La antigua ruta de los hombres perversos

José Luis Villacañas

19.11.2013 | 17:31

Nunca otra realidad fue tan generosa en forjar símbolos como la actual. Así que, si es verdad que la productividad simbólica es propia de una tierra joven y nueva, parece que el mundo estuviera en su infancia. Al menos en eso, debemos ser optimistas. La semana pasada era la basura, una metáfora elemental y trivial. Esta ha dado de sí otros emblemas, pero ninguno tan fuerte y mitológico como el de Camps desaparecido ante el juez para no recibir la citación que le obliga a testificar. Berlanga lo habría llevado sin duda al cine, en una escena menor, desde luego, pero sarcástica. ¡Expresidente de la Generalitat desaparecido para que el motorista no le entregue la citación judicial para declarar! Recuerda aquella otra imagen del cardenal Cisneros, casi moribundo, corriendo de un sitio a otro a través de media España, por rutas antiguas y embarradas, para que Adriano de Utrecht no le diera alcance y le presentara el diploma por el que era desalojado de sus poderes de gobierno y obligado a entregar los sellos de la Cancillería. Pero esta interpretación sólo sería sal gruesa. Aunque estoy seguro de que Camps, tratándose del franciscano Cisneros, tendrá a mucha honra usar la misma táctica para enfrentarse al poder legítimo, creo que estamos ante algo bastante más grandioso.

No se ha encontrado a Camps. Nadie ha dado razón de dónde se escondía. ¿Alguien puede explicarlo? En un mundo tan rápido, no hay manera de fijarse en los detalles y así se pierden las pistas de los hechos relevantes. El lunes, sin embargo, encontré una pista del paradero de Camps por casualidad. Es lo bueno de ir de paso. Así, coincidí en una conferencia con Fernando Castro, que nos hablaba de Matrix. Yo hablaba de Metrópolis, algo bastante convencional. Pero Fernando, comentando la conocida frase de la película «bienvenidos al desierto de lo real», nos puso fotografías de los síntomas de un mundo agostado. Una de ellas era el juicio de Camps. Mientras el juez dictaba la sentencia, una foto sorprende a Camps abstraído leyendo un libro. Luego, en la siguiente foto, le pasa el libro a su abogado defensor, que lo mira sorprendido e incrédulo. El caso es que Camps leía y Fernando, un hombre atento, amplió la imagen hasta dar con el libro que Camps tenía entre las manos.
Era éste: La ruta antigua de los hombres perversos, del filósofo católico francés, afincado en Stanford, René Girard. Le recomiendo al alguacil del juez Castro una lectura rápida de este libro. A buen seguro, le permitiría saber el camino que ha llevado Camps hasta desaparecer y el motivo más básico que lo indispone con la justicia humana. Sólo con la humana, porque Camps está mucho más interesado en la justicia divina. De hecho, el libro de Girard está dedicado a este asunto y por eso habla de gente como Edipo y como Job. En una página se dice: «La carrera del héroe mítico [Edipo] se parece demasiado a la de Job como para no pensar que tras ambos textos se esconde un solo y único fenómeno, la metamorfosis del ídolo popular en chivo expiatorio». ¿Se comprende ahora? Tras Job y Edipo se esconde un solo hombre: Camps. La misión de todos estos héroes es librar a sus contemporáneos de la conciencia del mal, servir de chivos expiatorios, de pharmakón, como se decía en Grecia, para que todos los demás purguen sus bajas pasiones. Al concentrar de forma injusta la omnipotencia del mal sobre el chivo expiatorio „es decir, Camps„ el grupo se cohesiona. Así que la potencia mítica de Camps, como la de Job y Edipo, es liberar a los valencianos de la conciencia de culpa y quedar unidos como pueblo. Gran servicio, desde luego.

Pero ¿y presentarse ante la justicia humana? Hay una frase del libro que permite explicar la conducta de Camps, su decisión de emprender la huida por la ruta antigua de los hombres perversos. «Si Job quisiera desempeñar dócilmente su papel transcurrido cierto tiempo, volvería a convertirlo, sin duda, en un gran hombre, quizá una divinidad menor». Como Edipo, Job debe desaparecer. Para seguir siendo el chivo expiatorio, no ha de jugar dócilmente su papel. Si lo hiciera, se convertiría en un dios menor. Como Edipo, que debe desaparecer en Colonos, donde quedará transfigurado para huir de este mundo y repartir sus dones sobre la comunidad, así, Camps, transfigurado en mito valenciano, debe mantenerse oculto para no convertirse en una divinidad menor. Pero no lo hace porque tenga miedo. Debe ser fiel a su papel hasta el final: emprender la ruta de los hombres perversos, una ruta antigua de sacrificio por su pueblo. Y debe hacerlo para que los pobres y humildes valencianos podamos entregarnos a la baja pasión que nos une, apedrear de nuevo al chivo expiatorio. Porque como dice Girard: «Maldecir a Edipo [o sea, a Camps] todos juntos es realizar una obra divina, puesto que equivale a reforzar la armonía del grupo, aplicar un bálsamo soberano a las llagas de la comunidad».

En todo caso, el juez Castro no debe tomárselo a mal. Camps no actúa así por desacato, ni por ofender. Lo hace porque tiene que cumplir una misión redentora, casi divina, beber el cáliz de su pasión hasta el final, huir a los desiertos cuarenta días con sus cuarenta noches para purgar la maldad de los valencianos y constituirlos como pueblo redimido. Pero nosotros, los mortales, no podemos seguirlo. No nos está dado recorrer la ruta antigua de los hombres perversos. De ella no sabemos nada. Sólo nos está permitido recordar nuestro crimen cometido con un inocente y pagar esta culpa con la promesa de ser buenos y curar las llagas de la comunidad.

Ahora que lo recuerdo, allí donde desaparece un héroe mítico se funda un oráculo. En Valencia, como en Colonos, como en Sión, se alza una voz en medio del desierto de lo real. Matrix, que lo sabe todo, ha recogido sus palabras en una de sus frases oraculares; no, no es aquella que sentencia: «¿Qué pretenden todos los hombres con poder? Más poder». A lo mejor es esta otra y nos llega con toda la fuerza ambivalente de los oráculos, cuya palabra siempre es ambigua: «Sé que estáis ahí, percibo vuestra presencia. Sé que tenéis miedo. Nos teméis a nosotros. Teméis el cambio. Yo no conozco el futuro. No he venido para deciros como acabará todo esto... al contrario. He venido a deciros cómo va a comenzar. Voy a colgar el teléfono y luego voy a enseñarles a todos lo que vosotros no queréis que vean. Les enseñaré un mundo... sin vosotros».



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