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Crítica

Retablo de las maravillas

Este espectáculo tiene como punto de partida el descubrimiento del talento de Ron Lalá, y el redescubrimiento de su director, Yayo Cáceres, a quien ya conocía por su participación en distintos trabajos de l'Om-Imprebís

Y no es fácil a estas alturas descubrir un montaje que te sorprenda, y que te atrape desde el primer gesto, desde el primer sonido musical. Porque, en esta hazaña de versionar el Quijote, y salir airoso del intento, la música tiene un protagonismo especial. Un protagonismo que subraya, con un grado de mayor encanto, esta inteligente transformación de tan magna obra a una pequeña, pero siempre intensa, manifestación teatral. Ingeniosa, potente y seductora. Y traviesa: un ventilador se transforma en molinos de viento.

La versión es un collage de imágenes que atolondran al espectador. El modo de contar la historia, con Cervantes de cuerpo presente, con sus dudas e ingenios, es un punto importante. Un punto de los muchos, como las magníficas interpretaciones de este bien entonado quinteto de actores ronlalianos. Entonado en todos los sentidos: dominan el territorio escénico (buena coreografía de movimientos, incluso montados a caballo). O más bien, todos los territorios, el musical, el vocal y el gestual. Los cinco cantan, tocan instrumentos y hablan con irreprochable naturalidad. Y sacan buena partida tanto a los mejores gags, como a las bromas añadidas (lo que antes se llamaban morcillas). El Quijote de mirada ilusionada de Iñigo Echevarría es muy creíble, lo mismo que gran estado de gracia que consigue Daniel Rovalher con su Sancho.

El drama y la comicidad se confunden en una muestra de matemática fisicidad. Todo está hecho como si se hubiera utilizado el tiralíneas y el compás, pero, al mismo tiempo, predomina una contagiosa alegría. Un retablo de las maravillas, por seguir el juego cervantino, es lo que es este energético montaje.

En fin: en un lugar del teatro, de cuyo nombre sí quiero acordarme: Ron Lalá.

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