23 de noviembre de 2015
23.11.2015

Silencio de plomo

23.11.2015 | 04:15

A propuesta del equipo de gobierno de la ciudad, se trataba de debatir el cierre del Centro de Internamiento de Extranjeros y de prohibir (o recordar que están prohibidas) las identificaciones policiales basadas en el perfil racial (mejor, étnico) de las personas. La propuesta ha generado un pequeño alboroto y pisado algunos callos: algunos policías (y sus sindicatos) hablan de ofensas y engorrinamientos genéricos o corporativos; la oposición, como es su deber, hace un convencido aprovechamiento político, e incluso algunos socialistas se desmarcan de la propuesta de debate realizada por el equipo del que forman parte. Si yo me he enterado de algo (cosa que puede no ser el caso, porque estoy con los acentos y las eñes del whatsapp que me compré como un zombie cruzando semáforos en rojo), los argumentos de los alborotados, los supuestamente ofendidos y sus defensores, son dos: el primero es que no se puede prohibir lo que no se hace («en ningún caso nos guiamos por criterios raciales para identificar a nadie», esto es demagogia y «propaganda barata»); y el segundo argumento es que «no es el momento oportuno para dejar de identificar a nadie».

A mí me parece que cada uno de los argumentos es discutible y refutable por alguna experiencia, pero que juntos los dos son contradictorios o incompatibles: la verdad del segundo implica la falsedad del primero. Efectivamente: si no es el momento oportuno para dejarlo, entonces es que se hace y, si no se hace, poco importa el momento. Me parece, además, que cada argumento es cuestionable por separado. No creo ofender al cuerpo policial en su conjunto si afirmo que tengo experiencia directa, aunque no personal, de lo contrario y que, por tanto, no hay nada malo ni ofensivo en que se recuerde la prohibición de hacerlo. Y tampoco estaría mal que pensáramos si existe algún momento adecuado para hacer lo que no se debe.

No crean que uno tiene las cosas totalmente claras o que no comprenda que las circunstancias pueden matizar o modificar lo que se piensa, pero siempre me ha parecido que cuando se me daba a escoger entre libertad o seguridad me estaban proponiendo un falso dilema. Sabemos que pueden ir juntas; sabemos que no pueden ir separadas.

Wembley, se enfrentan Inglaterra y Francia, todo el estadio entona La Marsellesa y un silencio de plomo cae sobre el recuerdo de las víctimas de los atentados terroristas de París. Estambul, se enfrentan Turquía y Grecia, no se respeta el mínuto de silencio y el pública silba. Creo que no soy un «buenista» ni un «listillo». Mis sentimientos están en Wembley, pero mi razón me exige comprender lo que sucede en el estadio turco: ¿por qué silban y a quién? ¿están a favor de los criminales y su guerra? Creo que no. ¿Comparten su causa? No creo. ¿Apoyan la masacre de unas víctimas inocentes? Me parece que tampoco. Entonces, ¿por qué silban? ¿Qué disgusto profundo les lleva a desoir la compasión por los que han muerto?

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