23 de febrero de 2016
23.02.2016

La hora de gloria de Valencia

23.02.2016 | 04:15

La rueda de prensa de Iglesias con Oltra y Baldoví marca un antes y un después de los trabajos de formación del improbable gobierno de la legislatura. En este sentido constituye el momento de gloria de Compromís. Con inocultable alegría, los dos líderes pudieron hablar de «la solución valenciana», que ahora se ofrece a España entera. Por lo que escuchamos, debemos decir que ese momento de gloria es merecido. Los dos tuvieron intervenciones características de la nueva política. Francos, populares, simpáticos, pero firmes y transparentes, los dos mostraron lo que podría ser la política española si no estuviera atravesada por la dureza y la urgencia de la cuestión catalana, y las reacciones extemporáneas que provoca en la derecha del Partido Popular.

Esta compañía valenciana le sienta bien a Pablo Iglesias. Flanqueado por ellos, vimos al mejor Iglesias, alejado de los gestos arrogantes que a veces lo hacen antipático a muchos ciudadanos y votantes. Los líderes locales han logrado algo: que Iglesias acepte una reunión previa de los equipos negociadores y que su vicepresidencia quede en segundo plano. Pero él también ha impuesto algo. Baldoví asume que el quién ha de ser discutido desde el primer momento, junto con el qué. En este sentido exigieron que Sánchez se olvide de la idea de un gobierno monocolor.
Lo más importante, sin embargo, reside en el tono civilizado de Iglesias (por contraposición al tono imperioso de anteriores ruedas de prensa). Muchos pueden pensar que ese tono es más bien impostado. Pero yo no lo creo. Desde luego es un estilo que Iglesias debe aprender. No es su tono natural. Pero creo que la voluntad de aprendizaje es sincera. Iglesias no puede fingir con sus aliados. Y Oltra y Baldovi le dijeron con claridad que el Gobierno valenciano y el de diversas autonomías y ayuntamientos necesitan estar cubiertos por un gobierno español sensible a sus justas demandas. Y no solo para reparar los daños de la ingente corrupción, sino para compensar una financiación injusta.
La solución valenciana incluye, así, otras maneras del señor Iglesias. No hay que olvidar que la clave de esta solución, y de nuestro gobierno, es sencillamente el tono constructivo de Podemos en Les Corts. Creo que, de la misma manera que Ada Colau será el partido de la opción Podemos en Cataluña y As Mareas serán el Podemos gallego, al final Compromís acabará siendo el Podemos valenciano. Reconocer la estructura plurinacional española obliga a ir por ese camino. En el País Vasco, un Podemos liderado por un joven inteligente y sensible como Eduardo Maura puede convertirse en la segunda fuerza, por delante de Bildu. Si todo eso cristalizara, una España federal sería posible. Pero esa España necesita desde luego puntos de acuerdo y líderes estatales visibles. Su estilo será el de ese Pablo Iglesias flanqueado por unos líderes valencianos flexibles y pactistas, no el del Pablo Iglesias respaldado por la guardia de corps de sus ministros in pectore.

Ahora comprendemos que aquella primera rueda de prensa fue un error, como ya dijimos en su momento. Como también lo fue anunciar que Podemos iría a la negociación con una tesis doctoral sobre el Estado perfecto platónico. Esta es la pulsión de Iglesias. Nos gusta mucho más el Iglesias que somete la pulsión a la pedagogía y al autocontrol. Lo que está en juego, por tanto, es un nuevo Podemos o un viejo Podemos. Si se es coherente con la agenda plurinacional y federal, entonces Iglesias hará bien en olvidarse de la agenda caudillista y hegemónica originaria. Ambas no son compatibles. Pero esto significa quizá algo más: acoger la realidad concreta, la singularidad del momento, la constelación de fuerzas y su específica sustancialidad, y abandonar las viejas ilusiones.

En este sentido, Podemos debería hacer un análisis profundo de su propia historia y quizá debería distinguir entre las formas fenoménicas y las líneas de fuerza sustanciales de la política española. El 15M estuvo muy bien, pero no fue un cristalizado político por sí mismo, sino la demanda de una nueva representación política. No me iré por las ramas. El esquema mental de los líderes originarios de Podemos procede de la IU que soñó Anguita. Todavía este domingo, el exalcalde cordobés confesaba que Iglesias realiza lo que él soñó. Lamento disentir. Anguita soñó convertirse en un líder carismático y regenerador al viejo estilo, con su figura unamuniana de maestro a menudo enfadado y colérico, y su tono profético angustiado. Si Iglesias lo imita tendrá el mismo fin que el propio Anguita nos dice: pasearse por Córdoba riñendo a los vecinos que le piden hacerse un selfi. Eso es antiguo y no se hace cargo de la realidad española del momento. Anguita no tenía arsenal intelectual para hacerse con ella.

La obsesión de todos estos políticos fue acabar con el PSOE y devolverlo a la misma insignificancia que los socialistas habían impuesto al PCE. Pero me temo que esta es una forma bastante estúpida de mirar la historia. El PCE era una antigualla sin salvación posible y el PSOE, más que un actor de esa realidad, fue su beneficiario. Esos sueños no hacen sino colocar a los votantes de Podemos en una batalla que no es la suya y, lo que es peor, en una guerra que no se hace cargo de la realidad del presente. Mónica Oltra tiene razón cuando dice con sinceridad que Valencia necesita un gobierno nuevo en Madrid. Basta una cifra. La noche del sábado, la Sexta recordaba que la corrupción cuesta a los españoles unos 80.000 millones de euros. De esos, la mitad se han ido en corrupción directa. Los otros 40.000 se van en una corrupción legal, discreta, continuada: los sobrecostes que asume el Gobierno central. Lo urgente no es subir los impuestos. Bastaría acabar con esos sobrecostes del Gobierno central para tener una financiación diferente en las comunidades.

La obsesión de Podemos no debe ser una operación guiada por el resentimiento histórico que calme el narcisismo del padre jupiterino herido. La preocupación de Podemos debe ser un proyecto a largo plazo para transformar este país en un sentido convergente con la modernidad política europea, capaz de llevar a cabo un Estado que se rija por las más solventes bases normativas. En ellas se debe incluir acabar con el centralismo económico, que es la base misma de un modelo productivo orientado a la obra pública faraónica y que impide una decisión adecuada acerca del uso de nuestros impuestos capaz de atender demandas populares.

Ese combate no es un asunto acelerado, ni una guerra relámpago. Es una agenda poderosa de transformación de la cultura política, que debe ir mucho más allá cooperar en este intento desesperado de Pedro Sánchez de imitar las formas de la danesa Birgitte Nyborg (personaje protagonista de la serie danesa Borgen). Pues tan urgente como formar gobierno es mejorar la cultura política de la ciudadanía para hacer inviable que un partido corrupto en todas sus estructuras confíe en seguir siendo votado antes de regenerarse. El mayor peligro de Podemos es el de creer que con el coctel de Anguita, Monereo y Laclau ya tiene todo el arsenal intelectual para dirigir este país. No lo tiene. Nunca se tiene. Un poderoso movimiento intelectual, complejo y articulado, eso debe estar en la base de Podemos. Y eso se aprende lentamente. La hora de la gloria valenciana ha sido mostrar que es posible.

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