04 de noviembre de 2015
04.11.2015

Militancia popular

04.11.2015 | 04:15

No quedan tan lejos los grandes resultados electorales que llevaron al PP a la mayoría absoluta. Hace tan solo cuatro años que casi 11 millones de votantes dieron su confianza a Rajoy. Nuestra comunidad aportaba casi un millón y medio de votos, doscientos mil más que cinco meses atrás. El pago que hemos recibido por parte del Gobierno central ha sido tratarnos como apestados. Sería irrisorio pensar que el próximo responsable de campaña pueda ni tan siquiera acercarse a estos resultados y volver a repetir el 53 % de las anteriores elecciones nacionales, porcentaje éste que superó en varios puntos a las autonómicas de ese mismo año.

Las claves del reciente descalabro electoral se han buscado en variables unidas a la corrupción pero aún siendo éste un factor importante no es el único. El desgaste de gobierno sufrido por el PP junto con la ausencia de auténticos líderes en la última legislatura fue causa esencial de lo que le ha ocurrido y está ocurriendo en el partido.

Para entender el citado desgaste es necesario realizar un análisis interno que permita conocer y entender que la propia militancia ha observado con estupefacción como la corrupción y el saqueo salpicaba a líderes considerados como inmaculados por las bases populares. A esto hay que unir la sequía en la gestión de cientos de cargos que eran incapaces de aportar proyectos de futuro y hacían oídos sordos a miles de militantes con responsabilidades en la gestión local o simplemente con vocación de ciudadanía desde la plataforma popular.
Un partido que ostenta el gobierno se debe a la ciudadanía en general, pero olvidarse de su militancia es un pecado que se paga caro. Un líder está a las duras y a las maduras y así lo esperan miles de sus seguidores; no corresponder a esa expectativa puede ser considerado como una traición.
No es necesario tener gran memoria para recordar las declaraciones de los máximos responsables populares que en vísperas electorales aseguraban que jamás abandonarían el barco de la Comunitat Valenciana, el barco del cap i casal. Se dice que cuando el buque se hunde, las primeras en abandonarlo son las ratas y el último, el capitán. En el caso popular ni siquiera a los roedores les dio tiempo ver como el molt honorable y la alcaldesa de España lo abandonaban, pero no en bote salvavidas, sino en yate camino del Senado, donde se aseguraban cuatro años más de porvenir. Mientras, la militancia achicaba agua intentando mantener a flote un proyecto torpedeado tanto por la corrupción como por sus propios líderes.

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