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MÚSICA CRÍTICA

"¿Necesitan ir albaño?"

"¿Necesitan ir albaño?"

"¿Necesitan ir albaño?"

Juan Diego Flórez (Lima, 1973) tenía al público metido en el bolsillo antes incluso de hacer correr su voz de oro. Apenas irrumpió el viernes en la negra y abigarrada escena del Teatro Principal, se escuchó desde las alturas a alguien que le soltó un inoportuno «¡Bravo!». El frío ambiente del escenario, compartido con una muy desajustada y fallona Orquestra de València y Ramón Tebar -¡esa obertura de Nabucco fue casi para taparse los oídos!-, contrastaba con el calor de una platea y palcos casi abarrotados de un público entregado y con ganas de disfrutar de su ídolo.

¡Y vaya que si disfrutó! De la música y de lo demás. Tan generoso el divo en los bises como siempre, al final no faltó la guitarrica, el Cucurrucú, los guiños al público y su verbo fácil y cercano. Un divo que, además de tener una de las voces más perfectas y mejor cuidadas del universo belcantista, sabe latín y lo que haga falta. Con el canto y con la palabra. «¿No tienen ganas de ir al baño después de tanto tiempo de concierto?». Se trabaja y gana maravillosamente al respetable, que lo piropea y le habla como si fuera un torero o una estrella fugaz de Eurovisión. Y a él le va la marcha. Todo resultaría esperpéntico de no estar envuelto por una pátina de calidad y de un modo de cantar que en la actualidad es único y quizá incomparable.

A Juan Diego Flórez se le pueden reprochar mil cosas, desde la reiteración una y otra vez de las mismas arias y romanzas -¿cuántas veces le hemos escuchado ya en València idéntico repertorio?-, a su alergia a los ensayos, o su tendencia cada vez más acusada a la exageración, a un amaneramiento que, sin embargo y por fortuna, reprime en los fragmentos más dramáticos, como en la belcantista aria «Fra poco a me ricovero», que canta Edgardo en la escena final de Lucia de Lammermoor, y que supuso, además de uno de los grandes momentos del programa, una de las escasas novedades del mismo, junto con juveniles arias rossinianas de Il signor Bruschino y La pietra del paragone.

El Duque de Mantova de Rigoletto estuvo presente en el programa y también en la generosa tanda de propinas. Primero con un muy gesticulado «Questa o quella» y luego con una «La donna è mobile» cuyos excesos y exageraciones solo caben en el marco ancho y libre del regalo. Impecable, limpio y pleno de empuje y pureza vocal el aria de Alfredo del segundo acto de La Traviata. Como también su Gounod, quizá hoy insuperable desde el recuerdo siempre vivo de Alfredo Kraus, representado por dos «bombones» (palabra del tenor canario) como el «Ah! Lève-toi, soleil!», de Romeo y Julieta, y el «Salut! Demeure chaste et pure», de Fausto. Quizá no es exagerado afirmar que nadie mantiene hoy la pureza del canto krausista como el tenor limeño. Insuperable una vez más -¿cuántas ya?- el Nemorino fascinado de «Una furtiva lagrima», joya que él sigue cantado como nadie.

Alfredo Kraus siempre dijo que su incursión puntual en La Bohème de Puccini fue uno de los contados errores de su carrera perfecta. Juan Diego Flórez, listo como el hambre, posiblemente sabe bien de los peligros que puede conllevar cualquier aproximación al repertorio de corte verista. Sin embargo, no evitó la tentación de volver a cerrar su recital con una «Che gelida manina» -ya la cantó en el Palau de la Música, en febrero de 2017, donde incluso se envalentonó con el «Nessum Dorma!» de Turandot, que regaló como propina en su recital de mayo de 2019-. Fue un Rodolfo belcantista, exagerado hasta el almíbar, pero dicho con esa bellísima y fascinante línea de canto que solo un príncipe del belcanto puede hacer. No sé qué hubiera pensado el rey Alfredo Kraus de su más cercano heredero. Desde luego, si hubiera escuchado la gracieta de lo de ir al baño, él mismo tendría que haber ido precipitadamente a él. A vomitar, claro.

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