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Luces y sombras del proceso Bolonia

 05:30  

Juan Luis Vázquez

A mi entender, el proceso de Bolonia era en sus comienzos una pieza más del proceso de armonización europea. La creación del Espacio Europeo de Educación Superior pretende que de forma gradual el funcionamiento de la UE tenga unas reglas básicas uniformes que permitan el intercambio de personas, capacidades, información y formación de la misma manera que ya existen reglas para el intercambio de mercancías y productos que han tenido un notable éxito. Es decir, se pretende poner en marcha unos «Estados Unidos de Europa» que funcionen de forma racional, sencilla, transparente y competitiva. Todo esto forma parte de un contexto más amplio, el mercado global, como saben bien las autoridades. Así, el secretario general de universidades, Màrius Rubiralta, dijo recientemente: «No habrá ningún sistema universitario potente que no sea capaz de buscar el talento en el marco global».
En el caso de Bolonia se trataba de armonizar el sistema de carreras, títulos, créditos y demás, para facilitar la circulación en toda la UE de estudiantes universitarios, y sobre todo de licenciados y doctores. Esto no puede menos que ser aplaudido, es una idea de gran valor y calado. La asignación de créditos por los resultados obtenidos es hoy día una práctica común en Europa que puede ser un marco común conveniente si no se abusa del sistema añadiendo muchos hechos menores para reemplazar a un aprendizaje serio y esencial.
Dichas las partes positivas que gozan de consenso, pasemos a una mirada más crítica. Para empezar, España ha optado por no coincidir en la duración de sus carreras con ninguno de los países vecinos (grados de cuatro años en lugar de tres) lo cual me parece una contradicción bastante obvia con la declaración original. Empecemos por que casen los números ¿no?
Siguiendo con las disfunciones, el proceso ha creado en España unas grandes expectativas mediáticas y políticas basadas en bastante retórica y ha tomado rumbos que no se ciñen al sencillo intento original, el proceso está tomando una amplitud burocrática en la vida de las universidades que no sé aún valorar, pero que me preocupa y encuentro quizá desmesurada. Parece que en España nada puede ser simple.
Señalaré dos objeciones que veo a este Proceso de Bolonia ampliado que vivimos en nuestro país. La primera es la insistencia en la uniformidad europea que suele ser a la baja, hacia el menor esfuerzo y el conformismo general, muy de acuerdo con la filosofía posmoderna de algunos círculos culturales y políticos poderosos. Tal agenda ampliada no es en absoluto un mandato de ninguna directiva de la UE. Precisamente en el ámbito universitario, la UE considera en los más diversos documentos que es fundamental mantener la competitividad, la lucha por la excelencia, la cultura del esfuerzo y los programas que promuevan la innovación y el riesgo creativo. Hay una seria preocupación por el posible «declive europeo». Aunque es quizá temprano para juzgar, no pocos profesores ven con recelo un proceso que puede llevar a un deterioro de la calidad que ya hemos presenciado de manera muy constatable en las reformas de otros niveles de enseñanza, deterioro que las autoridades han percibido tarde y mal y tienen grandes dificultades en corregir y que podríamos ver extendido a la universidad.
El segundo fenómeno que me llama la atención es la idea de asociar Bolonia con una profunda «renovación de los métodos de enseñanza universitaria», con una clara descalificación de las prácticas docentes llevadas hasta ahora y un énfasis en «pedagogías innovadoras» y demás. Personalmente creo que la crítica que tales renovadores hacen es bastante infundada, que los nuevos métodos no han demostrado ser mejores y que esta Agenda Renovadora ha sido introducida un poco por la puerta de atrás y cuenta con un consenso bajo y con gran carga ideológica. Por lo que se ve en la práctica que vamos conociendo, tal agenda es cara, confusa, consume mucho tiempo a los profesores. Los críticos más decididos opinan que infantilizará el estilo universitario y convertirá a las universidades en institutos o colegios. Pero todo ello habrá de verse en los próximos meses o años, tras un atento estudio de qué cambios se operan y con qué resultados...
En meses recientes he visitado diversos países europeos donde el proceso de Bolonia se ha limitado al aspecto original de adaptar la duración y estructura de los cursos y a preparar las universidades para el intercambio de estudiantes, licenciados, doctores y profesores, nacionales pero sobre todo extranjeros. En las universidades que yo he visitado la idea de cambiar el modo de enseñar en forma radical no estaba en la conversación, por lo que aventuro que puede tratarse de una aportación típicamente española.
Terminaré con algunas consideraciones sobre mis intereses personales. Creo que en los últimos decenios las universidades españolas han hecho un buen papel en la renovación de los temas de enseñanza, en la adaptación de las carreras a las necesidades de innovación tanto en el terreno más intelectual como en el profesional de interés práctico, y (hablando en media) creo que los métodos de enseñanza son razonables y los profesores son enseñantes dedicados (al menos en su gran mayoría en los centros científicos que yo conozco). El gran reto de la universidad española es la excelencia en el terreno de la creación y la investigación, lo cual es bien conocido y está diagnosticado: exige cuidada selección (que hacemos tarde y mal), mayor financiación (estamos lejos del nivel medio de la UE), gran movilidad (defecto español muy acusado) y claros objetivos y liderazgo. Necesitamos más apertura para importar y exportar talento y conocimientos. Y necesitamos más contacto de la universidad con el tejido productivo.
Todas estas cualidades están aún poco representadas en la comunidad universitaria española, y hacen que nuestras universidades no aparezcan razonablemente representadas en los diversos ránkings de grandes instituciones del mundo, donde aparecen EE UU, Francia; Inglaterra y Alemania pero también Singapur y Corea. Personalmente, veo en el reformismo radical y el pedagogismo de nuestro Bolonia una seria distracción de tales objetivos urgentes y vitales para la competitividad del país en el marco de la nueva economía, que diversas autoridades ven como salida a la crisis. Necesitamos pues una universidad internacional y competitiva basada en el talento y el esfuerzo, dirigida a las grandes metas intelectuales y al tiempo al servicio de las necesidades prácticas del país. Eso es lo que el Estado debe pagar en sus nuevas inversiones.

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