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"¿El rosa es de niñas...? Pues mañana todos de rosa"

En una clase de P5 tuvieron un problemilla con el supuesto género de los colores. La profe lo solventó con realismo, y constatando que el prejuicio no nace, se hace

"¿El rosa es de niñas...? Pues mañana todos de rosa"

"¿El rosa es de niñas...? Pues mañana todos de rosa"

No llevan mascarilla porque todavía no han cumplido 6 años. La diferencia respecto a los mayores del cole es una bendición: pueden verse las caras, para lo bueno, pero también para lo malo; se intuyen la emoción, la alegría, la tristeza. En esta ocasión, lo que percibieron fue la rabia de un niño de la clase al que decidieron molestar regalándole dibujos. Debería ser una cosa buena, pero resulta que eran de color rosa y en su mente blanda, más que un obsequio eran un insulto. Y efectivamente, los amiguitos lo usaban para molestarle. Porque el rosa es para niñas, ¿verdad...?

Estamos en una escuela de Barcelona, en un centro público que tiempo atrás fue adalid de la educación segregada, por su situación geográfica, por el boca a oreja, por el maldito sambenito. Le están dando la vuelta, aunque no es fácil, ni algo que se consiga de un año para el otro. Mònica es la 'señu' de la clase de los dibujos arrojadizos. Supo de la polémica, porque las profes se enteran de todo aunque no lo parezca. Cuando vio que la cosa se desmadraba, montó una 'rotllana' para abordar el problema. El origen estaba en un niño, al que llamaremos Robert, que para más inri es uno de los líderes de la clase. Por si han perdido contacto con el mundo infantil y juvenil, a los más 'guais' se les llama 'popus'. Él fue quien inició la cruzada contra su compañero, al que bautizaremos como Andreu. Otros le siguieron, y la cosa acabó explotando. Al ver que el diálogo no daba mucho de sí y que no salían del argumento de vincular el rosa con las niñas, Mònica tuvo una idea. "El jueves vendréis todos con alguna prenda de color rosa".

Llegó el día y la escuela tuvo a bien permitir que este diario visitara la clase. Antes de la actividad, Mònica mandó un correo electrónico a las familias para que estuvieran al corriente. Les explicaba que en las últimas semanas habían tenido "algunos conflictos en clase con el color rosa". Les decía que algunos niños lo usaban "como burla". Pero lo más importante, y obvio aunque quizás no tanto, les recordó que los colores "no tienen género". El mensaje era de hecho una clara apelación a los padres, porque tras una charla de unos 45 minutos con los niños, quedó claro aquello de que somos un reflejo de lo que aprendemos en casa. Es decir: el rechazo al rosa, o lo que es lo mismo, los prejuicios, no nacen, se hacen. Si a Robert le repugna este color es, en gran medida, porque así se lo han enseñado.

Sin filtro

Casi todos han cumplido con el mandato. Un vestido, una camiseta, una diadema, un pantalón, las uñas. También Mònica va de rosa de arriba abajo. La charla es la que cabría esperar en niños de tan pronta edad, que no son muy profundos pero sí tienen algo que con los años se va desgastando: una sinceridad aplastante. Que si te ven gordo te llaman gordo y si escaseas cabello te llaman calvo. No filtran, vamos. "No me gusta el rosa porque es de niñas", asiente Robert, con la cabeza algo levantada y sin apenas mover los labios; con un punto desafiante. Es más alto que la media, y se nota que mueve el cotarro. Las niñas, en cambio, están encantadas. Una de ellas, nacida en Senegal, lleva una especie de tutú precioso y no para de moverlo de izquierda a derecha. Sus amigas la miran con un punto de envidia. Otra muestra las uñas que se ha pintado antes de llegar al cole. Imperfectas, estupendas. "Mira, lo he hecho yo", celebra.

Mònica les insiste en que los colores no huelen, no hacen daño, no molestan. Les dice que un color puede repugnarte, pero no porque sea de niño o de niña, sino simplemente porque no te gusta. El cielo es azul; ¿el cielo es un niño? Los tocinos son rosas; ¿todos los cerdos son niñas? Hace unos días se fueron de excursión a una granja y llevaban colgando del cuello una medalla cuya cinta era de color rosa. ¿Era una excursión solo para niñas? ¿El rosa huele mal? ¿Es un color incómodo de llevar? ¿Duele ir de rosa? Y así, con explicaciones que pudieran entender, el mensaje de que los colores no tienen género pero sí muchas tonterías fue calando poco a poco. A la profe le habría gustado profundizar un poco más e ir alternando colores en días venideros. Pero la polémica ha saltado a final de curso y no le ha dado tiempo. También se valoró exportar la actividad a otras clases, pero no tenían detectado conflicto alguno con el rosa y no era plan de crear un problema donde no lo había.

Decisiones propias

Assumpta es la secretaria de la escuela. Explica que prejuicios como este "no se arreglan solo con una actividad", pero ponerlo sobre la mesa, dice, rompe un tabú o un tópico que quizás sí está presente en casa o en otros ambientes sin que nadie los discuta o los ponga en entredicho. "Se trata de que los niños, con su experiencia y sus vivencias, vayan tomando sus propias decisiones". Pero también de que en la escuela puedan confrontar distintas realidades, salir de presuntas zonas de confort. En el patio, por ejemplo, el deporte estaba reservado a los niños mientras las niñas se dedicaban a menesteres más estáticos. Eso pasó a la historia, porque el deporte cada vez tiene menos género, y porque los espacios de recreo han trascendido al rectángulo de toda la vida con dos porterías y poco más.

Termina la charla, no sin alguna que otra inesperada melé, y Mònica plantea zanjar la polémica con una lluvia de dibujos rosas. Se puede pintar lo que sea y regalarlo a un amigo, pero se tiene que usar solo el color rosa. Robert dice que no quiere porque a él no le gusta el rosa. Insiste. ¿Ha servido de algo la conversación? Cuando la profe le aclara que el dibujo no es para él, entonces asiente, se levanta y se va a su mesa. Es el primero en terminar. Es lo que tienen los 'popus'.

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