19 de enero de 2018
19.01.2018
Rutas

Penyagolosa: Un espectáculo de incontestable magnificencia

"Es la montaña valenciana por excelencia. Hay alguna más alta o más impresionante, pero aquí se ha impuesto algo más que el mito de la altura (1813 metros)", destaca el profesor Joan F. Mateu

19.01.2018 | 13:31
Penyagolosa: Un espectáculo de incontestable magnificencia

Penyagolosa es la montaña valenciana por excelencia. Hay alguna más alta o más impresionante, pero aquí se ha impuesto algo más que el mito de la altura (1813 m). "En esta tierra --escribió Viciana en 1564 - ay mucha diversidad de yerbas medicinales, por donde es bien conocida y frequentada por los expertos erbolarios". Tierra de pinares y buenos pastos, de apreciadas fuentes y laboriosas masías, de leyendas y devociones - "en las vertientes del pico€ ay un hermitorio de la invocación de Sant Juan, en la que muchas gentes de los pueblos comarcanos hazen devotas procesiones y estaciones" (Viciana). Penyagolosa -"un espectáculo de incontestable magnificencia" (Fuster) - "paga con usura las fatigas de subir al pico" (Cavanilles).

Pero Penyagolosa no es una montaña aislada, sino un macizo de límites difusos, excepto en sus abruptos cantiles meridionales, reconocibles desde lejanos lugares, incluso desde mar adentro. Entre los marineros este evocador orónimo - motivo de sugerentes interpretaciones filológicas de Coromines, V. Pitarch y otros - es sustituido por el de Ungla, en atención a la semejanza de su perfil con una gran uña. Con razón, E. Roncero entiende que el "país de Penyagolosa es el territorio protegido por la sombra y la silueta de la cima".

Un nodo ecológico

La colosal mole de Penyagolosa -que "descansa sobre altos montes" (Cavanilles) - forma parte de un laxo sinclinal arrasado, dislocado y sobreelevado hacia el sureste. Su disposición estructural es asimilable a una cuesta de laderas disimétricas: "escarpes y precipicios casi verticales" (al SE) y "cuestas suaves y algunas quebradas" (al norte). Las abruptas vertientes meridionales, muy soleadas, áridas y rocosas, culminan en un imponente cantil de calizas grises masivas, margocalizas y calizas arenosas ferruginosas, donde dominan especies rupícolas. Las vertientes de umbría, más suaves, excepto en la parte culminante, están cubiertas de vegetación densa y frondosa, de carácter submediterráneo. Las cabeceras de los barrancos y las hondonadas albergan masas boscosas húmedas y prados. En el valle que se abre al pie, entre los barrancos de la Pegunta y de la Teixera, se halla la ermita de Sant Joan; al lado opuesto, siguen la Bertrana y otras sierras en dirección a Aragón. Esta oposición de laderas- meridional-septentrional, solana-umbría, abrupta-tendida, áspera-grasa, árida-frondosa - es el soporte de la diversidad ambiental de este destacado nodo ecológico.

El sustrato litológico está formado por rocas calizas compactas y permeables, con intercalaciones silíceas más impermeables de areniscas y arenas rojas. La accidentada orografía (solana-umbría) y la alternancia de roquedos favorecen la diversidad edáfica y botánica. En los suelos evolucionados sobre calizas, se desarrollan comunidades vegetales de tipo submediterráneo o mediterráneo. Por el contrario, si están poco desarrollados, resultan medios áridos y permeables que acogen especies muy xerófilas. Por su parte, sobre sustratos silíceos, los suelos ácidos - arenosos y poco estructurados - son colonizados por especies silicícolas o acidófilas; allí se hallan gran número de especies eurosiberianas y algunas de carácter boreal o atlántico.

El núcleo del macizo de Penyagolosa registra un clima de montaña media mediterránea, de largo y riguroso invierno y verano cálido y luminoso. La temperatura media anual en el observatorio meteorológico de Sant Joan se sitúa en 9o C (media del verano, 17´3 y del invierno, 2o C). Las precipitaciones (unos 800 mm) repartidas a lo largo del año y las abundantes tormentas convectivas estivales atenúan, e incluso eliminan, la sequía estival mediterránea. Nieva con frecuencia de noviembre a abril. Todo ello facilita la pervivencia de especies vegetales propias de tierras más septentrionales.

Como estableció Vigó, Penyagolosa es una estación de primer orden para la vegetación, un nudo topográfico donde confluyen las montañas ibéricas y catalanas, un enclave de transición abierto a influencias florísticas continentales, centroeuropeas, mediterráneas e, incluso, atlánticas. En cierto sentido, es un gran conjunto rico en especies con una gran variedad de distribución. De hecho, son más de un millar las especies catalogadas en todo el macizo de Penyagolosa, un valor subrayado, entre otros, por Cavanilles, Pau, Font Quer, Calduch, Costa, etc. En Penyagolosa, "la presencia del bosque es intensa y define el paisaje como en ningún otro entorno valenciano", ha escrito E. Roncero.

En una secuencia ascendente, se halla, por debajo de los 1000 m s.n.m., una vegetación mesomediterránea formada por los carrascales (Quercetum rotundifoliae) y otras numerosas especies. Entre los 1000 y 1500 m se sitúa el piso supramediterráneo. Aquí, sobre sustratos calcáreos, se desarrollan los quejigales (Quercus faginae ssp. faginae), pinares de pino laricio (Pinus nigra) y pino albar (Pinus sylvestris). En los barrancos de ombroclima más húmedo aparece el pino albar, junto con arces (Acer opalus ssp. granatense), acebos (Ilex aquifolium), tejos (Taxus baccata), etc. Sobre terrenos silíceos crece el pino rodeno (Pinus pinaster) y de forma aislada el rebollo (Quercus pyrenaica). En los medios más fríos, aparecen enebros (Juniperus communis) acompañados de sabina albar (Juniperus thurifera). Finalmente en alturas que rondan o superan los 1500 m aparece vegetación del piso oromediterráneo, con la asociación de pino albar y sabina rastrera (Juniperus sabina) acompañadas de enebro y las formaciones de matorral-pradera que contactan con los erizones y las salvias. En la cima de Penyagolosa, se encuentra una bella comunidad endémica (entre los 1600-1800 m), aunque en ciertas umbrías baja hasta los 1400 m, cuya originalidad procede del geranio de Cavanilles (Erodium celtibericum).

Habitar Penyagolosa

Los pueblos de Penyagolosa (Vistabella, Villahermosa, Xodos, etc.) fueron centro de relación y mercado, pero, ya desde la conquista cristiana, el poblamiento disperso en masías ha sido la otra forma de habitar estas tierras altas. Esta última modalidad conoció un ciclo especialmente expansivo desde avanzado el siglo XVIII hasta entrado el siglo XX, cuando se inició la emigración que ha cerrado muchas masías, con el abandono de unas peculiares explotaciones agropecuarias y forestales. Las masías son los hitos más relevantes dentro de la extraordinaria variedad del paisaje vegetal y litológico de Penyagolosa.


Fueron especialmente los habitantes de las masías quienes dieron forma al paisaje rural de Penyagolosa, a la alternancia de mosaicos de tierras de cultivo, con parcelas remanentes de bosque, y los caminos y espacios de habitación, esto es, a una arquitectura territorial que plasma el largo proceso de transformación colectiva de la naturaleza. La tarea no fue fácil, porque Penyagolosa sabe de largos inviernos, heladas tardías, nevadas tempranas, de suelo escaso y mucho roquedo. "Generaciones de masoveros se han fundido con el paisaje, dándole forma y sentido" (E. Roncero). Porque en estas tierras altas, el óptimo de la ocupación humana ha sido la masía (las hay ricas y pobres, medievales y del siglo XIX, de vocación ganadera y de colonización agraria). Pero una masía también son los corrales, las cuadras, la era y, sobre todo, la tierra de cultivo y la pieza de monte, la fuente, la balsa y el pequeño huerto. La masía era una unidad productiva donde se explotaba todo el potencial de los diversos nichos ecológicos de la finca. También las había cuyas tierras estaban algo más diseminadas. En algún momento, masovero también ha sido sinónimo de aparcero.

La casa albergaba la vida doméstica. No abundaban ni ventanas ni salas amplias; la cocina era el lugar de reunión, hogar y comedor. Pero la mayor parte de la vida rural se realizaba fuera, trabajando la tierra, apacentando el rebaño, haciendo faenas en el bosque. El calendario marcaba las labores estacionales. Nunca se acababa el trabajo en el campo ni en el monte. En la masía también vivían animales domésticos; las más pudientes tenían pastor, más cabezas de ganado y los mayores corrales. También había ganados trashumantes. En tiempo del esplendor del comercio de la lana, entre los siglos XIV y XVII, se definió la trama del paisaje rural de Penyagolosa, que aún puede reconocerse desde las fachadas de algunas iglesias y ermitas hasta los azagadores que recorren todo el territorio y los comunales y bobalares.

El oficio de masovero se fundaba en un saber acumulativo transmitido por generaciones que habían habitado y usado las tierras de Penyagolosa. Como dice E. Roncero, apacentar el ganado ha sido durante generaciones la escuela de vida masovera para los niños. Pronto aprendían y vivían la diversidad de la finca, el ciclo vegetativo de las plantas, los pasos hacia los pastos comunales o los abrevaderos, la toponimia mayor y menor, el universo de los animales, las señales del tiempo atmosférico, etc. El saber masovero implicaba una cosmovisión del país de Penyagolosa, un saber que ha guiado la transformación colectiva de la naturaleza y que tantas marcas ha dejado en el paisaje y en sus elementos tangibles y en sus lugares simbólicos. Pero además de tierras y animales, también había manufacturas pequeñas y discretas, pero básicas en la economía rural. Se trabajaba la lana, se producía queso; había molinos y batanes que, en parte, se transformaron en fábricas de electricidad. Cerca del bosque hubo serrerías. Había hornos de cal, viejas tejerías, etc. El aprovechamiento del monte era otra actividad en el país de Penyagolosa. El carboneo fue una práctica habitual que alteró la fisonomía de extensos parajes hasta los años cincuenta del siglo XX. La caza era una actividad tradicional de la masía, rito iniciático para los jóvenes, ocupación de días del invierno y complemento proteínico de la dieta. Penyagolosa disponía de buenos árboles para la construcción de casas.

Los caminos son las arterias de la vida de Penyagolosa. Hay azagadores reales, caminos de herradura y pasos de ganado, nuevas pistas forestales y caminos viejos, caminos de nevateros y modernas carreteras, sendas de acceso al pozo, la fuente o la masía. También hay rutas y senderos señalizados. Algunos caminos medievales se han perdido o han sido desnaturalizados por la superposición de otros. Se han abierto muchas pistas forestales. Las tierras de Penyagolosa conservan un valioso patrimonio viario con clarificadoras denominaciones toponímicas.

La ermita de Sant Joan ha sido y es un importante centro de peregrinación. En primavera, desde nueve pueblos (Atzeneta, Ludiente, Castillo de Vilafamalefa, Villahermosa, Les Useres, Puertomingalvo, Vistabella, Xodos y Culla) acudían con sus ritos a la ermita, cada uno en el día fijado por la costumbre. Hacían largas caminatas a través de antiguos caminos, algunos de gran significado cultural y paisajístico. En la ermita eran acogidos y despedidos con llamativas ceremonias. Los peregrinos de los cuatro primeros pueblos ya no acuden a Sant Joan de Penyagolosa; dejaron de hacerlo en las décadas del gran colapso rural de la montaña. Los cinco restantes --en ese orden y en su día-- siguen llegando a Sant Joan en representación de sus respectivos pueblos. Todos piden salud, paz y lluvia. Destaca la de Useres que mantiene todo el ritual de la antigua consueta con sus sonoros cantos, sobrias comidas y rezos continuos.

A fines de agosto se celebraba y se sigue celebrando la fiesta propia de la ermita. Según testimonio de C. Alegre (1883), "ya desde la víspera se ven concurrir gentes de los pueblos del entorno, del Maestrazgo y de Aragón, y desde mitad de la tarde parecen aquellos contornos un inmenso campamento. La noche se pasa al aire libre, siempre alegre y regocijado, entregado todo el mundo al baile y cantatas: a la mañana siguiente se refuerza el número de romeros, y por la tarde, después de rendir cada cual el tributo de su devoción a San Juan, abandonan otra vez aquellos sitios, que quedan solitarios hasta el siguiente año". Los tiempos han cambiado; la celebración anual se mantiene.

Algo más que el mito de la altura

El barómetro acompañó a los pioneros Saussure, Ramond y Humboldt en sus respectivos ascensos al Mont Blanc, Mont-Perdu y Chimborazo. Durante las décadas siguientes, la medición de la altura de las cimas formó parte de las campañas de descubrimiento científico de la montaña. En este sentido, el 23 de junio de 1854 los geólogos Verneuil, Collomb y Lolière - guiados por Luís Miralles, farmacéutico de Llucena -, con la ayuda del barómetro fijaron la altura de Penyagolosa - "que tiene la forma de un diente inaccesible y está tallado a pico por el sur"-- en 1809/1810 m (esto es, 463 menos que los indicados hasta entonces por el Berghaus). Esta cota convertía Penyagolosa en la "cima más alta del reino de Valencia", en palabras del también geólogo Vilanova y Piera en su ascensión del 16 de julio de 1857. A partir de entonces, esta primacía altimétrica le otorgó gran resonancia. En efecto, la montaña - un referente central del romanticismo europeo - adquirió un gran significado para los poetas de la primera Renaixença. En ellos la montaña, más insinuada que conocida y visitada, adquirió dimensiones metafísicas por oposición a la llanura y la ciudad. La montaña remitía a un mundo ideal, simbólico y trascendente. En Patria, Fides, Amor (1872) de V. Querol y en Les glòries de València (1887) y otras poesías de T. Llorente, Penyagolosa y Montgó se incorporan a los polos simbólicos del antiguo reino de Valencia.

Muy avanzada la segunda mitad del siglo XIX, entre las gentes acomodadas de las ciudades valencianas se popularizó, el valor terapéutico de los aires de montaña. En este contexto, cabe interpretar que C. Alegre, catedrático del Instituto provincial de Castelló, pasara sus vacaciones de 1883 en la hospedería de Sant Joan de Penyagolosa. Por su parte, dentro de la activa campaña de difusión de los beneficios de la rusticación, el médico Cervera Barat publicó en El Mercantil Valenciano (1 de septiembre de 1901) una crónica de su ascenso a la cima de Penyagolosa con sus impresiones y sus observaciones altimétricas, geológicas y botánicas.

En este momento de difusión de los valores de la montaña protectora y salutífera, surgieron algunas estaciones estivales, entre las cuales se hallaba Llucena, al pie de la vertiente oriental de Penyagolosa, que tenía cierto aire "suizo" y "alpino". Durante los meses estivales allí acudía gente bienestante de la Plana con tiempo libre para disfrutar de sus entornos pintorescos e incluso, para los más atrevidos, de algún ascenso a Penyagolosa. Así en el verano de 1906 coincidieron en Llucena el catedrático del Instituto provincial de Castelló, Fernando Martínez Checa, discípulo de Haes y de Muñoz Degrain, y Carlos Sarthou Carreres, joven abogado de Vila-real aficionado al excursionismo y la fotografía. El 24 de agosto, ambos - con guías y caballerías locales - marcharon a Penyagolosa, según crónica remitida al Heraldo de Castellón. En el ascenso hicieron varias paradas para tomar algunos bocetos (Martínez Checa) y para imprimir placas fotográficas (Sarthou). Martínez Checa narró las emociones hasta alcanzar la cima y otros detalles de la jornada que concluyó en la hospedería de la ermita. Al día siguiente, subieron de nuevo a la cima para contemplar la salida del sol y, ya de regreso, realizaron nuevas paradas, "siempre admirando, sacando fotografías y tomando notas de color". Por su parte, Carlos Sarthou Carreres, en Impresiones de mi tierra (1910), también publicó sus experiencias de Penyagolosa, acompañadas de una espléndida selección de sus fotografías y dos bocetos de Vicente Castell con detalles del patio de la ermita. El proceso de mitificación de Penyagolosa ya era imparable.

Años después, en 1917, un anónimo "doctor Monte y Llano" propone crear una "peña excursionista de Castellón", iniciativa a la que se adhiere C. Sarthou (representante provincial del Centre Excursionista de Catalunya y del Club Alpino de Madrid). El anónimo impulsor proponía Penyagolosa como primera salida y explicaba los posibles itinerarios (y horarios de los medios de transporte). En 1917 una excursión a Penyagolosa desde la Plana duraba cuatro jornadas. El promotor pretendía el ascenso "a la montaña en busca de su influencia bienhechora". Sin embargo, tal entidad excursionista no se concretó por entonces.

En 1920, se inauguraba la nueva carretera de acceso a Vistabella desde Atzeneta. A partir de entonces, Penyagolosa estaba más cerca de la Plana. Desde entonces esta vía se ha convertido en preferente, en detrimento de otras. En los años anteriores a la Guerra Civil, la prensa de Castellón y Valencia registra excursiones colectivas en autobús hasta Vistabella. La nueva accesibilidad aproximó las ciudades (y los nacientes centros excursionistas) a la que se seguía considerando la montaña valenciana más alta.

Tras la guerra civil y la primera postguerra, el movimiento excursionista fue recuperando lentamente su actividad y, entre sus destinos, pronto Penyagolosa se convirtió en lugar de acampadas, colonias de verano y meta de subidas a pie desde la Plana. Estas actividades fueron ocasión de nuevos versos (Andrés Estellés, Miquel Peris, etc.). También se han musicado estrofas que evocan su ingente corpulencia rocosa.

Un hito científico


Penyagolosa también ha concitado la atención de numerosos naturalistas que la han convertido en área de estudio y en gabinete de la naturaleza. Con sus trabajos han ido otorgando valores científicos a este nodo ecológico. No es posible un repaso exhaustivo; sólo se cita algún autor.

En vísperas del eclipse de 1860, Verneuil aconsejó a las delegaciones de astrónomos europeos que pensaban desplazarse a España cuatro posibles lugares que, a su juicio, eran los mejores, teniendo en cuenta la climatología y la accesibilidad. Como tercera estación proponía la cima de Penyagolosa, "bella montaña aislada de 1810 m de altitud, situada sobre la línea central (del eclipse), y a la que ascendí el 17 de julio de 1852 y el 23 de julio de 1854. También la ví en 1853, pero sin poder aproximarme y, como el año precedente estaba perfectamente despejada". Después explicaba el mejor camino para llegar desde Valencia a Llucena y el ascenso.

En 1891, el botánico Carlos Pau y el recolector francés Elisée Reverchon herborizaron en Penyagolosa. Carlos Pau dejó constancia escrita de esta expedición. Gracias a esta herborización hay varias referencias a Penyagolosa en el Prodomus de Willkomm y Lange. Posteriormente otros ilustres botánicos (Font Quer, A. y O. de Bolòs, etc.) recorrieron el macizo, un área especialmente conocida por el gran farmacéutico M. Calduch. Entre 1961 y 1963, Josep Vigó i Bonada - con motivo de su tesis doctoral - exploró metódicamente la vegetación del macizo de Penyagolosa, desde Xodos hasta las vertientes que descienden a Villahermosa y las que se prolongan a Puertomingalvo, así como el pla de Vistabella y sus entornos.

Gigante de piedra

Penyagolosa es territorio y lugar vivido, montaña tangible y sentimiento colectivo, ecosistema e imagen, recurso local y patrimonio cívico. Simultáneamente es naturaleza, historia, cultura y símbolo, esto es, un paisaje fundado en una eminente montaña mediterránea donde convergen numerosas miradas culturales entrelazadas en el tiempo, y muchos cantos poéticos, como éste de Amadeu Pitarch premiado en los Juegos Florales de Valencia de 1944.

Com una ma gegant al Cel estesa
en dolç acatament,
Penyagolosa aixeca sa grandesa
baix del blau firmament.
Té les arrels en les asprives terres
del gloriós Maestrat,
i, per damunt les crestes de llurs serres,
son cim és enlairat.

El montañero halla aquí "aquello que buscaba, un ideal que no se ciñe al hecho material de vencer a un gigante, sino que anhela demostrar el temple del propio espíritu€ con desapego por las comedidas vulgares y la fijación de la mirada sobre horizontes de superación ilimitada, acaso inalcanzables, pero que iluminan anticipadamente la futura historia humana€" (J. Soler Carnicer, 1963)

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