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«Arreu»

Obras de Blanquer, Bruck

y Saint-Saëns

palau de la música

ORQUESTA DE VALÈNCIA. Solistas: Katia y Marielle Labèque (dúo de pianos). Director: Jordi Bernàcer. Pro­gra­ma: Obras de Blanquer (Tríptic orquestral), Bruck (Concierto para dos pianos y orquesta) y Saint-Saëns (Sinfonía número 3, con órgano). Lugar: Palau de la Música. Entra­da: Alre­de­dor de 1700 perso­nas. Fe­cha: Viernes, 15 diciembre 2017.

Fue una versión arreu. Descuidada, desajustadada, desequilibrada, deslavazada y ni se sabe cuántos des más podrían añadirse. Las hermanas Labèque, Katia y Marielle, estrellas de la mercadotecnia y de la imagen, apenas lograron poner en pie el tedioso Concierto para dos pianos de Max Bruch, pastiche que no es sino un mediocre remedo del Doble concierto para clarinete, viola y orquesta, compuesto en 1911 para su hijo, el clarinetista Max Felix Bruch y el viola Willy Hess, luego adaptado -farragosamente- para dos pianos al objeto de atender un compromiso con sus amigas las pianistas Rose y Ottile Sutro. Tampoco ayudó el acompañamiento del alcoyano Jordi Bernàcer, que se olvidó del ayuno sonido de las Labèque y de la inmensa plantilla orquestal que tenía ante sí, algo que provocó que cada vez que asomaba la orquesta las pobres pianistas quedaran absolutamente enmudecidas.

Desde los primeros y grandilocuentes compases del concierto de Bruch, escuchados muy desequilibrados dinámica y rítmicamente, se constató el poco pulido y muy arreu trabajo. Ni siquiera la incuestionable calidad y cuidada preparación de los dos instrumentos de Pianos Clemente pudieron evitar la carencia de sonido y pulso de las publicitadas hermanas. Solo en los pasajes en los que la orquesta permaneció tácet fue posible percibir el discreto hacer interpretativo de las solistas, que pese a tener grabado el tostón bruchiano -con la Philharmonia de Londres y el director Semión Bychkov, esposo de Marielle; a partir de ahora, de este decepcionante ensayo general en València, lo tocarán por medio mundo-, parecía que lo tenían cogido con alfileres. Una y otra pudieron finalmente brillar en la propina regalada, un vistoso y más que agradecido crescendo perpetuo de Philip Glass, extraído de sus conocidos Cuatro movimientos para dos pianos, de 2008.

El concierto de Bruch fue, sin duda, lo más discreto de una actuación en la que la Orquesta de València, siempre dirigida por el alcoyano Jordi Bernàcer (1976) abordó, además, dos obras aparentemente tan disímiles como el Tríptic orquestral del también alcoyano Amando Blanquer (1935-2005) y la Tercera sinfonía, con órgano, de Saint-Saëns. Bernàcer, uno de los directores valencianos actuales de mayor proyección internacional, cuidó y atendió con esmero la escritura amiga y admirada de su paisano Blanquer, cuyos tres movimientos fueron estrenados por la propia Orquesta de València en 1985, como bien recuerda Joaquín Guzmán en las sabias notas al programa, y entre los que destaca el «serpenteante misterio» del coral central. Blanquer desluce el final de tan remarcable obra con el recurso fácil de una culminación «a bombo y platillo» que chirría con la «tímbrica transparente» de aires franceses que desprende el conjunto.

La segunda parte del programa estaba integrada toda ella por la multitudinaria sinfonía de Saint-Saëns, compositor rigurosamente contemporáneo de Bruch (nació tres años antes y murió uno después), pero de universo creativo rotundamente diferente. El color orquestal de Saint-Saëns, tan francés, tan post-berliociano y tan pre-impresionista, encuentra su mayor opulencia en esta sinfonía cargada de resonancias y sugerencias. Bernàcer, maestro riguroso y respetuoso, brindó una versión notable, incluso digna sucesora de la que a la misma Orquesta de València dirigió hace ya cuatro años -el 17 de mayo de 2013- el gran Michel Plasson. Incomprensible que el programa de mano omitiera el nombre del organista solista. ¿Saben ustedes quién diablos fue? La verdad es que tocó estupendamente.

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