29 de julio de 2013
29.07.2013

Indulto al cómic de la posguerra

Un estudio concluye que «Roberto Alcázar» y «El guerrero del antifaz» miraban más su éxito comercial y la evasión de los lectores que el adoctrinamiento en el ideario fascista

29.07.2013 | 01:31

Misóginos, racistas, retrógrados, panfletos fascistas€ Son algunas de las acusaciones que, con el paso de los años, han ido acumulando los tebeos de la posguerra. Dos de ellos, valencianos y tan populares como que alcanzaban cifras de ventas de entre 100.000 y 200.000 ejemplares, Roberto Alcázar y Pedrín y El guerrero del antifaz, son objeto ahora del análisis académico del historiador y experto en cómic Óscar Gual. Y su conclusión es que es un error presentarlos como «panfletos propagandísticos» del franquismo. «A pesar de la carga ideológica que conllevaban, eran productos comerciales destinados a ganar público a través de lecturas ligeras e intrascendentes», escribe el doctor en Historia valenciano sobre el cómic de la posguerra.
Ante la facilidad de algunos analistas para ver desde el presente simbologías y conexiones con mitos, ideas y personajes del fascismo, Gual invita a «no sobreinterpretar simbólica o ideológicamente lo que era puro comercialismo».
Antes que productos doctrinarios „como sí los hubo unos año antes, durante la guerra„, eran «hijos de su tiempo», explica a Levante-EMV el autor de Viñetas de posguerra. Los cómics como fuente para el estudio de la historia (Publicacions Universitat de València). Claro que algunos de los calificativos puestos sobre estos álbumes son ciertos, pero «no podía ser de otra manera, porque uno es de 1941 (Roberto Alcázar) y otro de 1943 (El guerrero del antifaz)».
Desde este punto de vista, es verdad que hay misoginia en Roberto Alcázar, donde la mujer queda menos que en un segundo papel „o eso o es la pérfida mala o solo cuenta por su físico„, pero era la visión de la mujer en la España de los años 40, en la que el modelo femenino ideal era «una mujer asexuada y abnegada dispuesta a todos los sacrificios, discreta y silenciosa», dice Gual citando a Carme Molinero. Su arrinconamiento en los tebeos no es entonces sino reflejo del que sufría socialmente.
La ausencia de líos amorosos de los protagonistas „ni pensar en intercambios carnales„ ha llevado además a la tan traída leyenda de la homosexualidad de Roberto Alcázar y Pedrín. Terenci Moix fue uno de los introductores de esa tesis. Para Gual, es una interpretación excesiva, porque la ausencia de amoríos „con mujeres„ era «la norma habitual» en los cómics de la época (para eso estaba la censura, además). El historiador prefiere la teoría del experto en cómics Luis Gasca, que ve en la relación entre el héroe periodista y el adolescente huérfano „¿de guerra?, como sugiere Francisco Tadeo Juan„ la de una adopción, en la que Alcázar ejerce de padre.
Otra leyenda es la de que José Antonio fuera el modelo „físico y moral„ del recto Alcázar (apellido asimismo de gloriosa resonancia para el franquismo). El historiador valenciano lo ve «rebuscado» y «absurdo». Más bien, el líder falangista es el que se asemeja al periodista, alega, porque lo que estaba en juego era un «mito», el del «ausente», tan irreal y construido como el del héroe de las viñetas.
Otros rasgos del popular cómic dibujado por Eduardo Vañó, como el rechazo a la ciencia («¡fuera microscopios!»); el etnocentrismo de la serie, repleta de tópicos sobre otras razas; el desprecio al dinero del adinerado Alcázar como forma de favorecer el mantenimiento del orden social, o la ausencia de aventuras en España „para no buscarse problemas los autores, porque en la piel de toro no se daban maldades o, como defiende Tadeo Juan, porque hubiera sido mal visto por los perdedores de la guerra„ son, más que reflexionadas consignas doctrinarias, datos que dicen mucho de la España de entonces, considera Gual.
Incluso el propio Pedrín, un adolescente sin oficio ni beneficio „ni familia„ que se mete de polizón en un barco, sería una buena muestra de «las deficiencias educativas» de los 40, donde uno podía quedar a la intemperie con doce años.
El especialista recuerda además las dificultades de Editorial Valenciana „la responsable de ambos títulos„ con los suministros de papel y los permisos para sacar adelante cada número. También los problemas y orígenes de los autores: uno de los guionistas de Roberto Alcázar fue oficial republicano y el padre de Manuel Gago (dibujante de El guerrero del antifaz) fue represaliado. «Querían un trabajo sencillo, no pretendían ser fascistas», sostiene Gual.
Al margen de ideologías, la ilusión de Gago, que empezó con menos de 18 años, era publicar su historieta y «ganarse la vida dibujando». Explotado, pero dibujando, se podría añadir.
Este último dato sobre la biografía del ilustrador sería la prueba final de que los tebeos „los de la posguerra, en este caso„ sí que pueden ser una buena fuente («complementaria», precisa Óscar Gual) para estudiar la historia.

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