13 de octubre de 2017
13.10.2017

La memoria diluida

13.10.2017 | 04:15

La frase de Goebbels "cuando oigo la palabra cultura me llevo la mano a la pistola" se ha hecho tan popular que hasta se confunde la noción de su autoría: "cuando oigo la palabra cultura le quito el seguro a mi Browning» atribuida a Goering, o "cuando oigo la palabra cultura me llevo la mano a la cartera", una broma que parece de Woody Allen pero es de Vázquez Montalbán, o de Perich en Hermano Lobo. Debe de haber más variaciones sobre todo humorísticas pero ahora no me vienen. Lo que sí lo hace es una combinación de dos frases, cuando oigo la expresión golpe de Estado, dicha con la misma ligereza de quien se pide una Coca-Cola y unas patatillas en la terraza de un bar. Es una rara manía que tengo: cuando oigo el término "golpe de Estado" me vienen esas dos frases a la cabeza. Una es de Antonio Machado y la otra de Cesare Pavese. Ambos conocieron tiempos peores que los nuestros, con golpes de Estado en sus países y guerras después; ambos supieron lo que significaban los malos tiempos y hasta donde pueden llegar los hombres en ellos. El primero en la Guerra Civil española; el segundo durante el fascismo y la inmediata posguerra italiana con sus ajustes de cuentas. Y sin embargo?

El último verso que escribió Antonio Machado antes de morir fue un alejandrino que hallaron en su chaqueta después de muerto: "Estos días azules y este sol de la infancia". A menudo me he preguntado en qué momento escribe Antonio Machado el último verso de su vida. Si lo hace al cruzar la frontera, huyendo de las tropas de Franco, o ya en Colliure, postrado en la cama, mientras mira el cielo a través de la ventana. Quizá se sepa o se haya escrito algún opúsculo al respecto, no lo sé. Como no sé si su habitación tenía una ventana a través de la que ver el cielo, o no, pero cuando leo ese verso sólo puedo imaginar a Machado en un automóvil escapando de España, o en la cama, en uno de esos respiros que la muerte, la muy ventajista, concede antes de derrotar a la vida. Decir que lo escribe al final de la Guerra Civil es no decir nada: ya lo sabemos. Pero si pensamos en la guerra y luego repetimos el verso como un mantra: Estos días azules y este sol de la infancia? Estos días azules y este sol de la infancia? Estos días azules y este sol de la infancia?

Si hacemos eso, desaparece la guerra, desaparece toda guerra y hallamos en esa música sólo la paz. La paz de un hombre consigo mismo, la paz de un hombre con el mundo, la paz de un hombre para el que la guerra no existe; ninguna guerra existe. Sólo reina en ese verso la generosidad de la vida, luminosa y con una infinita capacidad de perdón. Once años después, el poeta Cesare Pavese se suicidará en un hotel de Turín. Se han repetido muchas veces y todos hemos contribuido a esa repetición las últimas palabras de El oficio de vivir, el diario del poeta italiano. Se han repetido tantas veces que no es necesario nombrarlas de nuevo. Pero sí lo que estaba escrito en la portadilla de su libro Diálogos con Leuco, que fue el libro que había sobre la mesita de noche de aquel hotel de Turín: 'A todos perdono y a todos pido perdón'. No creo que Pavese hubiera leído a Azaña, pero vete a saber. 

Hay once años entre la frase de Machado y la de Pavese. Las dos frases son un epitafio, lo último que escribieron ambos poetas con once años de por medio. Pero esto no es más que un espejismo creado por nosotros: la medición del tiempo, quiero decir. Porque nada hay entre ambas frases, nada más que una cesura y una secuencia de la acción. "Estos días azules y este sol de la infancia/ /A todos perdono y a todos pido perdón". Machado ya había perdonado al escribir su parte; Pavese lo está haciendo cuando escribe la suya. Pero ambos nos dicen lo mismo y en eso que nos dicen está su grandeza.

Una grandeza parecida a la que tantas veces hallamos en las palabras de los viejos, de los ancianos con un pie al otro lado de la frontera. Hay que desconfiar de una sociedad que no respeta su memoria y tampoco atiende a su sabiduría y los trata como si fueran tontos, aunque ésta sólo existiera por lo que han visto y vivido. Porque cuando en una sociedad que arrastró una guerra civil, desaparecen todos los que la hicieron o se vieron envueltos en ella, esta sociedad no lo sabe pero está lista para otro desastre. Si hay suerte, no ocurrirá nunca, por preparada que esté para eso; si no la hay, sólo es cuestión de tiempo. Machado y Pavese lo vivieron y sin embargo las últimas palabras que dejaron son una lección de esperanza en medio del caos: bélico e íntimo. Quizá debiéramos aprender de ellas y dejarnos de remover el caldero de la Bruja Pirula.

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