Federico G. por ejemplo

21.11.2013 | 05:30

Juan José Millás

Hay zonas de la ciudad que pueden pertenecer a cualquier ciudad. Si te taparan los ojos, te dieran unas vueltas, te subieran o bajaran de un avión, de un tren, de un coche, y te dejaran luego en una de esas zonas neutras de tu propia ciudad, no sabrías decir si te encontrabas en París, Madrid, Barcelona o Budapest. Hay barrios que están en todas las ciudades al modo en el que el hígado está en todos los cuerpos. Si abandonaran a una bacteria en un hígado cualquiera, y en el supuesto de que la bacteria supiera expresarse, tampoco sabría decir si se trataba del hígado de Pedro, de Juan o de Filomena. Queremos señalar, en fin, que hay cosas iguales, de ahí la necesidad de establecer diferencias.
La historia de la cultura es la historia de la diferencia. Lo natural es la igualdad, la analogía, el desorden. Para distinguir un árbol de otro es preciso haber alcanzado un grado de evolución interesante, lo mismo que para distinguir a un teniente de un general. En la naturaleza no hay tenientes ni generales. Las malas hierbas crecen al lado de las buenas. Y ni las primeras son malas ni las segundas buenas. Las llamamos así para diferenciarlas, como llamamos ingeniero al ingeniero y médico al médico al médico, aunque el ingeniero podría ser médico y viceversa. De hecho, no es fácil distinguir a un profesional falso de uno verdadero, de ahí los certificados, los sellos, los títulos, el diploma que cuelga en la pared.
Casi con el mismo ADN se puede construir un gusano o un hombre, depende de cómo coloques los genes. Los pones así y te sale un gorila; los pones de este modo y te sale una mofeta. La base diferencial es mínima. Sucede algo parecido con las palabras: si caen de este lado te sale amor y, si de este otro, roma. La diferencia aparece siempre arriba, en la superficie, en el careto como la diferencia de las ciudades se muestra en el llamado casco histórico. Por eso, del mismo modo que en ciertos barrios no sabes si estás aquí o allí, en determinadas situaciones no sabes si eres este o aquel. Da lo mismo: te acercas a una comisaría, buscan en la base de datos y te lo dicen: usted es Federico González, por ejemplo. Viene a ser lo mismo que llamar sauce al sauce. Se queda uno más tranquilo. ¿Pero a qué venía todo esto?



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