Berlusconi, césar y censor

Matías Vallés

 05:30  

Silvio Berlusconi pertenece a la acreditada escuela de pensamiento «esto lo arreglo yo en dos patadas». Su última arremetida contra las escuchas judiciales no sólo está destinada a que los capos de la mafia brinden con champán, sino a salvaguardar a la banda gubernamental de Sua Emittenza de su locuacidad culpable. El magnate ha instaurado una democracia de un solo hombre. Sus métodos obligan a corregir el desprecio hacia los políticos profesionales, que ansían el poder desde su más tierna infancia y están dispuestos a sacrificar sus instintos autoritarios para preservarlo. El advenedizo primer ministro italiano afianzó su candidatura para combatir los excesos de los partidos. Cuando desmenuzó sus planos a Gianni Agnelli —sin cuyo permiso expreso no se hubiera atrevido a dar el paso—, el padre padrone de la Fiat otorgó el plácet pensando que lo entregaba a las fieras. Subestimaba a un empresario que metaboliza los escándalos como si fueran páginas frívolas de su imperio mediático. Tal vez a sabiendas, exprime el principio maoísta de que «hay un gran desorden bajo los cielos, la situación es excelente».
Célebres por su capacidad de innovación política, los italianos se han superado a sí mismos. Conjugando plutocracia y democracia, eligen como gobernante al más rico de sus conciudadanos. Berlusconi debe su fortuna a la prensa, sin entrar en las conexiones oscuras que la hayan propiciado y multiplicado. Con esa advocación profesional, sorprende su odio inmenso hacia el periodismo. El entusiasmo por limitar las escuchas telefónicas no sólo cercena las posibilidades de difusión de sus medios, sino que también debería resultarle indiferente a un líder que no tiene nada que temer sobre la divulgación de sus conversaciones, porque se expresa en privado con la misma crudeza que en público. Bromea con la pederastia, compara a los refugiados en tiendas de campaña a causa de un terremoto con burgueses en una acampada de fin de semana.
Berlusconi no quiere ganar el encuentro, sino acabar con el juego. Desde la misma derecha, el periodista Indro Montanelli fue el primero en advertir los riesgos de un empresario ciego a cualquier consideración ética. La «ley mordaza» debe medirse con la insistencia de los electores italianos en encomendar la custodia de la ley a un hombre que se sitúa voluntariamente al margen de la norma, cuando no se mofa abiertamente de ella. Al silenciar la intercepción reglada de comunicaciones, no sólo pretende borrar el rastro de sus tropelías —hay que remontarse a Fabra para encontrar otro político con tantas presunciones de inocencia—, sino que aspira a limitar los poderes del juez de instrucción, al que su antepasado Napoleón colocó por encima de cualquier ciudadano, concediéndole un status de invulnerabilidad.
La polémica modulará la propuesta de Berlusconi sin alterar su espíritu. Un político negado para la relatividad postmoderna debiera recordar que, al multar con cientos de miles de euros al medio que divulgue conversaciones intervenidas, se limita a disparar el atractivo público de unos diálogos a menudo decepcionantes:
–Mmmmm.
–Dime.
–Llama a Willy.
–Dile que donde siempre.
–Para lo de siempre.
Y así sucesivamente.
El afligido Camps aplaude a rabiar la ley que pretende imponer Berlusconi, el césar que censura sin cesar. ¿Cómo evolucionan históricamente los personajes de rasgos similares? Acaban siendo un peligro para sus propios partidarios, y en primer lugar para los directores de sus medios en el caso del empresario italiano. Su estridencia es mala consejera, porque polariza la atención sobre su pasado y extraños manejos. De Lech Walesa a Israel, abundan los ejemplos en que los perseguidos acaban siendo más impopulares que sus perseguidores. En el marco del Derecho comparado, la experiencia italiana no es mal preludio de lo que ocurriría en España, con el PP en el poder y un personaje como Federico Trillo al timón de los mecanismos jurídicos.

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