¡Danzad, pobres «niños bailarines»!

La pederastia: la lacra oculta de la sociedad afgana. A los horrores de las guerras interminables, la pobreza y el analfabetismo, Afganistán une una terrible «costumbre» ancestral: la violación de menores por parte de los «señores de la guerra» y los poderosos. Visten a los niños de entre 9 y 16 años con ropa de mujer, los maquillan y les hacen bailar para ellos, convirtiéndolos en sus amantes

 18:10  

CARLES MULAS
VALENCIA
Los niños de Afganistán, que suponen casi la mitad de los 21 millones de habitantes del país, han estado expuestos a los horrores de la guerra y sus consecuencias durante los últimos treinta años. Los menores son las principales víctimas del hambre, las enfermedades, el analfabetismo, los trabajos forzados, el reclutamiento como niños soldados y, como forma de explotación menos conocida en Occidente, el ejercicio de la prostitución a la fuerza.

El conflicto armado que vive el país desde finales de noviembre de 2001, tras la declaración de guerra del presidente estadounidense George W. Bush contra el régimen de los talibanes de Kabul, tras los atentados del 11-S, ha dejado un rastro de centenares de miles de muertos en Afganistán. Un dato que se ha ido moderando son el tiempo en el frente de batalla. Sin embargo, por lo que respecta a los niños, al menos dos menores murieron al día por efecto directo de la guerra durante 2010, según un informe publicado este año por la organización afgana Observatorio de los Derechos Civiles de Afganistán (ARM, por sus siglas en inglés), a los que hay que sumar los miles que mueren cada año por desnutrición, frío y enfermedades.

En ese panorama, es donde se desarrolla el fenómeno de los bacha bereesh (chicos sin barba), jóvenes que se visten como mujeres y bailan para clientes masculinos en fiestas en casi todo el territorio afgano. Estos menores son denigrados sexualmente a la fuerza en bizarros rituales que siempre tienen un mismo final: la violación. Cuando la fiesta acaba, en muchas ocasiones los chicos son vendidos al mejor postor. La descomposición social en Afganistán, en gran parte agravada por la invasión estadounidense de 2001 y los oscuros intereses que rodean las redes de narcotráfico que suponen un sustento esencial para muchas familias, ha configurado manifestaciones sociales degeneradas, de las que son las víctimas principales las mujeres y los niños.

En una transacción brutal, poderosos hombres de negocio y traficantes de heroína compran lotes enteros de niños varones de entre 9 y los 16 años a familias a las que la histórica inestabilidad en que vive el país, agravada por la guerra inacabable, ha dejado en la miseria más absoluta. Se trata de una práctica antigua que ha convertido a algunos jóvenes en esclavos sexuales de hombres ricos y poderosos, a menudo líderes militares, los denominados «señores de la guerra», que logran el favor de los niños con regalos y manteniéndoles como parte de su servicio.
El nuevo régimen afgano del presidente Hamid Karzai asegura que intenta tomar medidas para combatir esta práctica, condenada por los clérigos del Islam, que consideran que implica la sodomía, prohibida por la ley islámica, la sharía. Con todo, los poderosos que practican estos atroces casos de pederastia suelen parar antes de que los menores cumplan la mayoría de edad, ya que la «costumbre» pasaría a ser considerada un acto de homosexualidad, penado con la muerte en la sharía.

Desconcierto entre las tropas
Las fuerzas occidentales que luchan en Afganistán bajo el mando de la OTAN cuentan a menudo que se topaban con un problema que les ponía nerviosos. Con mucha frecuencia, los soldados que patrullan por pueblos y aldeas afganas veían pasar a hombres mayores caminando de la mano con muchachos jóvenes y bien parecidos. Su comportamiento les sugería que no eran precisamente los padres de los chicos.
Los soldados británicos, incluso detallaron a sus mandos que estando de patrulla los jóvenes afganos, frecuentemente, trataban de «tocarlos y acariciarlos», según comentó en un informe la investigadora militar Anna Maria Cardinalli, una antropóloga social contratada por el Departamento de Defensa de EE UU para examinar este misterio. «Los soldados no entienden nada y se les ve inquietos; les repugna la situación», comentó Cardinalli en su informe La sexualidad pastún.

"Hablan de chicos todo el rato"
El documento —que fue divulgado por el periódico estadounidense San Francisco Chronicle— no sobresaltó a ningún dirigente afgano. Militares estadounidenses que sirvieron durante meses alrededor del palacio presidencial de Karzai, en Kabul , comentaron en el informe que la conducta homosexual era incontrolable entre los menores y los soldados afganos encargados de la seguridad del presidente. «Esos soldados hablaban de chicos todo el tiempo», dice el documento.
Al otro lado del mundo, un informe de 2010 del Departamento de Estado norteamericano zanjaba la cuestión de los «niños bailarines» definiéndola como una «forma generalizada y culturalmente aceptada de violación masculina».


«Las mujeres son para los niños, y los niños son para el placer»

En una sociedad donde los sexos están estrictamente separados, es habitual para los hombres bailar para otros hombres en bodas y otras celebraciones. Sin embargo, en el norte afgano, de mayoría tayika y uzbeka, muchos líderes militares y comandantes muyahidines van más allá compitiendo con sus «niños bailarines».
Cada chico trata de ser el primero. Se visten con ropa de chica, se ponen maquillaje, lucen cascabeles en los pies e incluso llevan senos postizos para «entretener», cuando no «encandilar» al jefe muyahidin de turno. La práctica, llamada bacha bazí «juego de niños», tiene una larga historia en el país, pero va más allá del baile. Los actos pedófilos con menores son moneda corriente.
Los antropólogos dicen que el problema es consecuencia de la interpretación perversa de la ley islámica. Las mujeres son simplemente inaccesibles. Los hombres afganos no pueden hablar con una mujer ni mantener ningún tipo de relación hasta después de proponerle matrimonio. Antes de eso, no pueden ni siquiera mirar a una mujer, excepto tal vez sus pies. Es por eso que ellas son cubiertas de la cabeza a los tobillos con el burka.
Hay imanes fundamentalistas que exageran un pasaje bíblico sobre la menstruación y enseñan que las mujeres son «impuras» y, por lo tanto, desagradables.
«¿Cómo se pueden enamorar si no pueden ver su rostro», comentó Mohamed Daud, de 29 años, a la BBC británica. «Podemos ver a los chicos, así que podemos decir que son hermosos».
Incluso después del matrimonio, muchos hombres mantienen a sus chicos. Hay un refrán afgano que lo explica: «Las mujeres son para los niños, los niños son para el placer».

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