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Del caracol a la felicidad

Del caracol a la felicidad

Del caracol a la felicidad

Nadie salió indemne el domingo del recital de la soprano noruega Lise Davidsen (1987) en el Palau de les Arts, dentro del ciclo «Les Arts és Lied». La nueva estrella de la lírica deslumbró a todos con su torrente de voz de soprano lirico-spinto, pero más aún con la verdad de un canto y de un repertorio que ella desgranó fina en el detalle y poderosa en la expresión. También con su arte en plenitud y su voz fresca pero ya cargada de resonancias de leyendas como Nilsson, Varnay, su paisana Kirsten Flagstad o, más recientemente, Behrens y Marton. De todo ello ya dio cuenta Levante-EMV en la crónica publicada de su debut en el Festival de Bayreuth, en agosto de 2019, en el papel de Elisabeth, de ‘Tannhäuser’. «Su Elisabeth», refirió entonces Levante-EMV, «fue un cúmulo de maravillas canoras, expresivas y dramáticas. Disfruta de una caudalosa y perfectamente impostada voz, con agudos que proyecta con precisa afinación, delicadeza y homogeneidad».

Año y medio después de aquel deslumbrante debut, la Davidsen ha recalado en València convertida en una estrella anhelada por los mejores teatros líricos. Su voz conserva todas aquellas calidades, que han crecido incluso aún más. También su personalidad, aunque quizá aún bisoña para el arte íntimo y profundo del Lied, que requiere una contención y administración de los generosos medios y registros vocales a un tiempo más sofisticadas y simples.

Grandes cantantes de ópera han fracasado en el universo recóndito de la canción de concierto y viceversa. Con todo, Lise Davidsen rebosó en la grata acústica de la Sala Principal del Palau de les Arts cualidades, emoción y, por supuesto, un canto siempre de primera factura.

Llegó con un programa comprometido y cargado de enjundia artística y vocal. ‘Lieder’ de Brahms, Schumann, su paisano Grieg y, como colofón, Strauss. La técnica, la seguridad, el aplomo escénico, la convicción que transmiten sus cinceladas interpretaciones, la fidelidad al texto y a su sentido narrativo, sílaba a sílaba, nota a nota, figuraron en el haber. Haber que ganará enteros cuando asuma la madurada singularidad del arte del ‘Lied’, que hoy chirría con detalles como recurrir a un micrófono amplificado para contar mil y una batallitas, algo que es un verdadero anticlímax para la temperatura sonora y anímica del ‘Lied’.

Explicar e intercalar, en plan función didáctica y micrófono en mano, que «si estoy muy contenta por mi primera actuación después del confinamiento, que si es la primera vez que canto estas canciones, que si la reina estaba triste por dejar atrás su querida Francia, que qué ilusión me hace estar en Valencia» es descender el mundo del ‘Lied’ al día a día. En un recital de ‘Lied’ importa e interesa únicamente música y poema. Sobran palabras, amplificaciones y explicaciones.

El recital se inició con un Brahms demasiado voluptuoso y ensanchado, como servido en un plato excesivamente grande para degustar sus recónditos detalles. Un esfuerzo mayor en ajustar y contener la voz en canciones como el delicado ‘Mädchenlied’ y el introspectivo ‘Von ewiger Liebe’ que cerró la serie brahmsiana, en lugar de llevarlas a su propia vocalidad, hubiera aportado mayor variedad y riqueza expresiva. No ocurrió así en los ‘Cinco poemas de la Reina María Estuardo’, donde el apasionado sentido poético de Schumann supo encontrar su espacio alineado con los conmovidos versos de la decapitada monarca escocesa.

Curiosamente, el único momento en el que Lise Davidsen recurrió a la partitura fue en los ‘Cinco poemas opus 69’ de su paisano Edvard Grieg, que cantó con un sentido narrativo y dramático absolutamente excepcional. Emocionó con la música cargada de aromas populares y bucólicos de Grieg, desde la pequeña hermosa historia del caracol al primaveral paisaje de las flores que abren su mirada al sol. Fue el preámbulo de los siete maravillosos ‘Lieder’ de Strauss que cerraron el programa, en los que la voz encontró su mejor y más grandioso espacio expresivo, siempre con la colaboración atenta y perfecta del piano del sudafricano James Baillieu.

Uno a uno, desde ‘Zueignung’ y ‘Allerseelen’ a la explosión final de ‘Befreit’ y ‘Cäcilie’, Lise Davidsen, desde los más perfilados susurros hasta la explosión de «¡Felicidad!» que también atesoran y cantan los textos de los breves poemas musicados por Strauss, Lise Davidsen mostró y demostró ser una de las grandes cantantes del siglo XXI. Quizá, pronto, la más grande soprano dramática del siglo XXI. Brunilda e Isolda la esperan. Como no podía ser de otra forma, éxito total, correspondido con la pertinente retahíla de propinas. Su bisoñez en el dominio del recital hizo que éste no concluyera con el infinito pianísimo final de Morgen. Mañana, quizá pasado mañana…

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