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¡No pasarán!

 05:30  

Anna I. López Ortega

La matanza de Oslo ha resucitado todos los miedos sobre los partidos de extrema derecha en la Unión Europea. Primero, la Comisaría de Interior de la Unión, Cecilia Malmström, manifestó — cinco días después de la masacre— la importancia de trabajar con medidas preventivas para impedir que la gente «con ideologías extremas pase de las palabras a los hechos». Posteriormente, Malmström anunciaba que los ministros de Interior de los Veintisiete analizarán en septiembre la «radicalización y la xenofobia».
En España, la Estrategia de Seguridad presentada por Javier Solana el pasado mes de junio advertía en apenas seis líneas la necesidad de luchar contra cualquier forma de intolerancia, racismo y xenofobia y favorecer el diálogo con las confesiones religiosas de las poblaciones inmigrantes, sobre todo con el Islam.
La tragedia acaecida en Oslo y en la isla de Utoya puede transformarse en una oportunidad excepcional para resucitar la política tolerante y empática, pero a la que se le exige profundas reformas y mucha más transparencia. O incluso lograr «más democracia,  más apertura y más humanidad» como ha señalado el jefe del gobierno noruego, Jens Stoltenberg. En septiembre, este país nórdico celebra elecciones municipales y las encuestas vaticinan que tras la tragedia, el Partido Laborista arrasará al considerar estos hechos como una especie de 11-S para los norteamericanos, un 7-J para los británicos o un 11-M para los españoles.
Ahora el discurso del odio de la nueva extrema derecha hace temblar en Europa los cimientos del Estado de Bienestar atribuyendo su decadencia y la de todo el sistema a la actual clase política por permitir la expansión del Islam y la «práctica del multiculturalismo». Un modelo que sin duda, durante décadas, ha sido el paradigma más adecuado para conjugar la libertad y la igualdad. Sin embargo, en este momento culpa a los inmigrantes de abusar de «los servicios sociales que tanto nos han costado a los auténticos europeos». Se trata de argumentos populistas que han comprado votantes de toda Europa al Frente Nacional francés, al FPÖ en Austria, el Vlaams Blok en Bélgica y más recientemente al partido de los Auténticos Finlandeses.
El 20-N, los ciudadanos de este país tenemos la oportunidad de realizar un importante ejercicio de responsabilidad rechazando las opciones populistas y xenófobas que forman parte del sistema democrático. Partidos políticos que ya han amenazado a los inmigrantes con limitar derechos básicos como la sanidad o la educación o incluso restringir su acceso al empadronamiento. Lemas como «los de casa primero no cabe ni un solo inmigrante más, ni cívico ni incívico, ni legal ni ilegal», o hay que «reaccionar», «cortar las alas a los que no se adaptan» y «presionarlos para que se vayan» los escucharemos en los próximos meses a través de Plataforma per Catalunya, España 2000 o Democracia Nacional, entre otras formaciones. El racismo y la xenofobia se han convertido en la ideología de esta nueva extrema derecha que ha logrado emanciparse de su pasado franquista y nacional-católico. Estamos a tiempo de pararles los pies. Su objetivo son las elecciones europeas el 2013, pero los demócratas tenemos otro: que el próximo 20-N interrumpa su crecimiento estatal. ¡No pasarán!

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