18 de julio de 2017
18.07.2017

Blanco y Aylán

18.07.2017 | 04:15

Durante los duros años de lucha antiterrorista, además de las terribles pérdidas de cientos de vidas humanas vilmente asesinadas por ETA, hubo ciertos aspectos negativos que a todos nos deberían avergonzar. Sobre todo, la desunión de los partidos, sus rencillas y su incapacidad de adoptar una postura unitaria. Ahora, cuando ha transcurrido un tiempo prudencial para poder afirmar, aun con la natural prudencia, que ETA ha sido derrotada, resulta vergonzoso que de nuevo, los partidos sigan sin ponerse de acuerdo, bien por querer acaudillar la titularidad de la lucha contra el terrorismo y adueñarse de la representación de las víctimas, o bien por oponerse por sistema a las iniciativas que no partan de sus afines, exhibiendo muestras de pueril belicosidad.
En los homenajes llevados a cabo con motivo del vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco, algo tan poco relevante como colgar o no una pancarta en un ayuntamiento se ha convertido en un tema de debate nacional. Y la presencia de una delegación de EH Bildu en el homenaje del Ayuntamiento de Ermua a Blanco, fue criticada por el presidente del PP vasco al considerarla como un lavado de imagen de la coalición abertzale. Del mismo modo, es un despropósito que Podemos y sus confluencias se hayan ofuscado con la consigna de que recordar al edil vasco asesinado con un homenaje individual, equivaldría a olvidar al resto de víctimas de ETA y a menospreciar a unas víctimas en relación a otras. 
No cuestiono el hecho de que la muerte de Miguel Ángel Blanco fuera «sólo una más» entre los cientos de asesinatos cometidos por la banda ETA como algunos esgrimen. Pero tengo buena memoria y recuerdo que desde el minuto cero de su secuestro, la repercusión del crimen supuso un punto de inflexión, un antes y un después en la lucha contra en terrorismo. Todos vivimos y comprobamos como Miguel Ángel Blanco mantuvo expectante y paralizado a todo el país durante su breve cautiverio, tanto que apenas se supo que lo habían matado, se convirtió en un símbolo por méritos propios (no un símbolo creado artificiosamente como suele suceder en política), un mito que por primera vez en la historia convocaba a millones de ciudadanos en las manifestaciones más multitudinarias que se recuerdan en la lucha contra ETA y que, espontáneamente, propagaron el llamado Espíritu de Ermua, dejando claro, con rotundidad y sin miedo, cuál era la firme voluntad de los españoles en la lucha contra el terrorismo.
No es mi intención entrar en detalles que aviven la sinrazón, pero sí quisiera plantear una cuestión para que cada cual responda según le dicte su discernimiento: ¿Si un organismo internacional utilizara la imagen o el recuerdo del pequeño Aylan, el niño sirio de tres años que murió ahogado en una playa turística en Turquía, como símbolo de solidaridad con quienes huyen de los horrores de la guerra, se atrevería alguien a calificar esta actuación como un menosprecio al resto de víctimas que han perdido la vida al huir de Siria?

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