Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Algo personal

El hombre del reloj

El hombre del reloj

El hombre del reloj

El tiempo que vivimos es un tiempo de ventanas abiertas, aunque nos helemos de frío porque es invierno. Nunca una ligera brisa fue tan bienvenida. Si estás cerca del mar o la montaña, ese soplo dejará una ligera roncha colorada en la cara, como un punto acelerado de acné adolescente. Si lo que hay abajo, en la calle, es un alboroto de autos ahora miedoso o en sordina, entrará en casa una ligera sensación de pegamento, aunque más vale ahora ese olor a goma quemada que el picotazo traicionero del pangolín. Llevamos muchos meses esperando una miaja de luz en este porvenir que, como decía Ángel González, lo llaman porvenir porque no llega nunca. Bueno, algún día llegará y cerrará las bocas de esos negacionistas que en sus periódicos y sus cadenas de radio y televisión nos dicen que lo del virus es una mentira del gobierno, como si tanto dolor y tanta muerte estuvieran sucediendo solamente en nuestra imaginación.

Algún día volverán los abrazos, y el daño que hemos sufrido, ya irremediable, pasará a formar parte de nuestras vidas como una cicatriz que nos recuerde lo mejor de quienes se quedaron en el camino y ojalá, también, lo mejor de nosotros mismos en los momentos más duros de la pandemia. Una manera de intentar entender lo que está pasando es contarlo. Conozco a gente que nunca escribió una línea y está escribiendo ahora lo que le pasa, no para los demás, sino para ella misma. Es como leer en voz alta, aunque no estés con nadie, ese poema que alguna vez fue sólo un susurro y ahora, de repente, suena casi tan alto como el grito mágico, casi clandestino, que Clare Torry nos dejó en la canción The great gig in the sky, de los Pink Floyd. Escribir no cura ninguna herida, pero alivia la desazón que esa herida nos provoca. Por eso, tal vez, se puso a escribir Emili Piera lo que sentía cuando el virus aún no era lo que luego descubrimos que era de verdad. Arranca de lo que le preguntaron unos amigos: «Per què no escrius d’això?». Y para responder a esa pregunta, ha escrito y publicado, el gran periodista y amigo de no sé cuántas guerras (no sé si casi todas perdidas), Diari de la plaga (el petit editor).

Escribir es como leerte en voz alta lo que vives y lo que ves vivir. A veces, más lo que ves vivir que lo que vives. No te encierras en casa para darte el gustazo de pensar que eres el rey del mambo. Al revés, escribir es convertirte en ese músico de la orquesta que siempre, como Ringo Starr, se queda en la parte más en sombra del escenario, en el tipo que nunca destaca entre los bocazas de la pandilla, en el soldado del Cid que se olvidó de quitarse el reloj y bien que lo enseñaba en la batalla que se rodó en la playa de Peníscola, en aquella película con Charlton Heston y Sofia Loren de protagonistas principales. Hay en lo que escribe Emili Piera una mezcla perfectamente equilibrada de cosa seria y de ironía, una ironía que, cercana a ratos al humor, nos hace todavía más creíbles las historias que nos cuenta.

El Diari de la plaga empieza el 13 de febrero y acaba el 16 de junio de este maldito año de la peste. Nos preguntábamos en esos meses, y hasta ahora mismo, si aprenderíamos algo de este profundo y doloroso desasosiego. Al principio pensábamos que sí, que el sufrimiento deja en forma de huella una cierta vocación por el aprendizaje. «El dolor es el gran maestro que nos enseña», escribe Marta Portal en esa magnífica novela que es A tientas y a ciegas, con la que ganó el Planeta en 1966. Luego fue pasando el tiempo y poco a poco nos fuimos convenciendo de que no hay una receta exacta para cambiarnos de sitio la conciencia. No resulta fácil, en medio de ese individualismo atroz que nos invade, compartir nada con nadie: ni siquiera el dolor. Cada cual a su bola. «Ande yo caliente y ríase la gente», que decía el poeta. Bien que lo explica Emili Piera en una de las líneas más urgentes del libro: «Aprendre és revisar les nostres conviccions…» ¿Lo quieren más claro? Pues no se corten y pónganse sin tregua a la faena. A lo mejor, digo yo, vale la pena pensar que no somos los reyes del mambo. ¿O piensan ustedes que sí y quieren ser Charlton Heston en vez del pobre hombre del reloj? ¡Ay, señor!

Compartir el artículo

stats