La evolución del gamberro

 

Juan Vicente Yago

Hay un estilo de gamberro para cada época: el siglo xix contó con el «calavera temerón», romántico y antiburgués, brillantemente representado por el Espronceda y el Mariano José de Larra de la famosa Partida del Trueno; la segunda parte del siglo xx tuvo al inconformista intelectual, el joven rebelde que se indignaba contra las anuencias ideológicas de su generación y reaccionaba traduciendo su malestar en transgresiones artísticas y alborotos callejeros. La historia de la juventud €de las distintas y sucesivas juventudes que renuevan a través del tiempo la savia de la humanidad€ podría escribirse analizando la evolución del gamberro. El gamberro aporta una crítica, una queja, una denuncia; muestra un envés de lo establecido, subraya una imagen de la injusticia. El gamberro ha sido siempre joven y vehemente, audaz y deslenguado, y por eso ha proporcionado el contrapunto a la resignación existencial del vecindario «maduro». El papel del gamberro, tradicionalmente, ha consistido en señalar las miserias de la sociedad en que vive, en desempeñar un papel aguerrido y respondón. La fuerza del gamberro ha solido estribar, precisamente, en ese carácter de «respuesta» que han tenido sus acciones: cuando el gamberro protestaba, su acción €más o menos vandálica€ era una respuesta frente a un aspecto de la realidad que no le gustaba. Una respuesta que, sosegado y sentado en una silla, podía sostener con argumentos. En este sentido, el gamberro del siglo xxi supone un empobrecimiento sustancial de su género. Con toda seguridad, los chavales que tiran piedras a los coches desde los puentes no saben explicar los motivos de su peligrosísima gamberrada. Porque los gamberros de hoy, paradójicamente, llegan al gamberrismo por un exceso de conformismo: en sólo tres décadas, las batallas políticas libradas en el terreno de la enseñanza, el hipertrofiado mundo audiovisual y los depredadores económicos que lo manejan les han dejado sin criterio, intelectualmente inermes ante su entorno. Sus troglodíticas gamberradas, pues, tienen mucho de impotencia, de miedo, de falta de referencias. La violencia juvenil contemporánea no tiene contenido racional; no es de origen ideológico, sino instintivo, atávico, primitivo; es la violencia del animal humano incivilizado €descivilizado€ que se vierte contra un mundo incomprensible. Sí: vamos a menos hasta en las gamberradas. La figura del gamberro ha perdido calidad; ya no sirve como referencia crítica; se ha quedado en mera manifestación de furor adolescente sin objeto ni fundamento.

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