03 de enero de 2016
03.01.2016
Cine

Hitchcock las prefería rubias

El escritor francés Serge Koster penetra en la perturbadora relación del cineasta con Grace Kelly, Tippi Hedren y Kim Novakl

03.01.2016 | 04:15
Hitchcock las prefería rubias

El maestro del suspense fue etiquetado con frecuencia como un hombre de sexo acomplejado, erotómano confeso y «voyeur»

Mucho, muchísimo, se ha escrito sobre el cineasta Alfred Hitchcock y su obsesión por las actrices rubias: la Grace Kelly de La ventana indiscreta, Crimen perfecto y Atrapa a un ladrón, la Kim Novak de Vértigo, la ladrona Marnie encarnada por Tippi Hedren y la Eva Marie Saint de Con la muerte en los talones. El maestro del suspense fue etiquetado con frecuencia como un un hombre de sexo acomplejado, un erotómano confuso y nunca confeso, un voyeur capaz de convertir el rodaje de Los pájaros en un martirio para la desdichada Hedren...

La mente lúcida del escritor Serge Koster aprovecha esas pasiones perturbadoras para ofrecer una visión audaz y sin duda insólita del mundo cinematográfico de Hitchcock, un creador genial que podía convertir a una actriz en una auténtica diosa de la pantalla y al que no le temblaba el pulso a la hora de intentar derribarla luego. Las fascinantes rubias de Alfred Hitchcock es un pequeño gran libro (apenas 80 páginas) de prosa precisa y exuberante después de cuya lectura nunca más se podrán ver esas películas con los mismos ojos.

Le dijo Hitchcock al director Franois Truffaut en el famoso libro El cine según Hitchcock: «Buscamos mujeres de mundo, verdaderas damas que se transformarán en ´putas´ en el dormitorio». Como explica Koster, «es el único entre todos los ilustres directores de cine que sabe observar, y nos hace observar, a las mujeres con una veneración no exenta de un humor que impide la falsa expectativa; el sexo elidido de la mujer mantiene el deseo en su grado más alto de incandescencia». Recordemos en Con la muerte en los talones las escenas del tren, «donde Eva Marie Saint, fascinante frente al seductor por antonomasia, Cary Grant, dirige el juego, el galanteo, los preliminares». El Maestro es «un brujo. Es perfecto cuando da forma a sus actrices fetiches. Incluso cuando no siente simpatía por alguna de ellas, no decepciona nunca. Va más lejos todavía, hace de la antipatía una baza que aumenta el atractivo para el espectador. Nadie ignora que no le gustaba demasiado la actriz en torno a cuyo papel se construye Vértigo. Kim Novak es doblemente ´una sustituta´, como la definió François Truffaut: como intérprete, sustituye a Vera Miles, que no estaba disponible; como personaje, es la cómplice de un complot criminal y luego presa de una manipulación mortal. Hitchcock transmuta estos avatares en un cóctel venenoso, que nos instila su melancolía embriagadora y fúnebre».

De Hedren «hay que decir que, tratada sin contemplaciones por el Maestro, que mendigaba sus servicios sexuales, se desenvuelve con talento, asumiendo con brío el papel de víctima pasmada en Los pájaros, y con valentía en Marnie, donde representa, de manera exagerada, los papeles de mujer frígida, cleptómana y homicida. Sometidas al desprecio o a las vejaciones del realizador, Novak y Hedren salen crecidas de la experiencia: lo mismo que las atormenta, las permite elevarse y acceder al cielo de las estrellas».

Don Alfred, «poco afortunado en lo que respecta a su apariencia física, haciendo juegos malabares con los tropismos puritanos, posee el don de representar a la mujer como si tuviese la conciencia aguda de que, para el hombre, ellas encarnan ese ´continente negro´ descubierto por Freud. Si hay un enigma en las películas de Alfred Hitchcock, es el gran enigma que provoca el sexo femenino: ¿qué mirada, qué caricia, qué sueño nos transmite ese enigma? Y nuestra sed infinita de ese sexo, nuestra curiosidad incansable por su secreto, ¿en qué medida, dóciles al deseo del Maestro, nos permitirán saciarlas las criaturas de la pantalla?»

Para ser honestos, matiza el autor, «añadiré que si el pelo rubio es el elemento desencadenante, no tiene el monopolio del goce. No excluiremos del procedimiento del deseo según Hitchcock a una actriz como Ingrid Bergman. Nos procura un intenso placer recordarla en Encadenados, compartiendo con Cary Grant uno de los besos más largos, lentos y lujuriosos de la historia del cine y de la filmografía hitchcockiana».

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