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"Territorio Comanche"

El entorno virtual se ha convertido en un fabuloso ángulo muerto dentro de las violencias machistas uEntidades e investigadoras reclaman medidas para afrontar un fenómeno que ha aumentado durante el confinamiento por la covid

Ciberacoso.

La espiral de terror para Encarna Iglesias, hoy presidenta de la asociación Stop Violencia de Género Digital, empezó con las insistentes llamadas de control de su entonces marido. ¿Dónde estás? ¿Con quién? ¿Por qué no coges el teléfono? Pero lo peor, explica, llegó tras el anuncio de separación. Podía llamarla «80 veces en una hora» entre insultos y amenazas, contra ella y su hijo, y luego convertir sus redes sociales en un fabuloso aspersor de injurias y reproches amplificado a todo su entorno. Sin embargo, cuando Encarna se decidió a ir a comisaría, la recomendación que le hizo el agente de guardia fue que se cambiara de número de teléfono y, si acaso, se diera de baja de las redes sociales.

Esta sensación de desamparo e indefensión ante el insulto, la amenaza y el control insomnes la conocen bien las miles de mujeres que han sufrido ciberviolencias machistas, un agujero negro global y aún incuantificable que las administraciones no evalúan de forma rigurosa y que sigue siendo ampliamente «ignorado tanto por los gobiernos y las instituciones como por las plataformas digitales», cuestiona la profesora Núria Vergés, socióloga, investigadora en género y tecnologías, y miembro de Donestech, que trabaja para que la red deje de ser un territorio hostil y tóxico para las mujeres. 

‘Continuum’ del mundo físico 

En la investigación académica se suele decir que en internet no hay cuerpos, pero sí género. Y, con él, múltiples formas de hostigamiento. Ahí están, por ejemplo, el control del móvil, el espionaje y el acoso. Y también el chantaje con imágenes sexuales, el envío no consentido de pornografía, la suplantación de la identidad o las amenazas de muerte. Así, tanto cuando el acoso parte del entorno (pareja, familia, amistades o compañeros laborales o de estudios) como cuando deriva de la proyección pública, las violencias online presentan el mismo pulso de «dominación y erosión» que sus parientas analógicas, con las que se retroalimentan, pero también algunos hechos diferenciales.

«Los más importantes son el fácil acceso a la víctima, la viralidad, la dificultad de borrar el contenido y la virulencia que alienta esa especie de clandestinidad que aporta la red y que se basa en la posibilidad del anonimato y en las dificultades de la trazabilidad y la prueba», apunta la jurista Noelia Igareda, miembro del centro de investigación de la UAB Antígona y coautora de ‘Las ciberviolencias machistas’ (2020), uno de los contados estudios en el asunto.  

Así, el diagnóstico compartido por juristas, entidades e investigadoras es que ni se conoce realmente el alcance del fenómeno, ni a menudo estos casos se identifican como violencias machistas, ni existe un marco jurídico -como tampoco formación adecuada- que permita brindar respuestas efectivas. 

«Hoy día la normativa es muy dispersa; hay casos, por ejemplo, que son acoso en el entorno laboral y otros que vulneran la protección de datos o el derecho al honor, y esa fragmentación, unida a las características propias del entorno virtual, dificulta la protección», asegura la abogada Laia Serra. 

23% de mujeres acosadas

De hecho, la ausencia de figura jurídica se une a la obsolescencia de la ley de violencia de género estatal, que sigue contemplando como tal solo la infligida por parejas o exparejas y no la recibida por el hecho de ser mujeres, tal como recoge desde el 2014 el Convenio de Estambul. 

Por tanto, sin apenas indicadores, adentrarse en las agresiones digitales, un fenómeno en aumento desde el confinamiento debido al incremento del tiempo dedicado al mundo digital -«en nuestra asociación se han incrementado en un 50% las llamadas de auxilio», asegura Encarna Iglesias- implica hacerlo en parte a tientas.  

Veamos. En el 2014, un estudio europeo apuntó a que el 23% de las mujeres había recibido acoso online por parte de parejas o exparejas. De hecho, se considera que el 90% de los casos de violencias en el ámbito sexoafectivo ya incluyen una parte virtual.

En este sentido, algo más de luz arroja el reciente informe de Antígona a partir del estudio de mujeres afectadas. ¿Las vulneraciones más comunes? 1/ Los insultos («puta», «zorra», «bollera», «sudaca»); 2/ el acceso a cuentas y dispositivos sin consentimiento y la manipulación de datos privados, y 3/ las amenazas por canales digitales. 

Y junto a ellas, el control non stop, el espionaje y la amenaza de difundir material íntimo o sexual. «Me decía que colgaría fotos mías desnuda o íntimas», explica una de las entrevistadas. Dos apuntes significativos: en el 80% de los casos los agresores son hombres (desconocidos el 55% de las veces; entre los conocidos prevalecen las exparejas) y 9 de cada 10 encuestadas afirmó que no había denunciado, ya fuera por desconfianza en el proceso, falta de pruebas o motivos económicos.

Se trata de violencias psicológicas muy graves (causa de miedo, ansiedad y depresión en el 76% de los casos) que se sufren a través de internet y las redes sociales -añade el informe-. Además, es común que se den varias formas de ciberviolencia a la vez y que también sean simultáneas con otras formas de agresiones físicas o sexuales offline».

Hostigamiento público

Y luego está el hostigamiento a mujeres con perfil público. Un acoso que bascula entre los episodios puntuales y las reiteradas tormentas de odio organizadas desde la clandestinidad que brindan los foros y los grupos de afinidad, algunos de ellos musculados también al amparo de las organizaciones de ultraderecha, que han convertido el antifeminismo en apetitosa munición. 

¿Y los disparaderos más comunes? «Las cuestiones raciales, el género y las violaciones son temas que funcionan como un silbato de agresores», apunta la escritora británica Danielle Dash en el informe Toxictwitter que elaboró Amnistía Internacional en el 2018 y que desveló que el 62,35% de las mujeres entrevistadas había sufrido algún abuso, mientras que el 41% había sentido que, en algún momento, su integridad física peligraba. En esta línea, en el informe de Antígona, por ejemplo, se recoge que hasta un 62% de las encuestadas, además de sobrellevar el impacto emocional, se ha autocensurado o rebajado su perfil público. 

Es indudable que en las redes se modula el discurso público y este hostigamiento a menudo se convierte en «una forma de silenciación y disciplinamiento -dice Noelia Igareda-. El apagón digital es un precio altísimo a pagar por este tipo de acoso que no te golpea físicamente pero puede convertir tu vida en un infierno y que sin duda tiene un efecto ejemplarizante sobre las demás mujeres, al dejar un mensaje claro de mira a qué te expones». Que internet, que tantas revoluciones ha permitido, se haya convertido también en una especie de «territorio comanche» tiene que ver con muchos factores, señala esta investigadora. Por ejemplo, con los mecanismos «difusos» de autorregulación de las plataformas, pero sobre todo, afirma, con el alcance global de la red, que desborda las costuras de los estados. «Como sociedad creo que tenemos pendiente una discusión compleja sobre los límites de la libertad de expresión en las redes», añade.

Tampoco es, por supuesto, un fenómeno local. De hecho, de un tiempo a esta parte, en la academia anglosajona se usa el término ‘manosfera’ (o machosfera) para ilustrar cómo el odio antigénero, unido también al despegue de la ultraderecha y su implacable uso de las redes sociales, ha pasado a campar con impunidad por internet y a contrarrestar los avances en los derechos de las mujeres. 

A esta especie de contrarreforma digital también contribuye, afirma Núria Vergés, desde el machismo estructural y la masculinización de los puestos directivos de las tecnológicas hasta el diseño de los algoritmos, que premian la polémica por suculenta y priorizan los filtros burbuja, los cuales dificultan que a los usuarios les lleguen notificaciones más allá de los intereses mostrados. El resultado: aumentan el aislamiento y los prejuicios. 

Ante ello, junto a tácticas de autodefensa -como hacer análisis de los riesgos, cuidar la seguridad y el material sensible o usar identidades colectivas-, Vergés urge a dar un paso al frente. «Por ejemplo, reportar y documentar los incidentes; reclamar mayor compromiso de las plataformas; identificar a los agresores reincidentes; hacer red y tejer espacios amigables; impulsar la formación, e incluso echar mano del humor y los ‘memes antitroll’». 

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