21 de enero de 2016
21.01.2016

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21.01.2016 | 04:15

A lo largo de la historia reciente, la C. Valenciana ha practicado la negación a varios proyectos que pudieron afectar negativamente a nosotros y nuestra descendencia: el antiguo cauce, el Saler, el Botànic o el Cabanyal

El homo sapiens seguramente fue el primer homínido que usó de palabras. La necesidad de cazar en grupo quizás fue la que propició la sociabilidad, la necesidad de intercambiar mensajes con los otros y hacerse entender y comunicar los pensamientos. Es obvio que en un tiempo las palabras representarían cosas, objetos o acciones. Pero antes que nada, palabras o simples gestos permitieron transmitir posturas. El Sí y el No serían seguramente de los primeros signos que se transmitieron entre humanos. El Sí representaba aceptación, acuerdo o sumisión. El No representaba (y representa hoy) una respuesta rebelde, o al menos crítica. El Sí es siempre el fin de un dialogo, mientras que el No exige argumentación y mantenimiento del discurso entre personas para seguir pensando y compartiendo o contraponiendo ideas.

Un No exige un cierto nivel de lucidez para quien lo enarbola y por ello necesita un trabajo de meditación y disposición para defender la postura en contra de quien propone o intenta imponer el Sí. La aceptación sumisa puede estar justificada, pero también suele ser el resultado de una sumisión, desconocimiento o indiferencia frente a lo propuesto. El No, por el contrario es siempre un gesto rebelde aunque pueda ser amistoso y solidario; quien niega se compromete a ayudar con su saber, a replantear las preguntas y alcanzar respuestas consensuadas, más meditadas que aquello que fue negado.

A lo largo de la historia reciente nuestra Comunitat ha practicado la negación a varios proyectos que pudieron afectar negativamente a nosotros y nuestra descendencia. Pese a que los valencianos parece que tenemos fama de ser una comunidad indolente que sufre las políticas del Estado resignadamente, porque desde hace mucho tiempo disfrutamos de buen clima y buena tierra que nos da frutos de excelente calidad, además de una tradición social que hace que las familias verticales sean refugio de situaciones de crisis económicas y desempleo que harían mucho más dolorosas las situaciones personales propias de la economía ultraliberal capitalista. El término ´meninfot´ parece no tener traducción a otras lenguas pues resulta difícil condensar tres prefijos que convierten a ese concepto en triplemente reflexivo, individualista e insolidario (se – me -en -jode). Y sin embargo unos cuantos No han funcionado en los últimos decenios inexplicablemente para esta comunidad aparentemente tan pasiva:

No a la urbanización de El Saler. Fue una de las primeras reacciones ciudadanas exitosas contra el proyecto ideado, parece ser, por el entorno del entonces joven Fraga Iribarne que pretendió convertir en un emporio del ladrillo lo que hoy es el parque Natural de L´Albufera y todo su entorno. Con el lema de El Saler per al poble se desarrolló una campaña sin líderes aunque a posteriori, desde la distancia en el tiempo, podríamos identificar algunos muy notables. Se trataba de responder con un No a las iniciativas de depredadores políticos y económicos que pudieron haber hecho un pingüe negocio con toda la urbanización.

El Jardín del Túria fue objeto también de la codicia especulativa de los ayuntamientos franquistas de los años setenta. El llit es nostre i el volem verd fue el No de la sociedad valenciana que, como el caso anterior, aún en tiempos de la dictadura consiguió, sin sangre pero con mucho sudor, hacer desechar el proyecto de autovías que algunos energúmenos urbanistas veían como solución a los problemas de tráfico e infraestructuras de la ciudad de Valencia.

Un proyecto ambicioso pretendía prolongar la avenida Blasco Ibáñez, de casi 900 metros de anchura, a desembocar directamente sobre la arena de la playa de la Malvarrosa; eso sí, destruyendo un patrimonio urbano y arquitectónico irrepetible con la intención de propiciar la edificación de grandes alturas de bloques que encajarían la vía hasta el borde mismo del mar. Salvem el Cabanyal ha sido algo más que un movimiento de protesta ya que ha dado lugar a la formación de una conciencia de vecindad en la que un barrio de Valencia ha valorado su forma de vida, su entorno y las escasas construcciones de interés urbanístico e histórico que quedan en el litoral de la Comunidad. Los cambios acaecidos en el municipio valenciano han permitido salvar finalmente a un barrio que queda lleno de cicatrices pero vivo.
El movimiento Salvem el Botànic fue otra de las inexplicables victorias de la supuestamente indolente sociedad valenciana que otra vez ha demostrado no serlo. El colectivo Salvem (otra vez sin líderes conocidos pero que todos identificamos y apreciamos) consiguió retrotraer proyectos que habían sido promovidos por autoridades municipales pertenecientes a partidos supuestamente progresistas y continuados por autoridades de partidos manifiestamente ultraconservadores. A estos finalmente se venció y la victoria de la sociedad que dijo No también se debe apuntar a la lista de éxitos.

Podríamos añadir aquí alguna referencia a Noes que, con otro carácter, han sido pronunciados en España. Uno de ellos fue un fracaso con el No a la Otan que movilizó a millones de ciudadanos convencidos de la indeseabilidad de la adhesión a la organización militar. Aunque el referéndum convocado por el PSOE (que había llegado al poder mediante el compromiso ´de entrada, no´) fue perdido por los movilizados, la sensación de poder que sentían los activistas del No proporcionó, efímeramente, una sensación de hermandad solidaria para luchar por lo que se creyó justo. No a la guerra de Iraq fue otra oportunidad de sentirse unidos –y después frustrados- tras las fotos de las Azores. Otras movilizaciones, de corta duración pero emocionalmente fuertes fueron también dos Noes: El No al fascismo que se declaró en la manifestación en respuesta a los asesinatos de Atocha en Madrid en 1977 y el No de las masas que salieron a la calle en toda España tras el intento de golpe de Estado del 23 F.

Por último, un No que nos está más cercano se produjo en Madrid un 15 M y tuvo sus réplicas dentro y fuera de España. Las que sucedieron en algunos países del Norte de África dieron lugar a situaciones que todavía tienen un futuro incierto. En nuestro país se sigue oyendo el No en las bocas de militantes de varios nuevos partidos políticos y de parte de la ciudadanía. Lo que ha pasado hasta ahora en España ha servido un tiempo, pero No nos gusta ya a muchos. Como dice nuestro juglar más lúcido Diguem No. Y seguimos hablando.

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