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MÚSICA CRÍTICA

Ausencia y presencia

La compositora Claudia Montero. | E.RIPOLL

La compositora Claudia Montero. | E.RIPOLL v.contreras. valència

Hace justo seis semanas se ausentaba Claudia Montero (Buenos Aires, 1962-València 2021), quien el pasado año había tomado el relevo de Francisco Coll, como compositora residente en el Palau de la Música de València.

Nada más apropiado que devolvérnosla a través de una página suya, Ausencias, para orquesta de cuerdas. Se trata de una corta pieza donde se condensan melodías, ritmos y cadencias que le eran propios por sus orígenes y vivencias y por cuyas costuras se filtran ecos y colores de otros grandes maestros argentinos. Como creadora, Montero prefirió situarse en una estética muy personal sin atrevimientos innecesarios que la separaran de su entorno más propio. RamónTebar trató la selección de cuerdas de la OV con voluntad y respeto mudando esa ausencia en tangible presencia, como lo está en tantos países donde se interpreta su música. Quedan sus obras, sus grabaciones tan galardonadas y el recuerdo de una profesional que hizo de València, su segunda patria.

Asiduo invitado en el Palau de la Música, el violinista alemán Frank-Peter Zimmermann, eligió el poco interpretado Concierto en re menor, de Schumann, obra no tan atractiva y/o agradecida que las de Beethoven, Mendelssohn, Brahms o Chaikovski. En principio, el solista renano había programado dos piezas mucho más sugestivas: la Rapsodia nº 1 de Bartok y la Suite Concertante (1944), de Martinu, pero la logística instrumental de ambas partituras no permitían cumplir con lo dispuesto en la actual situación sanitaria y hubo que modificar el programa.

Zimmermann es un virtuoso internacional, con musicalidad desbordante quien, en su entrega del único concierto para violín de Schumann, (quedará como modélica la grabación de Szeryng y Dorati, junto a la London Symphony en 1964) siempre encontró un perfecto equilibrio entre el sentimiento y la técnica. Así se le escuchó, acercando su arco casi hasta el rostro del maestro Tebar como para llevarlo a su terreno, acotándolo con el fin de reducir cualquier posibilidad de riesgo.

Su sonido, hermoso y y contrastado, no es excesivamente grande pero una vez más se comprobó que menos es más. Quizá la OV pudo haber tenido mas protagonismo pero las mamparas interpuestas a la madera y los metales limitaron redondear sonoridades. El segundo movimiento, Langsam/Lento, permitió demostrar por qué Zimmermann está considerado como uno de los grandes del violín contemporáneo. Grandes ovaciones lo devolvieron al escenario confirmando su capacidad de emocionar con un sencillo pero grandioso Largo, de Bach.

Sustituir Bartok y Martinu por un Schubert archi tocado y super escuchado, sin duda restó interés y asistencia el concierto. La Cuarta Sinfonía, en do menor fue una obra escrita a los 19 años aunque estrenada en 1849, casi 20 años después de la muerte del compositor quien le asignó el título de «trágica». Mucho había sucedido y evolucionado en el mundo musical. Obra densa y vigorosa , en la cual Tebar se esforzó en pulir las distintas aristas de la partitura, impulsando con gracia el Allegretto vivace/Menuetto, y controlando toda la carga instrumental el Allegro final.

Se supone, pues, que dadas las restricciones del actual momento pandémico, muchas obras programadas para el resto de la temporada podrían caer de los atriles. Baste recordar la 4ª, de Bruckner, la «Titán», de Mahler o el Concierto para 2 pianos, de Martinu, todo ello material de gran envergadura que, quizás, obligue a pensar en un replanteamiento de la programación. Que sea para bien.

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