10 de agosto de 2016
10.08.2016
EL NOMBRE PROPIO

Gustavo frente a la tormenta

10.08.2016 | 04:15
Gustavo frente a la tormenta

Oficiaba Gustavo Bueno, a principios de los años ochenta del siglo pasado, en una gran aula en el piso inferior del antiguo Colegio Mayor Valdés Salas de Oviedo, reconvertido en Facultad de Filosofía. Era el suyo un discurso caudaloso, lleno de meandros, difícil de seguir y atronador cuando se desataba la furia filosófica que, todavía no lo sabíamos, germinaría como espectáculo televisivo. En solo una ocasión aquella voz se plegó a un contendiente y el ruido ensordecedor del golpear de la lluvia ­torrencial sobre los tragaluces enmudeció el verbo desbordante. Tras la tormenta, Bueno reanudó la clase, probablemente con una ironía sobre quién sale derrotado en la confrontación entre la naturaleza y la cultura.

Aquella potencia intelectual y la fuerza de la palabra siguieron presentes en el filósofo casi hasta el final. Traspasó los noventa sin un lamento por la mengua del horizonte vital, consciente de que su obra filosófica quedaría inacabada. Con su teoría del cierre categorial, Bueno quiso desarrollar una sistematización de la filosofía de una ambición insólita. «El proyecto fue siempre hacer una geometría de las ideas al modo platónico, que la filosofía no fuera siempre pensar ocurrencias». Así resumía la intención de la obra de su vida antes de reconocer que en ella anidaba una frustración «porque intentas aproximarte a esa geometría y te encuentras con que no es posible, por la complejidad y la abstracción de las ideas».

En ese mismo balance de nonagenario recién estrenado, en su umbrosa casa de Niembro, dispuesta de espaldas al mundo, reconocía también el abandono del cierre categorial, en torno al que vertebró su actividad docente y filosófica, por el escaso interés que suscitaba más allá de su círculo académico. La fragmentación del conocimiento, herencia de la ya lejana posmodernidad y signo de los tiempos, hace de aquel proyecto de Bueno el vestigio intelectual de cuando la filosofía mantenía intacta su pretensión de abarcarlo todo.

Avasallaba a sus interlocutores con un saber profundo de disciplinas científicas que están en el centro de su reflexión filosófica. Los libros de ciencia dominaron sus lecturas muy por encima de los de filosofía, en lo que, decía, sólo se había centrado en su época de opositor. La ciencia como «construcción interna de verdades» era la aspiración de todo recto pensar. En la confrontación intelectual, Bueno era soberbio y displicente hasta rayar en el insulto con quienes no claudicaban. Y eso podía derivar en un anatema universitario o ir más allá de la muerte, como quedó patente con su lacerante despedida a López Aranguren, muestra también de su escaso temor a lo que de él se escriba después de irse.

Ese Bueno nuclear queda envuelto por otro más popular en apariencia, de éxito en un medio tan ajeno a la filosofía como la televisión, cuyos libros alcanzan grandes cifras de venta pese a la evidencia de que muchos compradores no pasarán de las primeras páginas. El Bueno mundano consigue un mensaje de impacto que supera las dificultades de su pensamiento, quizá porque su expresividad se adapta a un medio vociferante y ruidoso. Pero no hay ninguna claudicación o aligeramiento de la filosofía original. Fue hombre de verdades rotundas, en muchas de las cuales sus críticos quisieron advertir una deriva hacia el neoconservadurismo en el que no reconocían ya al pensador que desde finales de los setenta había puesto su empeño en romper con una filosofía española anémica y casi exclusivamente en manos clericales. Una figura con el suficiente atractivo intelectual como para agrupar en torno a él a un notable grupo de universitarios brillantes.

El círculo buenista, con muchos rasgos de feligresía, es ahora más amplio y global gracias a internet, pero persiste su condición de grupo reducido frente al «alto grado de imbecilización» de la sociedad, reconocía un Bueno resistente al autoengaño. El filósofo del último cuarto de siglo adquiere un reconocimiento que desborda lo académico, entra en un nuevo ámbito en el que se mueve con soltura y con la complacencia de comprobar que su actividad encuentra un eco social de una amplitud que nunca tuvo. Es una satisfacción de la misma naturaleza que aquella con la que en los años setenta pregonaba que entre los suscriptores de El Basilisco, su revista de filosofía, figuraba un minero.
Esa popularidad y el perfil duro que adquiere su pensamiento sobre asuntos de incidencia política, como la pena de muerte o la unidad de España, provocan un acercamiento a su figura de una derecha necesitada de referentes intelectuales. Bueno pasó por consejero áulico de Aznar. Y seducido por otro ámbito de poder ya más cercano llegó a comparar a Oviedo con la Florencia de los Médici, después de que el Ayuntamiento le cediese una sede para la fundación que lleva su nombre. Lo que, pasado el tiempo, hay que interpretar como una visión lúcida de un momento para la ciudad de apariencia tan brillante como envenenado. Cualquier crítica a esos vínculos era, para el filósofo, hija del prejuicio, de «la tendencia a poner etiquetas, a decir que si uno es facha o marxista». 
Ese Bueno agitado entre la adhesión y el denuesto oscurece al filósofo que cumplió como partera intelectual al modo socrático y desafió el carácter lábil de las ideas en su empeño por buscar un pensamiento consistente.  

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