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Casaro, el último pintor de películas

Renato Casaro emula a  Kevin Costner en «Bailando  con lobos».

Renato Casaro emula a Kevin Costner en «Bailando con lobos».

Cuando Quentin Tarantino, que lo sabe todo sobre cine, quiso documentar en «Érase una vez en… Hollywood» el periodo que el actor-en-horas-bajas Rick Dalton (Leonardo DiCaprio) pasa en Italia y España protagonizando eurowésterns, pensó en las ilustraciones de Renato Casaro. Es muy probable que este nombre signifique poco o nada para todos aquellos que no pertenecen al reducido círculo de aficionados al cartelismo cinematográfico, pero entre estos últimos Casaro (Treviso, 1935) es poco menos que una deidad olímpica. Un héroe con pinceles y aerógrafo en un mundo de ordenadores y Photoshop. El último pintor de películas.

«L’ultimo uomo che dipinse il cinema» es justamente el título del documental que el director italiano Walter Bencini ha dedicado a la figura y la carrera de Renato Casaro. El filme se proyectó en el festival de Sitges, y sirvió como pretexto para partir en busca de este artista único, responsable sin cámara de algunas de las imágenes más icónicas del cine comercial de los años 80, y recrear, siguiendo el hilo de su testimonio, la época dorada en la que las películas se presentaban a los ojos de los potenciales espectadores a través de sus carteles y estos se hacían a mano. Un mundo perdido, como tantos otros.

«Hemos hecho la película para enseñarles a todos esos ‘freaks’ del Photoshop cómo se trabajaba antes», afirma Casaro entre zumbón y desafiante desde su casa de Treviso, ciudad a la que ha regresado recientemente después de vivir en Marbella durante casi una década. Y eso que las mudanzas, en su caso, no son fáciles, porque, a diferencia de la mayoría de compañeros de profesión, Casaro conserva, cuidadosamente archivados, los diseños originales y los bocetos de casi todos los pósters que ha hecho a lo largo de su carrera. Y son más de 2.000.

Clásicos absolutos 

Entre estos, destacan varias decenas de diseños que solo cabe catalogar como clásicos absolutos del arte del cartel: «Hasta que llegó su hora» (1968), «Le llamaban Trinidad» (1970), «Flash Gordon» (1980), «Conan, el bárbaro» (1982), «Octopussy» (1983); «Dune», «Érase una vez en América», «Cotton Club» , «La historia interminable» (1984); «Los señores del acero» (1985); «El último emperador», «El corazón del ángel» , «El chip prodigioso» (1987); «Bailando con lobos», «El cielo protector», «Nikita, dura de matar» (1990);… Títulos que abarcan todo tipo de géneros cinematográficos y las más diversas técnicas pictóricas.

«A lo largo de 40 años de carrera he hecho de todo -señala-, pero sobre todo me llamaban para hacer carteles de películas de acción, de ciencia ficción y wésterns, porque siempre he tenido facilidad para pintar escenas en movimiento. Y animales. ¡Es fundamental pintar bien los caballos si quieres que te encarguen el póster de un wéstern! No tener miedo a probar ideas y técnicas nuevas es lo que me ayudó a tener una carrera larga, y ese riesgo es algo que echo en falta en los carteles de ahora».

Esa carrera larga de la que habla Casaro ha sido la esforzada materialización de un sueño de infancia; el del pequeño Renato, un niño de la posguerra italiana fascinado con «Tarzán» (W. S. Van Dyke, 1932) y «La diligencia» (John Ford, 1939) que casi a diario, al volver de la escuela, se plantaba en el cine Garibaldi de Treviso no para ver las películas sino para extasiarse admirando los carteles. «Cuando los cambiaban, pedía que me dejaran los antiguos y me los llevaba a casa para estudiarlos y copiarlos. Así empezó todo».

Fue precisamente el propietario del cine Garibaldi quien le recomendó que se mudara a Roma si quería dedicarse en serio al diseño de carteles. En aquel tiempo de búsqueda de un estilo propio, Casaro sentía particular admiración por el trabajo de Angelo Cesselon, Ercole Brini y el alemán Hans Otto Wendt, aunque su artista predilecto era el ilustrador estadounidense Norman Rockwell («era el mejor, y fue una lástima que no trabajara nunca para el cine», apunta). Tras un breve periodo en el estudio de Augusto Favalli, donde forjó una fructífera alianza creativa con Renato Fratini, Casaro se estableció por su cuenta y empezó a trabajar para pequeñas productoras y distribuidoras en películas de serie B, lo que le permitió experimentar y ampliar los márgenes de su paleta como artista.

Un encuentro decisivo

A mediados de los años 60 se produjo un encuentro con el productor Dino de Laurentiis que acabaría determinando el signo de su carrera. «De Laurentiis fue importantísimo para mí. Nos conocimos en Roma y al poco tiempo me propuso trabajar para él en la colosal superproducción «La Biblia» [John Huston, 1966]. Yo apenas tenía 30 años y aquello supuso un reto magnífico. En aquel momento fue cuando pensé que había logrado realizar mi sueño».

En realidad, era solo el principio. De la mano de Dino de Laurentiis, Casaro dio el salto al mercado internacional con algunos de sus trabajos más populares («Flash Gordon», «Conan», «Dune», «El ejército de las tinieblas»…) al tiempo que empezaba a colaborar con creadores tan reverenciados e insobornables como Sergio Leone, a quien conoció por mediación de su gran amigo Terence Hill (A Hill y Bud Spencer les gustó tanto el cartel de «Le llamaban Trinidad» que rodaron de nuevo la primera escena del filme para incorporar algunos detalles de la ilustración)

«Trabajar con Sergio Leone fue una gran experiencia, personal y profesional -rememora Casaro-. Siempre resulta especial colaborar con alguien con quien te entiendes bien sin necesidad de hablar demasiado». Después de encontrar plenamente satisfactorio el trabajo que el ilustrador hizo para «Hasta que llegó su hora», Leone le encargó diseños para «Mi nombre es Ninguno» y «Érase una vez en América» y le pidió asimismo que hiciera carteles nuevos para los filmes de la trilogía del dólar con el fin de aprovechar la creciente popularidad de Clint Eastwood en todo el mundo. Casaro participó asimismo en el desarrollo de ideas visuales para un proyecto de miniserie televisiva llamado «Colt» que Leone guardaba en el cajón cuando le sorprendió la muerte en 1989.

2019, el mejor momento

Quentin Tarantino tenía bien presentes las incursiones de Renato Casaro en el «spaghetti western» cuando le propuso regresar al cartelismo cinematográfico y convertir en realidad de papel y pincel los filmes inexistentes del ficticio Rick Dalton. «La llamada de Tarantino fue mi mejor momento personal del 2019 -ríe Casaro-. Él es un enorme profesional y sabía perfectamente lo que quería y lo que podía esperar de mí, de manera que las condiciones de trabajo fueron perfectas. Un placer absoluto». A sus 85 años, Renato Casaro sigue pintando y soñando con el cine.

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