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Paco Plaza

"Siempre va a venir alguien más joven, guapo, talentoso y simpático que tú"

La película, coescrita junto a Carlos Vermut, aborda la obsesión por la belleza y el miedo a envejecer y se estrenará el 22 de octubre

El director valenciano Paco Plaza. Ana Escobar

Paco Plaza (Valencia, 1973), regresa al cine de terror puro después de practicar el thriller en ‘Quien a hierro mata’. Lo hace acompañado de Carlos Vermut en el guion para contar una historia de brujas que reflexiona sobre algunas cuestiones cruciales que describen la cultura de la juventud y lo efímero en la que estamos instalados. El director define ‘La abuela’ como una película de posesiones en la que el demonio es la vejez. «Vivimos en una sociedad que sataniza el paso del tiempo, hay una glorificación excesiva y constante de valores como la juventud y la belleza», afirma.

¿Por qué quería hablar del miedo a la vejez?

Una tía abuela tenía alzhéimer y demencia senil, y cuando yo iba a visitarla, no la reconocía, parecía una cáscara vacía y recuerdo pensar que ya no era ella. En ‘Quién a hierro mata’ pasé mucho tiempo en geriátricos y me empezó a afectar mucho. Además, mis padres comienzan a estar mayores y es un tema que planea en mi vida. Así que se me ocurrió que me gustaría hacer una película de posesiones, pero que el demonio fuera la vejez. Eso me llevó a pensar en la demonización social de la vejez y la exaltación de la juventud y la belleza como contrapunto y cómo se oculta el rastro de la edad como si fuera un pecado. Así que se me ocurrió hacer un juego de espejos entre una mujer anciana que anhela ser joven y una mujer joven que ve en su abuela una proyección de sí misma, de lo que va a llegar.

Como ocurría en ‘Verónica’, aquí vuelve a utilizar elementos pop que se convierten algo más que en canciones u elementos decorativos.

Las canciones populares ayudan a empatizar y descubrir quiénes son los personajes y a imaginar sus pasados. Le pregunté a Almudena qué escuchaba cuando era pequeña, y me dijo que Estopa. Yo quería que lo que le había gustado en la niñez, escondiera el secreto de su infancia. Me gustan esos símbolos, Estopa y Alf, para anclarla en ese momento de su vida. Me gusta imaginarme escenas que no ruedas, es algo que he intentado durante toda la película, que el guion fuera una especie de números que cuando los unes ves el dibujo, pero entre ellos hay muchos huecos, y esas son algunas pistas para reconstruirlo.

También vuelve a adquirir una importancia fundamental la casa, el espacio en el que viven las protagonistas.

Nuestras habitaciones son nuestros máximos espacios de seguridad, donde te sientes a salvo, y hay algo interesante en pervertir eso, que precisamente fuera ahí donde hubiera una mayor amenaza. Por eso me gusta mucho enseñarla durmiendo, porque es el momento de máxima vulnerabilidad, ahí estás totalmente indefenso. Pero yo tenía muy claro que no quería hacer ‘Verónica 2’, lo que me llevó a tomar una serie de decisiones para no transitar los mismos caminos y enfocarla de otra manera. En ese sentido, no construimos decorados, rodamos en un piso real para que la casa mandara y nos tuviéramos que adaptar nosotros a ella, no al revés.

La película habla de muchas cosas, del miedo a envejecer, a morir, de tener que cuidar a los mayores, de la soledad. Son sentimientos que han adquirido una dimensión totalmente diferente tras la pandemia.

A nosotros nos pilló en medio del rodaje y yo creo que ahora tiene una lectura que antes no tenía, que debemos ser castigados por el olvido al que sometemos a nuestros ancianos. Ahora siento a esa abuela como una especie de vengadora contra una sociedad que la ha marginado.

¿Por qué quiso recuperar la figura de la bruja?

La abuela tiene un objetivo, que es mantenerse viva a lo largo del tiempo acompañando a su pareja. Son como dos vampiras que pasan de generación en generación. Tienen una capa exterior y muchas en el interior, como Matrioshka, porque se han quedado con algo de sus anteriores pieles. Mientras, Susana será totalmente ajena al plan que se está urdiendo a su alrededor, un poco como ocurría con Rosemary en ‘La semilla del diablo’, que es una película que tiene cierta familiaridad con ‘La abuela’. Tú la acompañas en un camino que no es de investigación, porque ella no averigua nada, es ajena a todo lo que ocurre.

¿Cómo surgió su colaboración con Carlos Vermut?

Yo estaba atascado con el guion y no encontraba el enfoque, y Carlos hizo el primer borrador y trabajamos mano a mano. Él hizo de sastre, intentando hacerme un traje a medida, que es algo delicado, porque cuando un escritor es director, debe tener presente que hay que dejar hueco a su visión. Pero la impronta de Vermut está, claro, sobre todo en el despojo de artificio. Él estaba obsesionado con que hubiera el mínimo de elementos posibles. Dos personajes, un espacio. Decía que era mejor contar una cosa que muchas. Tiene un sentido casi ascético de la escritura, yo nunca hubiera llegado a ese nivel de depuración.

También encontramos presentes conceptos como la inmediatez, la fugacidad, porque la protagonista trabaja en el mundo de la moda.

Es así el mundo en el que vivimos, estamos sometidos a que siempre va a venir alguien más joven, guapo, talentoso y simpático que tú. Y el mundo de las modelos es una metáfora muy evidente de eso. Vivimos en un momento de afán por la novedad, cada semana se estrena una serie que es increíble, u obras maestras todo el rato. Ya no hay términos medios. Todo está polarizado en extremos, es muy fugaz y tiene que ver con la cultura de las redes sociales, de las plataformas. La hipérbole anula la reflexión, el poso, emitir juicios rápidamente y categóricos es la norma. El análisis se sustituye por el latigazo.

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