Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ley Mordaza

Contra los límites del humor, sonrisas hasta el infinito

Los humoristas gráficos reprueban la creciente presión que ejercen la «ley Mordaza» y la corrección política sobre su trabajo - Destacan la susceptibilidad de muchos colectivos cuando se ironiza sobre ellos

Contra los límites del humor, sonrisas hasta el infinito

Contra los límites del humor, sonrisas hasta el infinito

La expresión «pánico a la hoja en blanco» ha servido tradicionalmente para designar el vértigo del escritor en el instante de comenzar un libro. Pero a veces las tradiciones evolucionan, las expresiones se transforman y acaso ahora «pánico a la hoja en blanco» podría describir el temor de los humoristas gráficos a la hora de verter su ingenio en un DIN-A3.

Porque si los 80 fueron malos tiempos para la lírica, este nuevo milenio está resultando particularmente aciago para la sátira. Las amenazas y atentados islamistas contra quienes osen caricaturizar a Mahoma, el lápiz rojo con forma de «ley Mordaza» y el nuevo orden moral de lo políticamente correcto han venido para quedarse... pendiendo cual espada de Damocles sobre los dibujantes de humor.

Estas cuestiones también sobrevolaron el cónclave que parte del gremio -es decir, la asociación FECO España- celebró el pasado viernes en la Universidad de Alicante, con motivo de la Muestra de Humor Social que permanecerá hasta el 15 de junio.

«En la actualidad es mucho más difícil ser humorista gráfico que antes». Quien así de rotundo se pronuncia es Enrique Pérez, presidente de FECO España y comisario de la exposición. «La censura franquista te imponía una línea que te marcaba qué no podías decir -argumenta el dibujante alicantino-. Ahora, la corrección política no te prohíbe expresamente nada, pero te hace saber que hay ciertas cosas que no se deben decir a menos que quieras exponerte a un huevo de problemas».

Su colega Ortifus (o Antonio Ortiz), viñetista de Levante-EMV, considera que con el franquismo «tenía claro no tocar religión y militares. Ahora se ha extendido el abanico de agraviados y hay mas colectivos que se ofenden por todo aquello que está tratado con ironía, sarcasmo... Solo lo aceptan cuando ridiculizamos al enemigo, pero no a uno mismo».

Las respuestas serán tan reiteradas como consultas se realicen. Quique (o Enric Arenós), el dibujante investido este año Notario del Humor por la Muestra de la UA, afirma que «desde hace unos pocos años es más difícil ser humorista gráfico. Los estamentos jurídicos y el poder político están haciendo más complicado crear humor, pero no es comparable con el franquismo, que establecía una barrera insuperable. Entonces no había libertad». Por otra parte, sostiene, «la corrección política es una censura, pero menor. Y el yihadismo ya es directamente una pena de muerte».

Entretanto, Juli Sanchis («Harca» en sus viñetas y vicepresidente en FECO), afirma que «dificultades para nosotros siempre ha habido. Antes era la censura y hoy es la autocensura». Y ésta, asegura, «es fruto de una ´ley Mordaza´ que persigue lo que no es políticamente correcto. Y esta ley es lo que más nos condiciona».

Hablar de los límites del humor es tanto como debatir sobre las fronteras de la libertad de expresión y preguntarse si, hoy en día, esas fronteras tienen concertinas que impidan molestar a los ultrasensibles de turno o a dicha ley. Que la cuestión es flagrante lo muestra el hecho de que rara es ya la entrevista a profesionales que no incluya alguna pregunta al respecto. Lejos queda la ingenua interrogante de «¿qué se hace antes, el dibujo o el guion?».

La polémica ha llevado a algunos autores a realizar un inusual ejercicio de introspección en redes sociales, revistas o incluso libros. Así, «Qué es el humor?» (Astiberri) es una reflexión coral de varios dibujantes (precisamente los exiliados de El Jueves tras la censura editorial a una portada sobre la coronación de Felipe VI). También Darío Adanti ha publicado un ensayo gráfico que, con el elocuente título de «Disparen al humorista», analiza en profundidad la importancia del contexto en el humor y reivindica la sátira como elemento nuclear de la libertad.

Precisamente ese contexto es algo que internet ha dinamitado: «Chistes que antes soltabas en el bar se quedaban ahí y no pasaba nada, fueran buenos o malos, políticamente correctos o no. Los decías una vez y se acabó» apunta Enrique. Y añade: «pero ahora no. Ahora con internet se recupera todo, y un chiste que contaste diez años atrás te lleva a un proceso judicial. Y el caso es que luego son sobreseídos». Aunque mientras llega ese sobreseimiento, el autor de la ocurrencia ha catado la hiel de la maldición «pleitos tengas y los ganes».

Pero en tamaña pandemia de ofendiditis también surgen algunos casos inmunes. Harca cita un par: «Chapeau por Irene Villa y su reacción ante los tuits jocosos sobre el atentado etarra que sufrió, porque los identificó como lo que eran: humor». La Audiencia Nacional también lo vio así y absolvió al autor, el edil Guillermo Zapata. El segundo caso lo protagoniza «una nieta de Carrero Blanco que entendió que los tuits satíricos sobre el asesinato de su abuelo sólo eran humor negro», recuerda Harca. También lo juzgó así la Justicia, si bien la bola de nieve la tuvo que detener el mismísimoTribunal Supremo. Pero mientras, Cassandra Vera, la autora del gag, fue víctima de un exorcismo en ciertos medios de comunicación y en las redes sociales por unas ocurrencias como las que en su día ya tuvieron Tip y Coll

El humor negro, en retroceso

Los vacunados contra la ofendiditis antes debían de ser más, según Enrique: «Donde mejor se ve el retroceso es en el humor negro. Gila o Chumy Chúmez hicieron grandes viñetas sobre ciegos o amputados, por ejemplo, y nadie se sentía ofendido. porque todos entendían que la intención no era burlarse. Ahora cualquier chiste sobre identidad, sobrepeso o sexo pueden conllevar una polémica».

Bien lo sabe él, que vivió atónito cómo la Universidad Miguel Hernández de Elche retiraba en 2015 su patrocinio al Certamen Nacional de Tunas de Medicina, al determinar que el cartel resultaba sexista. En la imagen figuraba una sirena de espaldas en el agua, con un seno parcialmente visible, mientras en la orilla le cantaban unos tunos.

«Era un dibujo totalmente inocente. Las sirenas siempre se han representado así», advierte el autor. Y para calibrar el veto, aporta un dato: «hay un corto de Disney, titulado La Sirenita· de los años 40, donde a la protagonista no sólo se le veían los pechos, sino tambìén el culo, bajo el cual ya comenzaban las escamas». No obstante, Enrique advierte que actualmente las críticas al humor pueden llegar tanto de sectores progresistas como de conservadores.

Para Ortifus, «el humor ha de ser transgresor o deja de ser humor, pero la habilidad del humorista para ser más sugerente que evidente puede salvar esa situación». O parafraseando el lema de la revista La Codorniz: el humor audaz frente al lector más susceptible.

Claro que, para susceptibilidad, la de la «ley Mordaza». «Es abominable desde todos los puntos de vista. Nunca un país democrático se la puede permitir», esgrime Quique. Del mismo parecer es Harca, quien sostiene que «la ley Mordaza es la incapacidad de los políticos de resolver los problemas».

¿Y cómo andarán los políticos de sentido del humor? «Tienen muy poco -responde Harca-. Aguantan mejor que se les ataque en un artículo que una viñeta que los deje en evidencia. La izquierda puede ser más tolerante, pero tampoco les hace gracia el humor sobre ellos».

Sin embargo, pese a esta pesimista visión del patio, en el fondo de Harca, como quizá en el de todos sus colegas, parece anidar un alma optimista. No en vano este autor declara que «con una viñeta no puedo hacer que el mundo sea mejor, pero sí que espero que sea un poquito menos peor».

Compartir el artículo

stats