciana de la Llengua, quizá el momento más difícil, con furgones policiales en la puerta, tomatazos a los que salían. Y un señor que venía de EE UU en plena batalla de València. No le sorprendía demasiado, dice, porque sus padres continuaban aquí y venía con frecuencia. Hace tiempo de aquello. Tanto...

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