Vuelan los espías con obama

09.11.2013 | 01:58

Jesús Civera

A la metáfora más antigua se la llama antropológica. Sostiene que todo nace, se desarrolla y muere como lo hace el ser humano. Montañas y mares, plantas y animales, el cosmos entero. También los sistemas políticos. La fuerza de la metáfora antropológica es tal que condiciona nuestra visión de la historia. Hay arte elevado y arte en decadencia (el barroco, por ejemplo) y hay imperios nacientes, plenos y crepusculares. ¿No da la sensación de que Obama pilota la última fase? Los secretos de Estado volando a los cuatro vientos, los detalles del espionaje leídos hasta en las páginas de los rotativos deportivos. ¿Desde cuándo las cloacas del Estado „y del Imperio, ojo„ son materia de comentario tabernario?
La información es la sustancia de la que se nutre el poder. Y los espías han sido en gran parte los culpables de la permanencia o anquilosamiento de algunos regímenes políticos. Sin embargo, nada tienen que ver los espías de Graham Greene (El factor huma-no, Nuestro hombre en La Habana), que canalizaban sus informaciones con metodología medieval, de los que inventó Ian Fleming en James Bond, cuyas tecnologías eran tan portentosas como inverosímiles. Desde que se democratizaron las herramientas detectivescas y los artilugios móviles, el mundo está expuesto a un aproximación perenne de El Gran Hermano.
El escándalo de las escuchas telefónicas a dirigentes más o menos influyentes del mundo por parte de EE UU, comenzando por la líder alemana, Angela Merkel, indica varias cosas. Primera, que la sospecha del espionaje entre gobiernos „y entre gobiernos amigos„ es real y que no se detuvo tras la Guerra Fría. Segundo, que hasta el último ciudadano de la inhóspita Siberia, recién incorporado a la aldea global, es consciente de la transgresión. Y tercero, que la violación de los derechos era conocida por el presidente demócrata de EE UU. Ni siquiera los progresistas de salón se pueden llamar a engaño sobre el episodio del demócrata Obama: a Ben Laden le asesinaron sin juicio, contraviniendo todos los cánones morales y jurídicos, dado que se había dictaminado que era el mal. No hará falta señalar que cuando EE UU detecta el mal, con Bush o con Obama, todas las garantías legales quedan en paréntesis.
Otra cosa son los problemas de conciencia. Si Bush dicta la doctrina de las «fuerzas del mal» y suspende las garantías ciudadanas „los vuelos secretos de la CIA, Guantánamo, escuchas a medio mundo„ es común que una cierta ortodoxia progresista lo envíe al infierno en medio de una disculpa: al fin y al cabo, la barbarie es obra de los republicanos. Si actúa Obama de la misma forma, entonces existe un rechazo instintivo a la aceptación de que también el demócrata utiliza análogos métodos represivos.
Obviemos ahora si Obama, o su predecesor, son efigies construidas por las fuerzas en tensión que dominan la sociedad estadounidense. Dejemos de lado la contundencia probada de un relato republicano frente a la debilidad del ideario demócrata, que cabalga sin rumbo desde que se alejó, hace mucho tiempo, del espíritu del New Deal, y que contempla los Estados de Bienestar europeos como un remake del comunismo primitivo y letal. Olvidémonos también de que la primera obligacion de un líder demócrata consiste en defender los pilares de la democracia, que no pasan, precisamente, por espíar a sus homólogos, ni vulnerar las leyes del pacto social a su antojo. Y, en fin, demoremos caritativamente la convicción de Gore Vidal según la cual hay dos partidos en EE UU: el reaccionario y el conservador.
Y, sin embargo, algo parece seguro. Por mucho que haya dulcificado Obama la rudeza de Bush, cumple como un misionero todos los mandamientos que exhala la pulsión colectiva de EE UU y sus idealizaciones y miserias. Ese país quisó cazar a Ben Laden como a Moby Dick y lo cazó. Y ese país impugna cualquier avance de solidaridad social „por ejemplo los de Obama„ mientras mira hacia otro lado cuando el Gran Hermano entra en la vida de los otros. Cuando entra en sus casas, la cosa ya es diferente (el Watergate).
En fin, todo el mundo espía a todo el mundo porque el paisaje del espionaje es también el mapa del poder. Y el de la hegemonía. Y sólo cuando las indagaciones detectivescas dejan de ser secretas, una fuerza muy potente entra en acción: la de la opinión pública. El estruendo de hoy de las escuchas de la NSA, o el de ayer con el Wikileaks, o el de anteayer con el Watergate, sólo significa que las alfombras se han levantado y ese subsuelo ha sido captado por los inmensos focos de la globalización. Es el poder „o el contrapoder„ de la opinión pública, que comenzó a formarse a finales del XIX y su dialéctica es hoy decisiva en las esferas políticas. (Hacia 1850, la mitad de la población europea era analfabeta, ningún problema para las jerarquías).
El cambio de paradigma es sustancial. No es que Obama abandonara el espionaje grosero, nadie conjeturaba tal cosa. Obama se debe a EE UU: a las raíces nerviosas de sus estamentos poderosos. Lo que sabemos ahora es que no canceló el tinglado de Bush, como tampoco Bush revocaría el de su predecesor. Bien mirado, la verdad es que da risa. Vuelan los secretos de Estado y vuelan los espías por el planeta como si alguien hubiera escrito una obra de teatro muy cutre. Una de dos. O la peripecia constata los desequilibrios del vigía de Occidente o la opinión pública ha salido triunfadora, y por goleada, del último partido con el omnipotente Poder.



Enlaces recomendados: Premios Cine