Soles y difuntos

06.11.2013 | 03:06

Emili Piera

La víspera de Tots Sants me fui con mi hermana al cementerio de Sueca a llevarles flores a nuestros muertos. En la floristería, las cajas registradoras echaban humo. Lucía el sol y en los ribazos atronaba la voz verde batracio de las hojas jugosas de otoño. Una impresión muy contradictoria porque en mi más remota memoria de camposantos no guardo, aunque alguno habría, ni un día de lluvia: siempre asociada al sol, a los prados de agrets, al perfume extinguido de la mandarina. En un huerto junto a este cementerio crecían, y pueden que aun crezcan, las naranjas sanguinas, un fruto pascual, tiempo de paso, todos lo son. Y este tiempo es bueno para que crezcan los huesos de los difuntos como flautas de caña y ardan las médulas de quienes mucho amaron.
En el recordatorio incluimos a mi abuela Hortensia, que tiene su nicho por encima de la familia de gitanos que murió al estrellarse su coche el mismo año, el 62. A Hortensia las razas nómadas le hacían fruncir la nariz; solemos invocar problemas de higiene, pero lo que de verdad nos asusta es la roña que más se engancha: la pobreza. Aunque seamos hijos de unos fugitivos del desecamiento del Sáhara y aunque todo corazón, dijo el poeta, sólo pueda recibir consuelo cuando se muestra como un refugiado. Mi lección, ineludible, de caducidad de los bienes terrenos, la recibo en forma de señora que me saluda: es la minifaldera que nos hacía enloquecer de deseo a la quinta del 74, como jilgueros en junio.
El sol lo domina todo, incluso en el desfiladero entre Bèrnia y Aitana por donde pasamos. Y en el Socarrat, El Perelló, donde asamos chuletas y morcillas en Día de Difuntos y, en la cima de cada caña hay una libélula roja o verde o alimonada y, como no llega el frío, un bicho barrenador salta de una tomatera a otra y se come la cosecha. A eso de las cinco y media de la tarde, el sol carameliza los bloques anodinos de apartamentos y bajo un azul con estelas de reactor, los lanza al esplendor de la hoguera. Contradictorio, ya digo: compramos tela, con calaveras mejicanas de parranda, para forrar los cojines.



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