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Patético silencio

Obras de Beethoven

y Chaikovski

palau de la música

ORQUESTA DE VALÈNCIA. Solista: José Luis Ruiz del Puerto (guitarra). Directora: Virginia Martínez. Pro­gra­ma: Obras de Beethoven (Obertura Leonora III), Montero (Concierto para guitarra y orquesta ´Luces y sombras´) y Chaikovski (Sinfonía número 6, ´Patética´). Lugar: Palau de la Música. Entra­da: Alre­de­dor de 1790 perso­nas (lleno). Fe­cha: Viernes, 17 noviembre 2017.

Difícil resulta imaginar las razones por las que la discreta directora murciana Virginia Martínez (Molina de Segura, 1979) vuelve una y otra vez al podio de la Orquesta de València. En esta ocasión lo ha hecho con un programa ambicioso, de «gran maestro», que incluía nada menos que la Leonora III de Beethoven y la Patética de Chaikovski. Versiones rutinarias, de trazo grueso, ayunas de vuelo y ricas en desajustes e imprecisiones. En medio, el estreno absoluto de un rancio concierto para guitarra firmado por la argentina afincada en València Claudia Montero (1962), titulado «Luces y sobras», y que nace herido de muerte por su escritura banal, ingenua y cargada de naftalina.

Virginia Martínez es -desde luego- una profesional de mayores quilates que otras directoras que apoyan su carrera en cuestiones extra musicales, como la española Inma Shara o la estadounidense Keri-Lynn Wilson. Pero, cuestiones de género aparte, sus tibias interpretaciones apenas alcanzan la superficie, sin explorar los mil y un recovecos y secretos que habitan la partitura. Se limita a dirigir el «tráfico» sinfónico de manera desdibujada, lo que provoca que abunden las entradas dubitativas, ajenas al unísono y a la precisión que requiere cualquier lectura aceptable.

Nada de patetismo desprendió su desequilibrada y soporífera materialización de la Sinfonía Patética. Ni siquiera el Allegro molto vivace que Chaikovski emplaza como tercer movimiento aportó frescura o aire a tan plana y plúmbea versión, culminada con un verdadero despropósito: tras el final en pianísimo, Martínez apostó por prolongar artificialmente el silencio incluso cuando, ya terminada la interpretación, éste fue roto por los aplausos tempranos de un sector del público. Ella mantuvo con autoridad la imagen congelada durante quizá más de un eterno y tenso medio minuto. Un hecho que, cuando surge de modo natural -recuérdense, por ejemplo, los finales de Celibidache, Temírkanov o Abbado- resulta verdaderamente sobrecogedor, pero que cuando se hace de modo artificial y forzado, resulta ciertamente patético. Fue, sí, el único momento patético de tan poco patética lectura. Admirables los profesores de la orquesta, que con ejemplar profesionalidad mantuvieron la imagen congelada impuesta por la batuta mientras lograban reprimir la sorna ante tan cómica y patética situación. ¡Bravo!

La en otra ocasiones fabulosa obertura Leonora III pasó sin pena ni gloria, salvo el estupendo solo de flauta protagonizado por Salvador Martínez, que quizá fue -junto con la trompeta interna escuchada en Leonora III- lo más interesante de tan descartable velada. Del convencional y añejo concierto para guitarra fue fiel solista el cordobés José Luis Ruiz del Puerto, toda una vida volcada en la guitarra contemporánea en València. La nueva obra, dedicada a la memoria de Manuel Palau -de cuyo Concierto Levantino dice la compositora hay rasgos en el tercer movimiento- rezuma convencionalismo y lugares comunes. Ni el más sagaz de los adivinos hubiera imaginado que está fechada en el siglo XXI.

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