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La música en la Unión Soviética

El siglo XIX acoge el nacimiento en Rusia del nacionalismo musical, que luego se proyecta a toda Europa

La música en la Unión Soviética

Cuando nace el siglo XX, Rusia ya había consolidado un movimiento musical de extraordinaria calidad. De la mano de Mihail Glinca (1804-1857) surge el nacionalismo musical que luego se extenderá a casi todas las naciones europeas, y aún más allá del Atlántico. Glinca, basándose en los fundamentos musicales del folclore produce obras que pronto encuentran arraigo popular; pero a partir de ahí, la música rusa seguiría dos caminos diferenciados, que habrán de verse reflejados en el nuevo siglo.

Por una parte, surge el conocido como “Grupo de los Cinco” (C. Cui, M. Balakirec, N. Rimski-Korsakov, M. Mussorgski y A. Borodin), que elabora un lenguaje musical con personalidad propia, basado en un folclore ico y variado que poco tiene que ver con las leyes armónicas y melódicas al estilo occidental. De finísima inspiración, logran obras de reconocida belleza que pronto encontrarán una acogida entusiasta. Los títulos son claro exponente de su carácter: El Príncipe Igor, La Gran Pascua Rusa, etc.

Por otra parte, se encuentra el que podríamos llamar “Grupo Academicista” que, sin desdeñar la tradición popular y con un carácter no tan nacionalista, desarrolla sus obras e incluso su vida más en contacto con los movimientos al uso en Europa. Es el caso, entre otros, de A. Rubinstain, impulsor del Conservatorio de Música de San Petersburgo y, sobre todo, P. Tchaikovski, cuyas seis sinfonías y las músicas para ballets constituyen un evidente patrimonio musical de la humanidad.

Al producirse la revolución el año 1917, no faltan artistas sensibilizados con sus principios que optan por comprometerse con ella para defender los valores revolucionarios. Ya en tiempo de Lenin se utiliza la música con carácter propagandístico, creando incluso un departamento que se ocuparía de recopilar las canciones tradicionales, de donde se pasa a la creación de nuevas obras con idéntico objetivo. Este departamento sería suprimido en 1932 por un decreto personal de Stalin. Pero el binomio política - música encontró respuesta en una fecunda creación de canciones, en alguna de las cuales incluso se incrustaban fragmentos de cantos revolucionarios, como el himno de La Internacional.

Pero siguiendo la línea de la tradición recibida del siglo anterior, hubo músicos (L. Lebedinskii) que detectan y denuncian la bipolarización de la música, bien como demasiado popular y elemental, bien demasiado culta o complicada; siempre teniendo como referencia el perfil cultural del campesinado, que no entiende el arte refinado de los conservatorios. Ese planteamiento es la base dos asociaciones de compositores fundadas en 1923: La Asociación Rusa de Música Contemporánea, que apunta hacia un vanguardismo de corte internacional, y la Asociación Rusa de Músicos Proletarios, orientada hacia un arte sencillo y altamente politizado, pretendiendo y logrando en cierta medida, que la música con su carga propagandística fuera escuchada principalmente en las asociaciones de trabajadores y por los obreros de las fábricas. Pero la convivencia entre ambas tendencias no resultó fácil, provocando incluso el exilio de una significativa relación de músicos de la talla de S. Rajmaninov o J. Heiftz.

Una vez terminada la II Guerra Mundial, Stalin se propuso un mayor control sobre la obra creativa de los artistas, sin que de ello se libraran ni aun los compositores más relevantes. Incluso se cuenta que él mismo asistía de incógnito a determinados estrenos, y su opinión final podría ser determinante para las obras y sus creadores. Este fue el caso de Shostakovitch y su Lady Macbeth de Mtsenk, cercenando de cuajo su éxito al tacharla como obra burguesa, pese a que había sido reconocida en diversos auditorios. En 1948 el propio Stalin promovió un tratado intentando alejar a los compositores de las influencias artísticas del occidente decadente y capitalista, para inculcar en ellos la necesaria vinculación y colaboración con la política: nada de atonalidades, nada de ideas vagas e incomprensibles; sí a la tradición rusa reflejada en el folclore como ocurriera en el siglo XIX; nada de salirse de los cauces establecidos.

Ante esa situación, únicamente cabía el acatamiento que garantizara la necesaria compensación económica y nuevas oportunidades para otros posibles estrenos. Pero esta reglamentación del arte por el Comité Central (1946-52) tuvo como consecuencia una profunda crisis intelectual con la consiguiente falta de vitalidad en el arte socialista, y ofreció un pretexto para procesar a varios disidentes.

Durante la época estalinista y post estalinista fue significativo el caso de dos compositores de talla mundial, D. Shostakovich y S. Prokofiev. Ellos (principalmente el primero), fueron utilizados como símbolo de los logros musicales soviéticos, lo que les protegió de críticas demasiado severas, aunque su música llegó a ser tachada como decadente. Incluso Prokofiev vivió condicionado por el acoso a su esposa, de ascendencia española, y a dos de sus hijos, detenidos y deportados a Siberia bajo la acusación de espionaje. De esta manera fue retenido y obligado a dedicar su arte a la propaganda oficial por medio de obras dedicadas a los líderes políticos o en conmemoración de las fechas más significativas. Un tiempo terrible, en el que con solo mostrar atracción o admiración por determinados compositores occidentales, había motivo para ser anulado o desterrado. Por ello resulta comprensible que ambos dedicaran su arte a la propaganda del régimen dado que el poder estalinista se cimentaba en el terror.

Con la llegada al poder de Nikita Jrushchov en 1953, se inicia un período de deshielo. Se reconoce a los artistas el derecho a ser independientes artísticamente y a explorar caminos nuevos en el arte. Aprovechando esta apertura, Shostakovich estrena composiciones escondidas durante mucho tiempo, provocando todavía cierto rechazo en la Unión de Compositores de la URSS, que seguían agrupados en dos posturas: una línea progresista representada por compositores como A. Jachaturián, y otra más tradicionalista de corte estalinista de A. Zhdánov. Pero estaba claro que con Jrushchov se abrió un periodo de liberación cultural, y no solo cultural, como no se conocía desde el inicio de la Revolución.

Pero aún quedaba un largo camino. No todas las experiencias sobre nuevas tendencias habían sido permitidas y apoyadas por las autoridades, ya que en el mismo Comité Central del PCUS existían puntos de vista enfrentados sobre el sentido del arte socialista. El proceso de apertura fue lento, volviéndose cíclicamente a los mismos tópicos, como dan prueba de ello la prohibición de transmitir por TV el concierto de Shostakovich el día 18 de diciembre de 1962, o los vetos al jazz y al rock and roll, o la negación a actuaciones de Julio Iglesias, David Byrne y su banda Talking Heads, o Tina Turner, tildados de disidentes, decadentes, fascistas, o (ella) provocativa.

Este camino de lenta apertura siguió hasta la “reestructuración” (Perestroika) del sistema económico y social de la URSS introducido por Mijaíl Gorvachov en 1987. Pero tantos años de condicionamiento no se superan fácilmente, y al cabo del tiempo permanecerá una larga sombra que irá extinguiéndose con lentitud, quedando en evidencia que la libertad termina encontrando camino, y que el arte, fiel aliado de ella, no puede quedar enmudecido por muros de piedra o telones de acero.

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