12 de junio de 2018
12.06.2018

Alivio

12.06.2018 | 04:15
Alivio

El día en que los napolitanos coman hamburguesas, el capitalismo mundial habrá ganado la partida. Eso me decía días atrás, paseando por el decumanus de la ciudad del Vesubio, donde estaba invitado a discutir mi librito Populismo, que se acaba de traducir al italiano. Mientras contemplaba la armoniosa tumba de Giovanni Pontano, el consejero de Alfonso el Magnánimo, en medio del bullicio de los turistas, no dejaba de asombrarme de esta ciudad imposible, que mira con ironía todas las novedades de la modernidad. Para ella es como si fueran anécdotas prescindibles. Todas, menos la Vespa. El diálogo de Nápoles no se teje con las cosas pasajeras, sino con las dimensiones telúricas de la existencia: las grutas de sus colinas, de oráculos milenarios, el lejano perfil de Capri, el alto faro de los conos de su volcán y, más al fondo, los mares de lava y los abismos de fumarolas.

Nápoles no se deja impresionar por nada, desde luego. Ahora los turistas vienen a miles en los cruceros, pero los negocios los miran con desdén, como contempla el águila real al desnortado gorrión. Los napolitanos han comprendido que el turismo es una de las manifestaciones del masoquismo y por eso no se lo ponen fácil a los extranjeros. Así, les obligan a sentarse sin muchas comodidades al lado de las pescaderías locales, en cuchitriles elementales, donde se arremolinan sedientos de variedades antropológicas; o les exigen que hagan colas en las pizzerías ancestrales cuya prueba de honor es no haber cambiado en los últimos mil años. Si las ciudades del Mediterráneo europeo son una transición entre la ciudad oriental y la occidental, entonces Nápoles está en el centro del camino. Cuando paseas por sus calles de piedra negra no dejas de pensar en Roma. Pero si levantas el pavimento, oyes hablar griego.

Discutimos sobre mi libro en un centro cultural especial. Era una antigua caserna y posterior psiquiátrico que durante un tiempo fue ocupado por un colectivo de jóvenes para acoger refugiados, asesorarlos legalmente, atenderlos médicamente y enseñarles italiano y lo que venga bien. El actual alcalde, con inclinaciones populistas, ha legalizado la ocupación y le ha dado el estatuto de asociación cultural. Ahora, esa asociación, extendida por toda Italia, intenta convertirse en un partido. Su inspiración es completamente gramsciana y su nombre es muy significativo: Potere al popolo. Los debates, como se puede suponer, pronto se encaminaron hacia el presente. Y debo decir que había en el ambiente un tono de admiración hacia España. En cinco días habíamos sido capaces de deshacernos de Rajoy. Ellos llevan 30 años intentando deshacerse de los herederos de Berlinguer. Después de mil metamorfosis, todavía no lo han conseguido.

Incluso en una ciudad tan reverencial con lo antiguo, esta capacidad de actuar de los partidos españoles se reconoce y se aprecia. Allí todo es inquietud. Todo el mundo ve que para ser competitivo en el tablero italiano se tienen que integrar elementos populistas en el discurso político. Ahora se comprende que este es un expediente directo para un cambio de élites que no tiene parangón en los últimos 70 años, cuando la emergencia del comunismo llevó a elementos obreros a una gobernanza invisible de Italia. De ese cambio de élites nadie sabe lo que resultará. Lo que se ve por doquier es que nadie del Partido Democrático, con las armas antiguas de la conjura y la conspiración, estará en condiciones de disputar la victoria a los líderes de la Liga o de Cinco Estrellas. De ahí la inclinación de explorar un populismo de izquierdas, inspirado en Gramsci. Muchos de los profesores con los que he hablado acababan sus comentarios de este modo. «¿Y finalmente, no era Berlinguer un gran populista?».

Se requiere saber mucho de la situación italiana para decir algo razonable. Sin embargo, se deja sentir el malestar claro con Alemania. Italia necesita una moneda débil para exportar y el euro es fuerte. Al perder la capacidad de devaluar –la lira era una moneda en permanente devaluación– la capacidad exportadora de Italia se resiente. Pero tal como están las cosas, un regreso a la lira requeriría definir una paridad tan baja que podría poner en venta media Italia a favor de los países del euro, incluida España. Así que la moneda única no tiene marcha atrás y por eso el malestar italiano no tiene remedio. De ahí que busque compensaciones en política exterior y por eso le meten el dedo en el ojo a Merkel, alineándose con Trump –ese hiperberlusconi– con Hungría y con Polonia. Este intento de dejar sola a Alemania en la escena internacional es una mala política europea, desde luego.

En estas circunstancias, el claro alineamiento europeísta del Gobierno de Pedro Sánchez es oportuno, pero todavía lo sería más si utilizara su clara apuesta constructiva para equilibrar las políticas europeas hacia un sentido que también los italianos pudieran apoyar. Aquí, la debilidad internacional en la que nos ha dejado el Gobierno Rajoy apenas permite margen de maniobra. Europa ha sido el mejor muro de contención del problema catalán y mantener ese muro levantado es la misión de Borrell. Eso funcionará porque la apuesta del Gobierno por la estabilidad general en política interior implica europeísmo en política exterior.

Mientras tanto, Sánchez ya ha conseguido algo y es una sensación que también envidian los italianos. Se llama alivio, y mucha gente lo echaba de menos. Tanto, que quien rompa esta apariencia de calma se enfrentará al deseo de la mayoría y se expondrá a ser abandonado. Esta es la gran ventaja de Sánchez. Ha cambiado el estilo de juego. Quien regrese al modo bronco y alarmista, perderá. Y desde luego, quien aparezca ante los españoles como culpable de anticipar las elecciones y de regresar al tono crispado, será castigado. El beneficio que la ciudadanía está dispuesta a entregar a Sánchez, como premio de su arrojo, es tener la llave de las elecciones en su mano. Nadie podrá impedirlo sin ser castigado. Esa prima es la suya.

Ese es el contenido del actual sentido común y lo que eleva la operación de Sánchez a política de Estado. Por eso el Gabinete que ha formado Sánchez tiene una aspiración muy clara: hacerse con todos los votos posibles de Ciudadanos. En realidad, le ha mostrado a los votantes de Cs el Gobierno que ellos deseaban poder tener: moderno, desenfadado, feminista, mediático. Es más: al ofrecer estabilidad, Sánchez le promete a los votantes del PP la seguridad de que no habrá aventuras. Así que la voluntad que preside la lógica de este Gobierno es arremolinar en el PSOE cuantos votos de centro y de centro derecha anden flotando. Son los votantes que premian la continuidad del poder como garantía de tranquilidad. Ahí se concitarán los fieles al actual sentido del Estado.

Qué hacer más allá de producir normalidad, eso ya no forja sentido común. Por supuesto, todo dependerá de hasta dónde quieran destensar la situación los hombres de la vieja Convergència. Y eso dependerá a su vez del trabajo del PNV para recomponer la unidad de acción con ellos. Ahí un paso en falso puede disociar el voto. Que Sánchez haya diseñado la operación de la moción de censura con un coach de la élite del PP da una pista de hacia dónde presionará Moncloa: hacia el autonomismo recompuesto. Por supuesto, todo va a tener un aire profesional que contrasta con el amateurismo del PP, que necesitaba la corrupción para ganar elecciones; y con las prisas de Rivera, que siempre comete el error de no medir el tiempo. De todo esto se deduce que Sánchez no busca votos del caladero de Podemos. La previsión ahí quizá resida en que el desencanto someta a los votantes de izquierdas a un desgaste lento y a su líder a una vociferante oposición. Así que también es el momento de comprobar la madurez de Podemos.

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