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Entrevista

Plácido Domingo: "Hoy es imposible que sea el Intendente del Palau de les Arts"

«Músico», así a secas. Ni tenor, ni barítono, ni director de orquesta. Reivindica Plácido Domingo la condición de músico mientras posa toqueteando aceptablemente en el piano de su camerino en el Palau de les Arts la nada fácil «Fantasía impromptu» de Chopin.

Plácido Domingo, en su camerino de les Arts.

Plácido Domingo, en su camerino de les Arts. germán caballero

Madrileño de 1941, y quizá el español más universal de las últimas décadas, Plácido tiene el don de la abstracción. Ajeno al trajín de admiradores que pululan siempre a su alrededor, a sus 76 años, se le ve tan lúcido y dinámico como siempre. Físicamente incluso mejor, más delgado y bronceado, con aspecto excelente. «No se fie de las apariencias: hace unos días tropecé en casa, una caída tonta, pero me he hecho daño en la espalda y llevo así unos días, con Voltaren y mucha paciencia, pero sí, pese a todo puedo decir que disfruto una juvenil longevidad». Aquí en esta charla distendida y sin barreras, habla de todo sin tapujos ni reservas.

P Al repasar su relación con València, con el Palau de les Arts, sorprende que no exista ni una sola temporada en la que haya estado ausente. La relación de títulos en los que ha cantado es nutrida, suman diez óperas, a los que aún se añaden sus actuaciones como director de orquesta. ¿A qué responde este vínculo, esta fidelidad excepcional al Palau de les Arts?

R ¡Porque es una gran compañía de ópera! Este teatro ha tenido momentos difíciles, a pesar de que se formó estupendamente bien, con unos cuerpos estables que son realmente excepcionales: la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat. Y con un equipo humano de gran solvencia profesional. Estos elementos son el alma de cualquier teatro. Con este alma excepcional, con la estupenda acústica de la Sala Principal, con la cabeza de Helga Schmidt y la presencia de dos personalidades como Lorin Maazel y Zubin Mehta, se formó una orquesta de grandísima calidad, de enorme categoría.

P ¿Mantiene aún esta «enorme categoría»?

R Sin duda. Y ello a pesar de que muchos instrumentistas se han marchado, al no encontrar la continuidad y estabilidad necesarias. El hecho es que la orquesta sigue teniendo una gran calidad. Como también el Cor de la Generalitat, con mucha más experiencia, es mucho más longevo, con 30 años recién cumplidos. En fin, que todo contribuye a que sienta el Palau de les Arts y a sus gentes de un modo entrañable.

P Resulta inevitable hablar del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo. ¿Seguirá vinculado a él después de la abrupta dimisión de Davide Livermore?

R A mi me han llamado los políticos expresamente para hablar del Centre de Perfeccionament, y me han asegurado que lo quieren mantener. Es algo que me ha dado mucha alegría. Yo -lo he dicho muy claro- mientras me sigan queriendo y siga en activo, vendré encantado a València, como cantante, como director de orquesta, como cabeza del Centre de Perfeccionament, para todo lo que pueda resultar útil...

P ¿Hasta cuándo seguirá cantando?

R ¡Quién lo supiera! Ahora me siento bien, tengo compromisos hasta dentro de un par de años, o tres. Pero nunca se sabe. ¿Estaré cantando dentro de dos meses? Es un misterio. Yo mismo no lo entiendo. Soy el primer sorprendido de que aún lo esté haciendo, de que aún pueda cantar. Nunca pensé que pudiera llegar a esta edad con mi voz…

P Sorprende aún más esta longevidad vocal si se considera que usted tampoco ha sido nunca un cantante que haya moderado su ritmo de trabajo. ¡No ha parado nunca!

R Lo cierto es que tengo una gran longevidad, ¡una juvenil longevidad!, si me permite la expresión. En cuanto a lo de mi ritmo de trabajo, le voy a confesar una cosa: la gente cree que yo trabajo mucho, y no es cierto. Si pienso en lo que trabajaban mis padres [el barítono aragonés Plácido Domingo Ferrer y la soprano vasca Pepita Embil, figuras ambas de la zarzuela], que fueron paladines de la zarzuela, que hacían dos funciones diarias y tres los domingos, y terminaban las funciones del día y después, durante la madrugada, ensayaban las del día siguiente… ¡Aquello sí que era trabajar! Hay algo que me ha ayudado mucho a mantenerme con fuerza vocal y con más tiempo: el hecho de que, como estudié piano, pues me podía preparar las óperas yo mismo, sin tener que acudir a un repetidor, sin depender de él. Únicamente cuando he preparado óperas rusas y alemanas he tenido necesidad de recurrir a él, y más que nada por el tema de la fonética de esos idiomas que no domino. Pero han sido únicamente ocho óperas en todo mi repertorio las que he tenido que recurrir a un repetidor para su preparación.

P Tenor, barítono, director de orquesta, pianista, gestor teatral, director de Operalia… ¿Qué es verdaderamente Plácido Domingo?

R ¡Músico! Soy músico, y eso es lo que expreso, ¡pero no soy pianista aunque me haya usted pillado toqueteando la Fantasía impromptu de Chopin! [risas] Tanto al dirigir como al cantar aplico todo lo que he estudiado, toda mi experiencia, el haber crecido junto a generaciones de cantantes extraordinarios, como Birgit Nilsson, Giuseppe Di Stefano, la Tebaldi, Leontyne Price, Joan Sutherland…

P ¿Qué ambiciona con 76 años?

R Lo que más me entusiasma hoy día es cantar y dirigir. ¡Y seguir haciéndolo! Y ver cómo tantos cantantes que has ayudado, que has descubierto y en los que has creído van incorporándose a los repartos de los grandes teatros, como ocurre con tantos ganadores de Operalia [el concurso que él mismo fundó en 1993 para jóvenes cantantes], que hoy forman parte de la flor y nata de la lírica y con los que incluso frecuentemente comparto escenario..

P ¿No le apetece tumbarse a la bartola en su casa de Acapulco, olvidarse un poco del mundo y disfrutar del «dolce far niente»?

R Sí, ¡y tener tiempo para estudiar mucho! No, no, no ¡todavía no! ¡En absoluto! Mi vida, lo que más me gusta, es hacer precisamente lo que hago. ¡La hamaca en Acapulco tendrá aún que esperar! [risas]

P En cierta ocasión le pregunté a Alfredo Kraus qué papel le hubiera gustado hacer que por su vocalidad le resultara inaccesible. Me contestó, sorprendentemente, que Tristan. En su caso, por su inmensísimo repertorio, la respuesta supongo que es bastante más compleja…

R Creo haber hecho todo el repertorio que quería hacer. Por ejemplo, el mismo Tristan, que lo grabé, al estudiarlo me di cuenta que no, que no debía de hacerlo en teatro, que me iba a dejar la voz en él. Porque Wagner, para reflejar la inmensa desesperación del personaje de Tristan, escribió toda la tesitura de la ópera medio tono más alto del que te permitiría descansar, ir menos forzado.

P ¿Lo hizo así Wagner a mala leche?

R Lo hizo así para plasmar la desesperación del personaje, su tensión. Fíjese que creo que es la única ópera que se ha hecho con tres cantantes para un único personaje en la misma función: uno en cada acto. ¡Un Tristan con tres tristanes! El tenor que ha cantando con más facilidad Tristan fue Jon Vickers. Y pienso que el día que lo cante Jonas Kaufmann lo hará también reposado. Le voy a decir el porqué: el tercer acto, que es el más difícil, es en verdad masacrante, a menos que tengas por naturaleza una media voz que te ayude a cantar con ella al menos el 40 por ciento del tercer acto, y poder así descansar. Vickers tenía esa mezza voce. Kaufmann también. Por eso pienso que será un gran Tristan.

P Volvamos a València ¿Qué pensó cuando escuchó las declaraciones del secretario autonómico de Cultura, Albert Girona Albuixech, en las que descalificaba su apoyo a Davide Livermore al decir, refiriéndose claramente a usted, «no sé qué interés puede tener aquí lo que diga una persona que viene de fuera»?

R No, no, no lo valoro. La gente sabe cuánto he estado involucrado artísticamente en el Palau de les Arts desde el primer momento, mi vínculo con él y el afecto que le tengo.

P ¿No le dolieron, al menos escocieron algo?

R Después de esas declaraciones he hablado durante estos días con el conseller, con Vicent Marzà. Siento de verdad que esa persona, el señor Girona, desconociera mi vínculo grande con el Palau de les Arts. Pero no, no pasa nada. Quizá todo este revuelo tenga el efecto positivo de haber ayudado a que los políticos hayan tomado conciencia de la necesidad de mantener el nivel y proyección internacional del Palau de les Arts.

P En otros lugares le hacen hijo adoptivo y aquí le dicen que se calle, que es que usted no es de aquí. ¿No le entran ganas de coger las maletas e irse a otras geografías donde es siempre bienvenido y deseado?

R No, no, en absoluto. En València me siento siempre bienvenido y querido. Por el personal del teatro, por la orquesta, el coro, el público. En la calle. Y de verdad que pienso que esa opinión que usted menciona es sólo consecuencia del desconocimiento de una persona concreta de mi relación con València y con su teatro. Estoy en contacto con Marzà. Por fortuna, han cambiado completamente de idea sobre el Palau de les Arts. En estos días se ha producido un cambio sustancial. Y a mejor. Y a lo mejor, las palabras esas que dijo este señor, Girona, ayudaron de alguna manera a que la gente se concienciara de la importancia capital del Palau de les Arts como símbolo de cultura y progreso.

P ¿Le ha ofrecido estos días el conseller Marzà venir al Palau de les Arts como Intendente, director artístico, asesor o algo parecido?

R Estos días he escuchado eso de «si usted viniera…, podríamos ver…, vamos a ver…». Mi respuesta ha sido: «Mire, yo, de venir, estaría en una situación mucho más difícil que la de Davide [Livermore]. Porque él salía de vez en cuando, pero es que yo estaría todo el tiempo ocupado, viajando continuamente». Así se lo transmití a Marzà: «Si estuviera retirado, me quedaría aquí desinteresadamente, porque es un teatro que me llena y que lo quiero mucho». Le dije que quien venga tiene que tener una gran experiencia, porque en la ópera no se puede improvisar. Y que no piensen que tiene que ser un valenciano. La ópera es un lenguaje universal, una cultura universal que no conoce de fronteras ni localismos. Les dije, también, que conozco algunas personas que pueden dar el perfil, y que con mucho gusto les puedo dar los nombres o establecer los contactos que precisen.

P ¿Ha dado ya esos nombres? ¿Ha sugerido ya candidatos?

R Si algún día los necesitan, y quieren hacer un concurso, yo con placer les daré nombres de personas que considero válidas. Pero sí hacen el concurso, el problema es ¿quién va a juzgar? ¿quién será el juzgador? Mi ayuda es, desde luego, total. Por otra parte, le he insistido a Marzà que es muy importante que él, como conseller que es, venga al Palau de les Arts. De hecho el miércoles vino a la función. También la vicepresidenta, Mónica Oltra. Es imprescindible que tomen conciencia que es un proyecto internacional que escapa a cualquier coyuntura puntual. La orquesta necesita tener su trabajo fijo. De momento creo que hay 52 músicos, cuando la formó Lorin eran 92. Todo esto hay que ajustarlo a las necesidades reales actuales. Creo que podríamos estar hablando en la actualidad de alrededor de 70 profesores. En cualquier caso, lo importante es que sea una orquesta fija, con sus músicos seguros de sus puestos de trabajo.

P ¿Podría ser Plácido Domingo el propio director musical?

R Estoy aquí para lo que haga falta. Se lo dije claramente al conseller Marzà: esta crisis no tendría que haber durado más de diez días. La gente tiene que estar tranquila, y usted tiene que tranquilizarla. Tiene que decir que siguen pensando que éste es un gran teatro, una gran compañía de ópera. Y que así, quien vaya a venir, que sea la persona más adecuada, y que todo esto siga siendo como ha sido hasta ahora.

P Este verano dirigirá «La valquiria» en el festival wagneriano de Bayreuth. Será así el primer director de orquesta español que baje al legendario foso wagneriano. ¿No le impone tal responsabilidad?

R El primer sorprendido de dirigir en Bayreuth soy yo. Me llamó Katharina Wagner [bisnieta de Wagner y directora del festival], y por supuesto acepté encantado. De hecho me telefoneó para dirigir Parsifal, y dije inmediatamente que sí. Luego, por conveniencia de reparto de títulos, me dijo si no me importaba dirigir La valquiria en lugar de Parsifal, y yo le respondí que sin ningún problema. Tengo una gran ilusión, y más que «imponerme», como usted dice, lo que me inspira es un enorme respeto.

P ¿Qué cantará el próximo año en València?

R El año que viene está un poco complicado. Siempre vengo a València por estas fechas. Pero el año que viene es el centenario del Tríptico de Puccini, y voy a cantar el papel de Gianni Schicchi en el Metropolitan de Nueva York. Así que no tengo tiempo para hacer una ópera completa en València. Pero estoy pensando buscar un título en el que yo pueda hacer dos o tres funciones, o, si no, hacer una gala especial con dos o tres actos de diversas óperas.

P Una confidencia: ¿cuándo canta como barítono, no le dan ganas de dejar su personaje y pasarse al del tenor, como estos días en València con «Don Carlo»?

R No, no. Hay algunos papeles de barítono que no hago porque los de tenor fueron muy especiales para mí. Por eso no canto Scarpia, que sería traicionar un poco mi Cavaradossi, o Yago, personaje fantástico, pero que tengo confinado por el recuerdo de mi Otello. En Don Carlo no me ocurre porque el personaje de Rodrigo es una preciosidad tan excepcional. Lo que a veces sí me ocurre es que estoy a punto de colarme en la frase del tenor, y es peligrosísimo. ¡Tengo que frenar ese instinto natural de cantar la parte del tenor!

P Hace años se habló de usted como posible candidato a la alcaldía de Madrid. ¿Le sigue interesando la política?

R Aquello fue una tontería. Me preguntaron si estaría dispuesto a ser alcalde de Madrid. Y yo respondí sin la más mínima intencionalidad «que a quién no le gustaría ser alcalde de su ciudad y ponerse al servicio de sus conciudadanos». Aquello se sacó de madre y publicaron que estaba negociando presentarme a la alcaldía de Madrid. Algo absolutamente falso, claro. No, no, aquello fue una broma sin el más mínimo fundamento. ¡Soy músico, no político!

P ¿Cómo lo de Intendente del Palau de les Arts?

R Cada cosa en su sitio. Pero ya le he dicho que hoy por hoy no es posible.

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