21 de marzo de 2016
21.03.2016

¡Uy, qué nervios!

21.03.2016 | 04:15

Madre mía, madre mía. Menudas semanitas de estrés ha llevado la clase obrera patria. Qué nervios y qué ansiedad. Estábamos todos en un sinvivir con esto de no saber quién iba a ser el nuevo secretario general de UGT. Tantas ilusiones, tantas expectativas despertadas... Yo casi agoto las existencias de valeriana en mi barrio.

Cuenta la leyenda que, en un pasado cercano, a los asalariados de este país les importaba el devenir de los grandes sindicatos. Que se sentían defendidos y representados por ellos, que pensaban que esas organizaciones luchaban por mejorar sus condiciones. Si me lo contáis muy convencidos, yo me lo creo.

Pero no me refiero a los afortunados unicornios de la vida laboral que todavía cuentan con contratos decentes y un convenio a prueba de bombas (si tú lo eres, mándame una foto dedicada, te idolatro). Ellos probablemente no se hayan sentido tan abandonados y aún tengan un poco de fe. En cambio, el desencanto impone su ley en los trabajadores que han visto cómo la calidad de sus empleos se despeñaba por un barranco y en la ingente masa precaria que respira al ritmo de la incertidumbre y la explotación. Es obvio que cada vez se encuentran más desconectados de las centrales sindicales y no creen que nadie allí vaya a pelearse en el barro por su bienestar.

No falla. Cuanto más joven y desgraciado es el trabajador, menos emoción siente al oír hablar de UGT y CC OO. Tampoco despiertan especial entusiasmo entre «la clase media trabajadora», ese engendro sociológico creado por Albert Rivera y que básicamente engloba a cualquiera que no sea directivo de Inditex.

Si algo podemos asegurar de esta interminable crisis, es que los grandes sindicatos no han estado a la altura. En algún momento decidieron refugiarse en la mansedumbre y el conformismo y allí se han quedado, recordando glorias pasadas y renegando de los nuevos tiempos. «Mecachis en la mar, qué mal está todo». Un comunicado por aquí, una manifestación el 1 de mayo por allá. Una mesa de negociación cuando el calendario lo indique. Una huelga general si no hay más remedio. Todo con mesura y responsabilidad, no vayamos a parecer demasiado radicales. Y pon cara de preocupación en la rueda de prensa sobre el paro.

De hecho, estas organizaciones han contribuído involuntariamente a agrandar la brecha entre trabajadores de primera y de segunda. Entre privilegiados con empleos dignos y curritos pluriempleados que sobreviven con más pena que gloria. Una lástima. Eso sí, en honor a la verdad, hay que decir que en UGT supieron mantener la épica al acabar su votación poco antes de las seis de la madrugada. Las horas intempestivas le dan un toque de gesta heroica muy atractivo, como cuando acabábamos los trabajos la noche de antes en la biblioteca puestos de café de máquina hasta las cejas.

El caso es que Josep Maria Álvarez, el nuevo secretario general de UGT, sí parece ser consciente de que necesitan algo más que una manita de chapa y pintura. Al menos eso se desprende de sus primeras palabras tras ser elegido: «Vamos a ser la voz de los que no tienen voz, de los parados, de los que no tienen trabajo, de los precarios». A ver si es verdad. Sería toda una novedad y los mindundis de estas latitudes, después de frotarnos los ojos de incredulidad, lo agradeceríamos.

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