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Explosión de ilusión

El director Paclo Heras Casado junto a la pianista Gabriela Montero. Live Music Valencia

Tocó con nervio, pulso, implicación y ganas la Orquesta de València en su segundo concierto de abono. La presencia en el podio del granadino Pablo Heras Casado (1977) ha sido el detonante de tan necesaria explosión de ilusión y ánimo. Heras Casado, protagonista de una meteórica carrera que le ha llevado a las mejores orquestas y teatros, ha desembarcado por primera vez ante los profesores de la OV con un programa en absoluto resultón ni fácil, centrado en la extensa Tercera sinfonía de Bruckner y preludiado por el Primer concierto para piano de Beethoven, del que fue insólita solista la venezolana Gabriela Montero.

Heras Casado no es un director de gesto elegante ni estudiado. Menos aun «de espejo». Su presencia ante la orquesta está alejada -como la de su mentor Pierre Boulez- de la expresividad a flor de piel de maestros como Temirkánov o Celibidache. Tampoco tiene la elegancia inalcanzable de un Giulini o la sutileza meticulosa de un Maazel. Su fuerza radica en la convicción de sí mismo y en la total involucración de lo que tiene entre manos. También en la transparencia sin monsergas con la que transmite a los profesores su voluntad musical, y en la creación de una técnica y modos gesticulares que tienen el impulso de lo propio y genuino.

De ahí, de su buen trabajo en los ensayos y de la natural y franca comunicatividad con los músicos, que su buen hacer haya prendido con tanto entusiasmo en una orquesta tan hastiada de engolamientos y actitudes huecas. Fue un Bruckner directo y sin divagaciones. Nítido y sin metafísicas. Cabal y vivo. Centrado en la atracción escuetamente musical y no en elucubraciones más o menos previsibles. Objetivo y directo. La sinfonía más wagneriana de cuántas compuso Bruckner («Al celebérrimo, inigualable y sublime maestro de la Poesía y de la Música», escribió en la dedicatoria de la partitura) encontró en los brazos del wagneriano PHC un servidor fiel, efectivo y entusiasta, de gestos rotundos y francos, pero sabedor también del arte fino de cuidar las efusiones y delicadezas populares, que asomaron con particular relieve en el lento, lírico y concentrado segundo movimiento.

Pocas veces se ha escuchado la cuerda de la Orquesta de València tan empastada, densa, redonda, dúctil y equilibrada como el jueves. Fue una versión en la que triunfaron con rotundidad las diversas secciones de cuerda, con un sonido abierto, decidido y cuidadosamente compensado. Los vientos, particularmente las maderas, lucieron sus acostumbradas calidades, mientras que las generosas intervenciones de los metales -de tan capital importancia en el sinfonismo bruckneriano- quedaron desdibujadas en ocasiones por evidentes patinazos individuales. El pulso métrico de los timbales de Javier Eguillor contribuyó a cohesionar y arquitectonizar la notable reconstrucción sinfónica liderada por Heras Casado en una de las más felices tardes de la Orquesta de València.

Antes de este Bruckner para el recuerdo, Gabriela Montero (1970) pianista voluptuosa, brillante y pequeña remota heredera de su inalcanzable y legendaria paisana Teresa Carreño, se equivocó al adentrarse en los compases tempranos y aún casi clásicos del Primero de Beethoven. Cierto es que logró contener y calibrar su acelerado temperamento caribeño, así como templar su contundente sonoridad. También afinar su pianismo no dado al preciosismo orfebreril ni a la mesura clasicista. Pero faltaron colores, registros, gradaciones dinámicas, elegancia y estilo. Todo se desbarató en la cadencia supuestamente improvisada, donde la libertad que es naturaleza de ser dio pie a unas sonoridades, octavas y regodeos que aún dentro de la licencia que permite la cadencia, hicieron que el concierto beethoveniano se saliera completamente de madre. A destacar el meticuloso y preciso acompañamiento brindado por el maestro granadino, desnudo de vibrato en una sección de cuerda reducida a la mínima expresión (8-6-4-3-2). A pesar de la contención y la pericia instrumental de Eguillor, el contraste de los modernos timbales utilizados chirriaba con una sonoridad empeñada en reproducir las originales.

La Montero tuvo la virtud de cuidarse muy mucho en el bis de no soltar ningún discursito antichavista ni antibolivariano, como tiene por costumbre, aunque a punto de ello estuvo cuando alguien del público le tarareó la popular canción venezolana Alma llanera, tras -como hace siempre- proponer a los presentes que le sugirieran algún tema conocido para desarrollar una improvisación sobre el mismo. «Ok, vaya por los venezolanos, que lo están pasando tan mal», se limitó a decir micrófono en mano con su cálido acento caraqueño, y tras la acostumbrada retahíla de «estupendos» (la estupenda orquesta, el estupendo maestro Pablo, el estupendo público, la estupenda sala, la estupenda Valencia?»). Cumplidos ya todos los estupendos habidos y por haber, la pequeña heredera de la eterna Teresa Carreño improvisó una vez más sobre el famoso joropo de Pedro Elías. Exactamente como ha hecho una y mil veces a ambos lados del Atlántico. El público, encantado de la vida, claro.

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